domingo, 13 de enero de 2013


P A T A Z
E L
D O R A D O
SEGUNDA PARTE

CAPITULO  I

LOS CAMINOS

Para poder trasladarse de un punto a otro, en el lugar en donde se encontraba el joven Eugenio, solo era posible hacerlo, utilizando los caminos de herradura, que existían desde tiempos inmemoriales; no pudiendo, ninguno de los que llegó a conocer nuestro joven amigo, decir con exactitud, quién o quienes, habían sido los que los abrieron y únicamente, logro obtener informes muy vagos, coincidentes todos, en que las únicas noticias acerca de estos, se perdían en la noche de los tiempos, siendo eso si sabido por todos, según la tradición heredada de padres a hijos, que los Incas y aún los PRE-INCAS, utilizaron los caminos, manteniéndolos y mejorándolos y que con la llegada de los españoles, comenzaron a deteriorarse, perdiéndose muchos de ellos, por falta de mantenimiento.

En el valle del Apushallas, corría el camino real, como una columna vertebral, asistida por los caminos secundarios, en los cuales se podía ir a cualquier lugar. Por ese camino real, había llegado Eugenio y para cuando quisiera marcharse, tendría que utilizarlo; de modo que todos los acontecimiento, que tuvieron  lugar  durante  su  estadía   en ese valle, estuvieron íntimamente ligados a este camino y los camino secundarios, que de el se desprendían; razón poderosa, como para que nos ocupemos de ellos. Cuando Eugenio y su amigo, llegaron al Alto de los Vientos, lo habían hecho, siguiendo sobre el camino real, que llegaba de Retamas y desde allí, pudieron contemplar a sus anchas, las diferentes pampas que conformaban la hacienda Bambas y también, los diferentes poblados que la rodeaban.

Así se enteraron, de la existencia de Conchamarca, Huayaocito y Chicches;  vieron como a sus pies, se abría el camino que atravesaba el lugar, llamado LOS AMARILLOS, que iba a morir en la PAMPA DE LOS MUERTOS (lugar en donde practicaban el fútbol); llamada así, por la costumbre de los pobladores, de enterrar sus muertos en los alrededores, en donde descansaba el camino, que bajaba abruptamente, como si esta pampa fuera un remanso.

Continuando por este camino, se llegaba a la casa hacienda de Bambas; pero si en caso no se deseara penetrar en ella, el camino real continuaba de bajada, hasta llegar al ALTO DE LOS HUARGOS; pero antes, recorriendo tan solo unos cincuenta metros, desde la portada que daba acceso a la casa hacienda, se apartaba de este otro camino secundario, por el cual se iba a Huayaocito, pero antes, caminando algo más de una cuadra, pasando primero por el NUMERO OCHO, se llegaba a  LA LAGUNA HEMBRA.

En el Alto de los Huargos, el camino se bifurcaba, de modo que no se podía decir cual podría conservar el  nombre  de  Camino Real; el de la derecha, llevaba hasta el Anexo de Chicches  y  el la izquierda, después de salvar una empinada bajada, por medio de varios desarrollos, llegaba sobre una capilla, que era donde descansaban los restos del señor Jorge de la Riva, tío de Eugenio, asesinado vilmente, en el pueblo de CHILIA.

Desde   esa   capillita,   a   la   derecha, continuaba  un  camino que  llevaba a Chicches, pasando por el lugar llamado ANCARATANA y continuando por la izquierda y atravesando la quebrada de MARAS, se ingresaba en los terrenos de la casa hacienda de LA COLMENA; propiedad heredada por la viuda y los hijos del tío de Eugenio, cuyos restos como ya dijimos, descansaban en paz, en la capilla que hemos mencionado.

El camino, iba bordeando algunos corrales de alfalfa, pertenecientes a la heredad, separados del camino Real, por murallones de tapial, al borde de los cuales, multitud de eucaliptos de más de veinte años de edad, le daban sombra al lugar, que adquiría un aspecto de bienestar y paz, que hacía placentera la estadía.

El camino continuaba siempre de bajada, por la orilla izquierda de la quebrada de Maras, cuyas aguas  eran  de uso y propiedad, tanto de la hereda de don Jorge de la Riva, como de su  hermana, madre de Eugenio y gracias a cuyas aguas, mantenían corrales de alfalfa, en el lugar llamado EL PALLE, en donde pastaban cientos de vacas, que producían leche, con la cual, elaboraban mantequilla y queso, que eran llevados a Trujillo, en donde los vendían, pregonando que eran cajamarquinos, aunque debido a su calidad, no necesitaban ese padrinazgo.

El camino se bifurcaba nuevamente y uno de sus brazos, se apartaba  hacia  la  izquierda,  yendo  a  caer  a  la  quebrada  de AGUAMBUCO, mientras que el otro, lo hacía por la derecha y bajando, iba a encontrarse con el camino de la izquierda, que después de dar un rodeo y pasar por la casa hacienda de Aguambuco, dejaba a su paso otro ramal que llevaba al TEMPLE o PALLE; aunque, poco antes de llegar a la casa hacienda de Aguambuco, otro camino real apartaba del original, por el cual se iba a la hacienda NAVIMBAMBA, aunque existía un desvío, que apartando a la derecha, llegaba hasta HUAYLILLAS, después de  pasar  por  LA  FLORESTA,
YUNGUILLAS Y PAMPA HERMOSA.

Una vez que se reunían los caminos, que se habían apartado en la quebrada de Aguambuco, este pasaba al otro lado de la quebrada de MARAS y se iniciaba una pequeña, pero empinada cuesta, que llegaba hasta un portillo, por donde se accedía a LA ESPERANZA, propiedad de una tía de Eugenio llamada Zoilita y su esposo, un señor, cuyo padre se llamó Adolfo como él y para diferenciarlo, le pusieron el diminutivo, de modo que a pesar de estar frisando los cincuenta años, era conocido como Adolfito.

 Durante la estadía de Eugenio por esos lugares lejanos lugares de la Provincia de Pataz, llegó a cultivar una gran amistad, no solo con el hijo de don Adolfito, sino con el mismo, razón por la cual, más adelante, tendremos que ocuparnos más ampliamente de él y su familia. 

Recapitulando y volviendo al portillo que daba acceso a La Esperanza, continuemos por el camino real, que iba a caer al anexo de Chicches, pero antes, de el se apartaba un caminito olvidado y sumamente descuidado, que iba a un  lugar  llamado  LUCUMAS, en donde viviera un hermano de la madre de Eugenio   con  su   esposa,  de  nombre  Felipe  Santiago  y  que falleciera a temprana edad a consecuencia de un paro cardiaco, por no haberse cuidado en sus alimentos, debido a lo cual, engordo tanto, que solo podía desenvolverse con facilidad, montado en un hermoso caballo, que había comprado en Trujillo, después que este, ganara un concurso para caballos de paso, en Paiján.

El  recuerdo  de  Felipe  Santiago,  se fue esfumando, como el perfume de las flores del campo, una vez que pasa el mes de Mayo; más que todo, debido a que tras él, no quedo un solo hijo, aunque después de haber fallecido, una chica de Navimbamba, le llevo a la viuda una bella niña, aduciendo que era hija del difunto Felipe; la señora Otilia, que era como se llamaba la buena mujer del difunto, tomo a la niña entre sus brazos y la crió como propia.

Eugenio; luego de pasados unos años, después de haber salido del valle del Apushallas, durante una conversación, respecto, a la hija inédita de su tío Felipe, dijo haber conocido a Laurita, que era el nombre, que la señora Otilia le pusiera, a la hija inédita de don Felipe Santiago y declaró, haber quedado profundamente impresionado, por su belleza sin par, de tan bella mujer, pero que desgraciadamente para él, ya estaba casada con un buen amigo.

No dejemos que el embrujo de cosas pasadas, en esa bendita tierra de Pataz, nos subyugue, hasta el extremo, de irnos en nuestra narración, por otros caminos, que no sea el que estamos siguiendo, para lo cual, prosigamos adelante en nuestra descripción y de ese modo, llegaremos a un lugar, en el cual el camino, llegaba a una  esquina,  de  un  corral  sembrado  en ese entonces,   con   maíz  amelacio,  perteneciente  a  don  Augusto Cuba; egregia figura de acrisolada honradez y digno representante de los caballeros olvidados e hidalgos  señores americanos, herederos del  orgullo español.

Prosiguiendo       con      nuestra relación de caminos, diremos que al llegar a esa esquina, el camino real se partía en dos; prosiguiendo por el de la derecha, que iba bordeando por encima, la propiedad de don Augusto Cuba y continuando de subida, bordeaba la propiedad de un señor de nombre Basilio, hasta el camino que desde allí, se transformaba en la calle real del pueblo; y por abajo, bordeaba la propiedad de un  señor, de nombre José Guillén.

En cuanto a lo referente a Basilio, cabe señalar lo encomiable de su actuación, pues de haber sido camallo de ovejas,  (pastor) de la bisabuela de Eugenio, a costa de gran esfuerzo y amor al trabajo, logro liberarse del yugo, que los hacendados imponía, a la gente que vivía en sus propiedades, haciéndose de un lote de terreno.

Una vez que este camino que estamos siguiendo, llegaba a topar con la calle principal del pueblo, continuaba por ella, hasta ir al otro extremo, a donde llegaba el otro brazo del camino real, que dejáramos en la esquina del corral de don Augusto Cuba y unidos, continuaban cuesta abajo, en dirección a la vecina Provincia de Pomabamba, pero antes, atravesaba el Temple de la  antigua hacienda Bambas, lugar cálido, que en épocas pasadas, estuvo sembrado de caña de azúcar, de la cual, preparaban una sabrosa  chancaca y aguardiente del bueno, con noventa y seis grados, que acostumbraban a beber, todos los patacinos y hasta los bebedores de otras Provincias colindantes de esta.

Pero durante el recorrido de este camino, por el Temple bambino, al llegar a la altura de UMBRÏA, un ramal tan ancho como el  principal,  continuaba  por  la  izquierda  e  iba  por  el borde de la quebrada de Maras, durante casi la mitad, de la longitud total de esas tierras, pasando el caminante, por momentos de quietud sin límites, debido a la compañía, durante todo el recorrido de la quebrada, de una umbrosa zona, a consecuencia de las abundantes plantas de chirimoyos, que a la vera del río crecían libremente.

Pero continuando por el verdadero camino real, que iba a Pomabamba, al fin se llegaba al puente sobre el río CAJAS afluente del río Marañón, llamado HUARANQUILLAN y pasando sobre ese puente, al otro lado del río, se iniciaba la tortuoso y empinada subida del mismo nombre, en donde ajusticiaran, al gran señor don José Santos Valdivia. 
  
Aquí daba fin, el recorrido de este camino, pero aún nos falta, explayarnos un tanto, en los anexos de Chicches y Huayaocito, en donde habitaban, personas dignas de ser incluidas, en esta narración.

Retrocediendo, desde donde nos ha llevado, el camino real que iba a Pomabamba, llegábamos al anexo de Chicches, en cuya entrada, viniendo del temple y justamente en la esquina que hacía el camino del que hacemos mención, con el que venía de la casa hacienda de Aguambuco y al lado derecho,  vivían unos hermanos de apellido Correa, hijos de un renombrado capador, que vivía en Huayaocito;  desde ese lugar, se puede decir, que comenzaba el anexo de  Chicches,  quedando  el  camino  desde allí,  flanqueado  por  grandes  murallas,  de  no  menos  de  dos metros de altura, colindando por la  derecha,  con  la  propiedad de don Augusto Cuba y por la izquierda, con la del hermano del señor José Guillén, llamado Santos.

 Siguiendo adelante, se pasaba por  la casa del señor Rosario Gino y avanzando unos metros más, estaba la casa en donde vivía  el señor Augusto, con su esposa y sus menores hijos, pues los mayores, unos estaban casados y  otros  estudiaban   en    Trujillo, a excepción de la señorita Aldimia, que se había quedado a vestir santos, a consecuencia de una grave enfermedad que la había tullido; pero gracias a su recia voluntad, había logrado superar su mal y al menos, podía  caminar, sin mucha dificultad, dedicándose al expendio de abarrotes y mercadería en general, en un pequeño negocio, que funcionaba en su mismo domicilio.

Continuando adelante, subiendo por la calle principal, se llegaba a un edificio de dos pisos, en donde funcionaban con puerta a la calle, la Tenencia Gobernación y la cárcel y a la espalda, la escuela fiscal. Justamente al frente, de los locales gubernamentales ya mencionados   y   calle   de   por medio, estaba primero, la vivienda de una señora aún joven, que se dedicaba a la venta de licores, conocida popularmente como la Rosa Gestosa, debido, a lo expresiva que se mostraba  al hablar.

Algunos metros más delante, de la casa de la señora Rosa Gestosa, tenía su vivienda, una pareja de jóvenes esposos,  ambos naturales del lugar, dedicados al negocio de abarrotes y venta de bebidas, en una tienda que funcionaba en su mismo domicilio, pero como esta ocupación, no absorbía todo su tiempo disponible, también se dedicaban a la agricultura, en los terrenos familiares y en los de las haciendas,    los    que   sembraban   en sociedad, con sus propietarios.        

Amelia; era el nombre de la esposa y era hija del señor Basilio y Martín era el del esposo y como fruto de esta sociedad conyugal, tenían tres hijos. Daban la apariencia de ser felices, a pesar de lo celoso que era  Martín,  no   obstante,  la conducta intachable que  observaba  la  señora, que tenía por divisa, mostrar cara de pocos amigos, a todos los hombres, para de esta manera, sofrenar los ímpetus de los enamorados, puesto que poseía una belleza fresca y lozanía sin par, que posiblemente, con el adorno de una sonrisa, hubiera animado a más de uno, a calentarle las orejas.

Continuando por el camino, que ya constituido, en calle principal del anexo de Chicches, proseguía adelante, se llegaba a una capilla con su campanario o torre, levantada con el esfuerzo de los habitantes, alentados por el apoyo económico, tanto del señor Augusto, como el de su hijo Carlos, el que junto a la iglesia, había levantado su vivienda, en donde vivía con la señora Clarita, su esposa y sus cinco menores hijos.

La casa del señor Carlos Cuba, estaba a un costado de la capilla y en la parte trasera de su vivienda, tenía sembrada una hectárea de maíz amelacio, que luego, imitando la fiebre alfalfera que invadió el valle, establecería este cultivo. De un costado de la capilla, que hemos mencionado, partía un camino, que también servía de calle, por donde tenían sus casas otros habitantes del anexo, como los Escuderos, los Zamudio y Savaletas, que  vivían  allí,  muchos años antes  de   la   llegada   de  Eugenio;  por  ese camino se iba al anexo de Huayaocito.

Prosiguiendo por el camino, constituido en calle principal del anexo, como quien va a La Colmena, se llegaba a la entrada propiamente dicha de este pueblo, quedando en la parte superior, una edificación, levantada con el estilo característico, llamado pata de cabra, que consistía, en utilizar los desniveles del terreno, de modo tal, que mientras la primera planta solo tenía un ambiente, la segunda planta, se levantaba sobre la primera, pero se extendía hacia el lado en el que estaba el cerro, de modo que escarbándolo, llegaba a tener dos ambientes, tres y hasta cuatro, estando solo uno, asentado sobre el primer piso, en cambio los otros, se asentaban sobre cimientos que salían desde tierra firme.

Esta  casa;  la había levantado el hijo de la señora Carmelita; si, aquella buena señora, ama de llaves de la casa hacienda de Bambas, que declaró a Eugenio, haber sido su nodriza en alguna época. Allí vivía Gerardo, nombre  con el que sus padres lo habían bautizado; pero debido a un accidente, al perder un brazo, la gente lo rebautizo como; EL MANCO GERARDO. Recientemente se había casado, con una bella joven Chiliana, perteneciente a una familia, renombrada por la belleza física de sus miembros y de cierto, que esa joven no desdecía en nada esa fama.

Prosiguiendo por el camino, que venía de la casa hacienda de La Colmena, se tenía necesariamente, que atravesar un alegre y acogedor lugarcito, llamado Ancaratana,  sembrado  de  árboles frutales, que daban una acogedora sombra, durante todo el recorrido del camino por ese lugar; allí vivía una familia Campos, otra Sánchez y otra Zamudio, con otros más, que casi no tuvieron participación, en esta historia que estamos narrando; pero si remontábamos el camino, que bajaba desde el Alto de los Huargos, se llegaba a una casa, alejada como doscientos metros  de  la  de  Gerardo  el  Manco,  en  la  que  habitaba una hermosa señora, poseedora de los más bellos ojos moriscos, que jamás había visto el joven Eugenio y que a pesar de no ser muy joven en ese entonces, aún era admirada y deseada por muchos hombres.

Esta señora, vivía con su esposo llamado Juan, del que tenía una hija muy pequeña, llamada Adela; no obstante, había aportado, a su reciente unión con el señor Juan, con tres hijos varones y una chica, de los cuales,  la  mujer  estaba casada, casi desde la misma época, en la que doña RAFAELA, que era como se llamaba esta señora, se había comprometido con don Juan.

Era una hermosa construcción de tapial, techada con tejas, en donde funcionaba una pequeña tienda de abarrotes, asistida por la hermosa señora y sus criadas, chicas recogidas de poder de sus padres, por diferentes motivos y tomadas a su servicio, como sirvientas de todo servicio, entre los que se incluían, el buen trato a los señores, que algunas tardes se dejaban caer por allí, buscando licor y comida, cuyo expendio, también estaba incluido, entre las ocupaciones rentables, de la  señora Rafaela.

Esta señora de la que nos estamos ocupando, poseía otra casa, en el anexo de Huayaocito, en donde se trasladaba, durante las épocas de cosecha,  pues  también  era  propietaria,  de  algunas tierras dentro de esa jurisdicción, así como muchos parientes, siendo la característica general, que dentro de las mujeres de esa familia, las hubiera casi todas, poseedoras de unos grandes y rasgados ojos negros, de hermosura sin igual, como los que la señora Rafaela poseía.

Al llegar a la portada de la casa hacienda de Bambas, dijimos, que como a unos cincuenta metros, bajando por el camino real, se apartaba otro secundario, que iba a Huayaocito, pasando primero por el Número Ocho, continuando por el borde de la Laguna Hembra. De allí, bordeando por unas chacras de trigo, de la testamentería de don Jorge de la Riva y después de atravesar primero la quebrada de San Luís y luego la de Huayaocito, se entraba, a los linderos del anexo.

De este lindero, el camino se partía en dos, los que se constituían en calles, yendo el de la izquierda, hacia la parte baja del anexo y el de la derecha, a la parte alta, siendo este último, considerado como calle principal del poblado. Tomando  por  la  derecha,  en  lo  que consideramos la calle principal, llegábamos a la primera casa, que era la de la señora Rafaela, aquella bella y zalamera mujer que visitamos en Chicches.

Frente a esta casa y al otro lado de la calle, había una chocita, en donde el joven Eugenio, paso en alguna oportunidad, algunas aventuras amorosas, allí, pernoctaban los camallos, de una tropa de borregas, que encerraban en un corralito, del pie de la chocita de marras. Continuando adelante; se iba pasando, por delante de algunas casas, hasta llegar a la casa de un señor de apellido Benítez, que tenía dos hijos, la mujer de nombre Romelia y el varón conocido con el mote de Calshetón.

Junto a la casa del señor Benítez, había otras, de los señores, Noriega, Sánchez y Guillén y un poco más abajo, se encontraba el templo evangélico, que los habitantes del lugar, habían levantado, a partir del día, en el que todo el pueblo en masa, profesó la nueva fe.

Algunas personas, contaban que ese día, derruyeron el templo católico y sacaron fuera los santos, que luego quemaron en una gran pira, iniciándose desde aquel día, un antagonismo sin precedentes, entre los pobladores de Chicches, que profesaban la fe católica y los de Huayaocito; distinguiéndose los evangelistas, por ser abstemios a la bebida y a todo tipo de drogas, debido a lo cual, cuando se encontraban los de uno y otro pueblo, los católicos, hacían lo imposible, para que los evangelistas beban y fumen y así, apartarlos de sus preceptos.

Continuando de bajada por ese camino y calle a la vez, se llegaba a un lugar, en el cual debido a los accidentes del terreno, este daba media vuelta en dirección contraria, pero un poco más abajo y desembocaba en una especie de plazoleta, que a base de ingenio y trabajo, los habitantes del pueblo, habían logrado construir su escuela, muy concurrida por cierto. Respecto a esta escuela; decían que había sido la causante  principal,   para   que   todo el  pueblo se convierta al evangelismo, situación a la que se llego de pronto, a consecuencia de promesas incumplidas por el gobierno y todo sucedió así:

“Desde hacía algunos años, los pobladores de Huayaocito venían pidiendo al gobierno central, que les ayude a terminar la construcción de su escuela y que después de reconocerla oficialmente, les enviara un maestro; iban pasando los años y  las promesas se quedaban solo  en eso, hasta   que   un   día, los Togados (mandones o ricos) de Chicches, valiéndose de las influencias de los hacendados, consiguieron no solo que se reconozca la escuela del anexo de Chicches oficialmente, sino que les envíen una profesora, quedando por tal motivo, los Huayaocito muy tristes, al verse relegados.

“Dio la casualidad, que en esos días, se encontraba de visita pastoral, un misionero evangélico, que había ido hasta allá, para visitar tres familias de su grey; que habitaban Huayaocito y al ver el estado de ánimo de los huayaocinos, se comprometió a traer consigo, lo que tanto venían pidiendo al gobierno central, no obstante, que muy pocos creyeron en esa promesa, el tiempo se encararía de desengañar a unos y afirmar en su fe a otros.

Y fue así que pasados seis meses, un día llego de regreso, el pastor evangélico a Huayaocito, llevando consigo, un maestro y el decreto gubernamental, por el cual, la escuela de Huayaocito era reconocida oficialmente y para esto, el estado había librado una partida de dinero, para que con el, se concluyera la construcción del local escolar y esa fue la gota que rebalso el baso, convirtiéndose en masa la población, a la nueva fe”

Prosiguiendo con nuestra visita a este simpático pueblito y continuando por la calle principal, se llegaba a un lugar, en donde convergía esta, con el camino, que apartando de la quebrada de Huayaocito, pasaba por la parte baja del anexo, pero durante su recorrido, bordeaba las casas de las familias Mendieta, Flores y Guillén.

Desde esa confluencia de calles, continuaba el camino de bajada, hasta llegar al anexo de Chicches, pero en el camino, pasaba por las casas huertas, de los otros hermanos Benítez, así como por las de la familia Estradas, Gil y Ramos.

Indagando, acerca de la formación de este poblado, del  cual  no se encontraba, mención alguna en el pasado; el joven Eugenio, pudo reconstruir una historia, que se ajusta más o menos a la realidad y que es así:

“Cuando la señora Josefa, esposa del gran señor, Don José Santos Valdivia falleciera, dejo como herederos, a sus ahijados y entre estos, a una señora llamada, Ramona Guillén, que vendió algunos fundos y otros los dejo como herencia a sus hijos y familiares y tal fue el caso de los terrenos, que estaban en lo que después llegó a ser, el pueblo de Huayaocito.

“Al cabo de varias generaciones, la tierra se fue fragmentando, hasta que llegó el momento, en el que los herederos, decidieron formar un poblado, que tomo el nombre de Huayaocito, en memoria del antiguo Huayao Grande, de donde provenían, la mayoría de los herederos, de la señora Guillén”.

Volviendo a los  caminos, que tenía el pueblo de Huayaocito, señalamos, que uno de estos venía del pueblo Conchamarca, el que tenía acceso, por otro camino, que venía, del lugar denominado Nina Gaga (lugar ardiente en quechua), cuyo nombre corresponde, al intenso calor, de ese valle interandino, de la hacienda Chinchopata.

El camino, que llegaba a Conchamarca desde Huayaocito, partía desde un costado del templo evangélico de este  anexo  y atravesando parajes sumamente peligrosos, por lo deleznable del terreno, al cabo de un cuarto de hora, se llegaba a dicho pueblo, que según parecía, estaba destinado a desaparecer, por los continuos derrumbos que sufría, aún en época de estío, lo que dio origen a comentarios jocosos, por los cuales, se aseguraba , que cada día se iba  perdiendo  el   suelo, junto  con  el  nombre, al extremo, de haber desaparecido la “Marca”, quedando únicamente la “Concha”, siendo por esta razón, considerado un nombre deshonesto.
       
La población de Conchamarca, estaba compuesta por gente de muchos lugares, emigrados desde épocas remotas o en su defecto, descendientes de autóctonos y españoles, que debido al mestizaje, habían perdido, hasta la última gota de sangre indígena, razón por la cual, al igual que toda la población patacina, no mostraban, rasgos étnicos indígenas, en absoluto, salvo raras excepciones.

Esta última observación, respecto al mestizaje sufrido, sobre todo en la región norte del Perú, fue suficiente motivo, como para investigar esa materia y fue por eso, que el joven Eugenio busco y encontró, lo que a continuación, hacemos de  conocimiento general.

CAPITULO  II

M E S T I Z A J E

Eugenio se dio cuenta, que a pesar de que muchos lugares tenían nombres quechuas o compuestos, con aportación del castellano, la gente que habitaba casi toda la Provincia de Pataz, no tenía rasgos indianos y nadie en absoluto, hablaba el idioma nativo, aunque eso sí, muchas palabras utilizadas a diario, procedían de ese idioma, castellanizando muchos dichos y objetos y en especial, los lugares.

También a Eugenio, le intrigó, que todos los nombres de las familias patacinas, eran de procedencia peninsular,  dando   la   impresión,   de haberse realizado trasplantes masivos, de grupos étnicos caucásicos a esta provincia, de preferencia ibéricos.

 En cierta ocasión; Eugenio tuvo la oportunidad de comentar al respecto, con un pariente chiliano, que

habiendo cursado estudios superiores en Trujillo y Lima, había regresado por razones de salud, a su tierra natal y habiéndose interesado, respecto, a lo que a su primo Eugenio le inquietaba y teniendo el cargo de revisor de los libros, de los registros de las iglesias en la provincia, pudo ver, que en los de nacimientos, bautismos y defunciones, durante los primeros siglos de dominación española, los apellidos eran netamente autóctonos, pero estos, fueron paulatinamente decreciendo, hasta que desaparecieron totalmente, sin razón aparente, no quedando vestigio  de ellos al finalizar del siglo XVIII, lo que poco después, pudo explicarlo.

 Este pariente de Eugenio; como él, tuvo inquietud, por conocer más a fondo el asunto, encontrándose en una oportunidad, hablando con un sacerdote, muy entendido en este tipo de cosas, le comentó al respecto, recibiendo datos tan concretos, que con ellos y otros que logro obtener, elaboro una teoría, que a la letra, dice más o menos lo siguiente:

“Cuando los españoles, se vieron dueños de un imperio, tan extenso como rico, se preocuparon principalmente, en acaparar todo el oro  y la plata que existía, pues en esa época, en el viejo continente, eran los patrones, con los que se medía la riqueza y poderío de un país y fue por eso que dejaron los templos y palacios, totalmente vacíos de estos metales preciosos, pero no faltaron algunos españoles, que pensaron en ir directamente a los lugares, de donde estos metales eran extraídos y fue por esta razón, que de pronto se vieron convertidos en mineros y contando con muchos esclavos indios, los pusieron a trabajar gratis, sin preocuparse por darles de comer, pues era suficiente darles coca, para que trabajaran, rindiendo mucho más que el mejor de los bien comidos y así,  iban muriendo por inanición, pero eso no les interesaba, pues tenían muchos indios para reemplazar a los muertos, teniendo solo que ir hasta los poblados de estos y escoger de entre la población, los más aptos.

“Como además del maltrato, que daban en las minas a los indígenas, estos también se enfermaban, a consecuencia de tener bajas las defensas orgánicas y sobre todo, por no llevar la debida protección, para no absorber el sílice, la población de trabajadores indios, fue disminuyendo y así llego a límites alarmantes, debido a lo cual, ordenaron que los indios, abandonen los campos, para que fueran a trabajar a las minas y para poderlos tener al alcance de la mano, previamente, ordenaron que todos los indios, se fueran a vivir a los poblados fundados por los españoles, pero pronto se dieron con la sorpresa, que  los  varones Indígenas iban desapareciendo, quedando los poblados, llenos de mujeres, que los españoles las usaban como sus concubinas, respetando solamente a las mujeres, que estaban criando a sus hijos mestizos, aún de corta edad.

“Los hijos mestizos, hombres de esas mujeres, pronto ocuparon los claros, dentro del obreraje de las minas, dejados por los indios que habían fallecido y como las madres indias, vencidas por la edad y las enfermedades, fueron muriendo, pronto quedo dentro de las poblaciones patacinas, que por cierto nunca fueron tan numerosas, solo mujeres mestizas, que a su debido tiempo, fueron usadas por los españoles, como objeto sexual, sin importarles los hijos que iban dejando en ellas; pero este proceder, dio como resultado, que el mestizaje se fuera acentuando, a tal extremo, que pasados algunas centurias, los hijos e hijas de esas mestizas, fueron pareciéndose más y más a los españoles,

Con la disposición dictada, después de la muerte de José Gabriel Condorcanqui Inca, que prohibía la utilización de nombres y frutos autóctonos, estos adoptaron nombres de los peninsulares, llegando por esta razón, los mestizos, a ser idénticos a los españoles, tanto en apariencia física, como en nombres y apellidos y en los últimos años de la colonia, existía poblaciones enteras de hombres
y    mujeres,   con   rasgos   netamente ibéricos”.

En algunos casos; como en Huaylillas, se entremezclaron con  hombres venidos de Europa, pero no necesariamente de España,   llegando   a   prevalecer   no   solo  la  apariencia   física  de  los italianos, sino también los apellidos; y teniendo el pariente de Eugenio del que tratamos, material suficiente, elaboró una teoría respecto a este pueblo y su etnia, que más o menos se refiere a lo siguiente:

“Ya desde los primeros años de la conquista, la catequización de algo más de diez millones de indios, era tarea  por  demás  difícil,  por  no decir imposible, debido a lo cual, el clero español vio con buenos ojos, una Bula Papal, que disponía que se establecieran en el nuevo mundo, monasterios compuestos por personal no español y fue mediante esta, que en Huaylillas, se fundó uno, que se ubicó en un lugar llamado Miraflores, compuesto íntegramente por italianos. 

“La benigna temperatura del lugar, junto con la juventud de los legos, dio como resultado, que un enclaustramiento tan severo, como el que se imponía a estos jóvenes itálicos, hiciera reventar el normal curso de la naturaleza humana, por un lado imprevisible, haciendo aparición, de algunos casos, de violaciones sexuales entre pupilos.

“El Prior, más sabio que santo, calculando que era imposible sofrenar tanto ímpetu, determino, que
todos los fines de semana, se pusiera en libertad a los legos, que comenzaron a  salir y lo primero que buscaron, fue satisfacer sus deseos naturales, buscado para esto, a las mozuelas y en algunos casos a las no tanto, dentro de los limites del pueblo de Huaylillas.

“Este  estado  de cosas, fue muy bien visto por las mestizas, que debido a la inmigración de los varones, en busca de nuevas oportunidades, a otros lugares, se habían quedado desabastecidas    de  elemento  masculino  y  siendo  jóvenes  y buenos mozos los italianitos, fueron recibidos con sumo agrado en las camas de las huaylillanas. Pero  un   tiempo  después,  se  vio  el resultado de estos actos del himeneo, pues casi todas la hembras del  lugar,  resultaron   con abultados abdómenes, con síntomas inequívocos de preñez y nueve meses más tarde, una gran cantidad de críos, dejaba escuchar sus berridos, en todos los ámbitos del pequeño pueblo de Huaylillas, con la contentura de las madres, que lucían a estos soles sonrosados y bellos, con orgullo, que no desmerecían en nada, a los hijos de las campiñas de la Lombardía.

“Durante algunos años, todos los fines de semana, se veía bajar desde Miraflores, no menos de una centena de legos, que con las sotanas remangadas y lanzando gritos de alegría, daban aviso a sus jóvenes amantes, que en muy breve tiempo, estarían en sus brazos. Los legos, iniciadores de esta costumbre, cumplieron el tiempo de su voto y regresaron a su tierra,  sea para reintegrarse al seno familiar al que pertenecían, en donde sus jóvenes esposas o dignas madres los esperaban o bien, para continuar con su voto, que los llevaría a la consagración como sacerdotes, dejando desconsoladas madres, con sus hijos, que inútilmente esperarían los fines de semana, la grata visita de su italianito. Pero fueron llegando otras italianitos, tras las huellas de los primeros, que supieron ocupar, el espacio dejado por sus antecesores, ya que se cumplió a cabalidad, aquel dicho que reza: “GALLINA QUE COME HUEVO, AUNQUE LE QUEMEN EL PICO” y las amantes   abandonadas,  trataron  de recompensarse,  del calor que los ingratos amantes les negaban, con otro nuevo y tan impetuoso como el anterior.

“El fruto dejado, como resultado de las visitas semanales de los legos, a las chicas del pueblo de Huaylillas, en el caso de los varoncitos, cuando tuvieron las alas necesarias, las utilizaron y emprendieron el vuelo, en busca de mejores lugares, regresando algunos años después, para hacerse de una familia, aunque muchos, llevaron la suya, conseguida en lugares lejanos y se establecían definitivamente en su pueblo. En  cuanto  las  niñas,  cuando tenían edad suficiente, ocupaban el lugar de espera semanal de sus madres y cuando los legos de turno, bajaban gritando de alegría y deseo sexual de Miraflores, hacían un lugar en su cama, para aquel que le tocara en suerte, aconchabándose con él, hasta que desaparecía, dejándole el fruto de sus amores, en sus amorosos vientres.

“De este modo, al cabo de algunas generaciones, la apariencia de los pobladores de Huaylillas, fue cambiando, pareciéndose cada vez más a la de los legos, pero el cambio observado en la apariencia física, de las nuevas generaciones, también se podía notar, en los apellidos, pues muchas madres, ponían a sus hijos, los nombres y apellidos de los padres y hasta en ocasiones, el de alguno de ellos, pues si es que no sabían el nombre, del joven que las había embarazado, le ponían, el de cualquiera de sus compañeros legos”.
                                                                                          
CAPITULO  III

INTEGRACION

Cuando Eugenio llego a la hacienda Bambas, le choco tanto el grado de sumisión, en el que estaban sumergidos, todos los que de una u otra forma, eran dependientes de ella, que llego a sentir vergüenza, de ser hijo de la hacendada y trató de solucionar este problema consigo mismo, haciéndose amigo de todos y en especial, de la gente más humilde; lo cual ocasionó, algunos disgustos al joven, con los de su clase y en especial, con sus parientes, que al principio tomaron a broma su actitud y viendo que persistía en su empeño, lo consideraron un loco, concepto que prevaleció, hasta su partida de la Provincia de Pataz.

Eran las vísperas de las fiesta patrias, cuando Hernán cuñado de Eugenio, llego de la Costa con su hermana Elsa, que llego a cultivar una gran amistad con Eugenio, más que todo, porque hablaban el mismo idioma, por venir del mismo mundo; pero la permanencia de Raquel la hermana de Eugenio, con su esposo y su cuñada, no duro mucho tiempo y en cuanto dieron fin las fiestas patrias, el trío regresó a Lima, quedándose Eugenio con un sentimiento de soledad, que solo pudo paliar, con la compañía de su madre y algunas enamoradas del lugar.

La señora Carmelita, siempre solícita, para resolver los problemas del joven Eugenio, pacientemente fue mostrándole el camino,  hasta  llevarlo  prácticamente de la mano, para poder entender los diferentes modismos en el  lenguaje,  que  la  gente de por allí; acostumbraba a usar, pues de otra forma, le hubiera sido muy difícil, poder entenderse con las personas con las que intentaba intimar.

Al mimo tiempo que esta buena señora, alecciono al joven Eugenio sobre el lenguaje, también le enseñó, a interpretar los gestos  y mímicas y así, Eugenio ya preparado en esos asunto, inició su integración a esa nueva sociedad; aprendiendo, que cuando una  chica de la que le requería favores; arrimada a una pared o algo similar,   comenzaba  a escarbar con un dedito, con la mirada clavada en el suelo, era señal inequívoca , de aceptación a lo que el galán pretendía y  la seguridad de lograr su objetivo.  

La señora Carmelita, no solamente le hizo saber al joven Eugenio, sobre estos asuntos, sino que también lo alecciono acerca  de  la  forma de preparar la chochoca, que era uno de  los métodos para ganar dinero, utilizando el tiempo, que era lo que le sobraba al joven Eugenio. Luego le hablo de la transformación de lo granos en harina, después de lo cual este producto, adquiría un nuevo valor agregado al original y como la hacienda poseía un molino, que la señora María le podría prestar a Eugenio, vio los cielos abiertos, ya que la señora Carmelita, también le enseñó, que la harina adquiría un mayor precio vendida en los asientos mineros y pueblos cercanos.

También aprendió Eugenio, a ponerle el AMISH, (arveja tostada) en el trigo que se iba a mole y entonces la harina, adquiría más migaja, en el momento de preparar el pan; o sea, que adquiría la cualidad de abundar. Una vez que Eugenio fue conocedor, de todos estos pormenores, decidió incursionar en el mundo de los negocios, pero encontró un gran obstáculo y este era, que no poseía dinero, como para  adquirir la materia prima, para poder iniciarse.

Las  cosecha de maíz, ya habían dado inicio, en la parte baja de la hacienda y todos los días, veía como llegaban los burros, cargados de mazorcas de maíz, que eran colocadas en los consejos, para que terminaran el secado y puedan así desgranarlo o en su defecto, escogieran los más verdes, para elaborar la chochoca y se le ocurrió, proponer a su madre, que le diera al crédito, algunos sacos de ese maíz que iba  llegando, para iniciar su negocio.

Esperó el momento propicio, para hablar con ella y poderle hacer la proposición y este era el momento, en el que estaba sola;  no tardo en llegar esta oportunidad y fue entonces, cuando Eugenio acercándose a su madre, en momentos en los que estaba en su habitación leyendo, tendida sobre su cama, la abordo de la siguiente manera:

  -¡Sabes mamá!; todo lo que he visto hasta ahora en tú hacienda, me ha gustado, no obstante, me aburro sobremanera, pues no tengo nada que hacer; pero desde ayer, me puse a pensar, que si pudiera tener algún capital, podría iniciar un buen negocio; la madre de Eugenio muy interesada, al escuchar hablar  a  su  hijo  de  esta  manera,  dejo el libro a un lado y se dispuso escucharlo con mucha atención; entonces, Eugenio prosiguió exponiendo su plan, hablando de esa manera:

  -Al ver todos los burros, cargados con  sacos  de  mazorcas  de maíz, recién cosechado, que llegan durante todo el día, a los consejo de la hacienda, he pensado en la posibilidad, de preparar la chochoca, cosa de por si muy fácil, pero como no poseo una sola mazorca, he pensado en proponerte, que me des al crédito unos cuantos de esos sacos y yo, en cuanto  venda la chochoca que prepare, te  cancelaré. Para terminar convenciendo a su madre, Eugenio aún agregó:

  -Siendo mi madre, no creo que puedas desconfiar de mi honradez, ya que siendo yo tú hijo, te aseguro que te pagaré.

La señora María, miraba pensativa al hijo, pero no calculando las posibilidades de este, poder cumplir con su oferta, de pagar el maíz fiado, sino con los ojos de una madre, que se sorprende al ver que su hijo crece y comienza a pensar en producir algo; fue por eso, que abrazando a Eugenio
muy fuertemente, le contestó de esta manera:

  -¡Mira hijo!; No podría desconfiar de ti, pero lo que me has propuesto me gusta y es más, yo te hago otra contrapropuesta y esta consiste de lo siguiente.

Eugenio muy interesado, se acurruco en las faldas de su madre y con el corazón galopando por la emoción, se dispuso a escuchar y lo que su madre dijo le gusto tanto, que casi ahoga a esta entre sus brazos, por el abrazo tan fuerte que le dio.

Su madre le proponía, obsequiarle todo el maíz que sin ayuda de ninguna clase, él pudiera cosechar, del corral de la hacienda  llamado El Molino; por encontrarse en el, la casa de fuerza y los molinos y a poco más de cien metros de la casa hacienda.

Allí, era en donde por medio  de una pelton movida por agua, se generaba energía eléctrica, que servía para proveer de luz durante las noches, a la casa hacienda; pero además, también movía durante el día, dos molinos rápidos, uno de piedra y otro de fierro.  La señora se sentía feliz, por saber, que a su hijo le gustaba el trabajo y su magnanimidad fue más allá, cuando agrego a lo dicho, lo siguiente:

  -Los molino que están en la casa de fuerza, podrás también utilizarlo, para tú beneficio desde mañana, porque se que  los vas a necesitar; la única condición que te impongo, es que cuando se trate de granos de la hacienda, los tendrás que moles, sin cobrar un solo centavo.

Eugenio se sintió deudo y como no tenía con que pagar tanta bondad, se quedo durante el resto de la tarde, junto a su madre, prodigándole caricias y haciéndola partícipe de sus planes futuros. Al día siguiente; no bien aclaró el día, Eugenio proveído de un gigüidor (carrizo de veinte centímetros de largo por uno de ancho, preparado con una punta, que servía para despancar el maíz) y un par de costales de lana, se dispuso a iniciare, como chacarero cosechador.

Sudando a chorros, sin darse descanso en  ningún  momento,   cosechó  hasta que la señora Carmelita, fue para avisarle, que el desayuno estaba servido y solo entonces, Eugenio se dio cuenta, que se encontraba al borde del agotamiento, por falta de alimentos. Desayunó con suma premura, para ir enseguida a continuar con su trabajo y cuando más entretenido se encontraba, de pronto se quedo paralizado, al darse cuenta, que una chica como de unos quince años, lo contemplaba desde la muralla, de la parte superior del corral.

Muy  intrigado,  dejo  de  trabajar  y se acerco a la chica, que muy ofuscada, miraba al suelo, atisbando a Eugenio de reojo, lo que fue el acicate necesario, para que el joven, fuera a ubicarse a un costado de la chica y cuando estuvo lo suficientemente cerca, como para poder verle la cara, se quedó anonadado, pues se trataba de la criatura con los ojos más bellos, que jama hubiera podido imaginar. Tratando en lo posible de no asustarla, se acerco lo más que pudo y una vez allí, le hablo de la siguiente manera.

  -¿Cómo te llamas angelito?

Con un hilo de voz, el angelito contestó:

  ¡Elisa!

Una vez iniciado el dialogo, fueron llegando las otras preguntas, seguidas de las respuestas y así fue que Eugenio se enteró, que Elisa había ido en busca de servicio de molienda, deseando moler tres casos de trigo, los que en caso que el molino se encontrara desocupado, pensaba llevar al día siguiente.  .

También se enteró, que Elisa era de Huayaocito, hija de un señor de apellido Flores, que era la mayor de ocho hermanos  y mientras conversaban, fueron caminando en dirección al Número Ocho, en donde se sentaron y conversaron de muchas cosas y entre estas, de esas que tratan con gran pasión los jóvenes; el amor. Eugenio se sentía tan enamorado, que le declaro a Elisa que la amaba y que deseaba estar con ella para siempre, a lo que la joven respondió, bajando la cabeza y arrimándose a una muralla, comenzó a escarbar afanosamente con un dedito.

De pronto, viendo el furioso rascar de Elisa en la muralla, Eugenio recordó a la señora Carmelita y lo que le había dicho, con respecto a ese rascar desaforado de una muralla, mientras miraba al suelo y de inmediato supo que era correspondido, debido a lo cual, se arrimó más a ella y tomándola de la barbilla la beso, primero muy tímidamente, para luego al ser correspondido, continuaron besándose con apasionamiento.

A continuación, comenzaron ha hacer planes, respecto a la próxima vez que se verían y así, acordaron encontrarse al día siguiente, cuando Elisa regresara trayendo los tres sacos de trigo de su padre, para que Eugenio lo moliera y en esa promesa de regresar, se encerraban un sin fin de ofrecimientos de amor, pospuestos para el día siguiente. Siempre las despedidas entre enamorados, ha sido y será muy difícil, debido a lo cual Eugenio, no se decidía a soltarla de la mano, más de pronto, Elisa se puso tensa y deshaciéndose de la mano de Eugenio, solo dijo:

  -“Mi tía”.      

Y ocultándose tras unas ramas de Shiraj, miro por última vez a Eugenio, para salir corriendo, en dirección a Huayaocito, pero antes,  a   modo   de   despedida, dijo:

  -¡Mañana!      

Desorientado; acerca de lo que estaba sucediendo, Eugenio continuó sentado sobre la misma piedra, sin atinar que era lo que debía de hacer, cuando montando una hermosa yegua mora, hizo su aparición una  bella señora, que lo miro con enojo para después de saludarlo con mucha superficialidad, continuar por el mismo camino que había tomado Elisa.

Era la señora Rafaela de la que ya nos hemos ocupado, cuando tratamos acerca de los caminos. Sin darle mayor importancia; Eugenio, después de unos momentos, pensando en lo dichoso que la iba a pasar al día siguiente, cuando Elisa regresara, enrumbó hacia la casa hacienda y una vez allí, fue hasta la chacra del Molino y retomo su trabajo, sin dejar de pensar en los hermosos ojos de aquella chiquilla, que acababa de conocer y sobre todo, adelantándose al tiempo, pudo sentir las caricias de esa bella niña, a consecuencia de lo cual, no pudo reprimir, suspirar en más de una ocasión.

Eugenio se encontraba embebido en sus elucubraciones, trabajando maquinalmente, ya que su pensamiento estaba fijo, en todo lo ocurrido con Elisa unos momentos antes, cuando de pronto, fue interrumpido por un pongo, que le hizo saber, que su mamá lo requería con urgencia.

Muy intrigado, dejo su trabajo y después de  lavarse  las  manos, se dirigió hacia el escritorio, en donde estaba su madre, acompañada por una  pareja,  hombre  y  mujer,   desconocidos, con los que se encontraba Elisa. Muy sorprendido, Eugenio tomo asiento junto a su madre y sin saber de que se trataba, miro a esta interrogativamente y ella, como respuesta a esa muda interrogación, le contestó preguntándole:

  -¡Eugenio!; ¿Conoces a estas personas?¡

 Con toda honestidad, Eugenio respondió de inmediato:

  -Bueno….; solo conozco a Elisa.
           
Y al nombrarla, la señaló con el mentón. La mirada de la señora María, era de suma severidad, lo cual le daba al momento, un halo misterioso, hasta que todo se aclaró, cuando la señora María, volvió a hablar para decir:

  -Estos señores, son los esposos Flores y han venido a reclamar por su hija, pues resulta, que la hermana de la madre de la chica, llegó esta tarde a su casa, para contarles, que había encontrado a su sobrina, bañada en sangre, a consecuencia de haber sido violada por ti; ¿qué tienes que decir al respecto?.

Antes que Eugenio, muy extrañado pudiera decir algo, intervino el padre de Elisa para afirmar:
  -¡Si niña María!; mi cuñada llego a la casa, con la noticia que había encontrado  en  el   Número   Ocho,  al niño su  hijito, con  mi Elisa, que bañada en sangre, a consecuencia de la violación, que acababa   de   sufrir,   de  parte  del  niño  su  hijo,  solo  atino  a levantarse y correr muy avergonzada; por eso es que vengo a reclamar la virginidad de mi hija, niñita María.

Al llegar a ese punto, el padre de Elisa callo, sin dejar de mirar con cierto rencor a Eugenio, el que sin poder articular palabra por la extrañeza, al ver como podían inventar tanta atrocidad, permanecía en silencio, con los ojos muy abiertos, por la sorpresa que le causaba, todo lo que estaba sucediendo; el padre de Elisa, volvió a tomar la palabra, para decir:

  -Yo y mi esposa aquí presente, confiamos en su justicia,  para arreglar buenamente con  usted niñita; por eso es que aún no hemos ido a la autoridad.

Al fin Eugenio pudo reaccionar y saliendo de su inmovilidad, se levantó y dijo:

  -¡¡Mentira¡!; ¡ esa es una vil mentira!, aquí está presente Elisa y ella puede decir la verdad; ¿Por qué no le preguntan?; ¿acaso aquí está prohibido, que los jóvenes de diferente sexo, tengan amistad?, porque eso es lo que existe entre yo y Elisa; somos amigos y nada más.

Cuando el señor Flores; le preguntó a la hija, sobre lo que Eugenio estaba diciendo, esta, mostrando apenas los ojos, que sobresalían de entre el rebozo, con el que se cubría totalmente, a consecuencia de la gran vergüenza, que seguro la embargaba, con una voz que apenas era un susurro, apoyó todo lo que Eugenio había dicho, dejando establecido con claridad meridiana, que su tía Rafaela había mentido ignominiosamente. 

Después  de  esto;   los   esposos Flores y su hija, se disculparon y se marcharon, por cierto muy avergonzados. En cuanto Eugenio y su madre, se quedaron a solas, la señora María, en vía de reconciliación, tomo la cabeza de Eugenio entre sus manos y apretándola contra su pecho, mientras lo acariciaba, le dijo:

  -¡Hijito!; comprendo que como varón, necesitas el contacto del sexo opuesto, pero debes escoger, entre aquellas en las que no exista ningún peligro de reclamo, por parte de sus familiares; ¿imagínate; que problema hubiéramos tenido, si es que esa chica hubiera apoyado todos los reclamos el padre?; así que desde ahora en adelante, busca mujeres mayores y tendremos la fiesta en paz.

Al día siguiente; Eugenio muy adolorido, en lo más íntimo de sus sentimientos, al tener por primera vez, un encuentro con la maldad, pues al fin y al cabo, se dio cuenta, que todo ese sainete, montado con el pretexto, de reclamar la virginidad de una hija, se basaba solo en fines económicos.

Durante  muchos  días, pensó en Elisa, con un gran dolor en el corazón y aunque sabía, que ella, se había portado honradamente, no se atrevía a ir a buscarla, pues no deseaba perjudicarla, teniendo en cuenta el atraso en el que se vivía en esos lugares; aunque se preocupó, en obtener noticias de al respecto y así se enteró, que sus padres, para evitar otro encuentro entre los jóvenes, la enviaron a casa, de un pariente rico de Tayabamba, en donde entro al servicio de esa familia.

Un sentimiento; por mas que sea reciente, es muy difícil de erradicar de buenas a primeras, debido a lo cual,  Eugenio  tuvo que estrujarse el corazón y sacar el naciente amor que  lo  había afectado, desde el primer instante, en el que vio los hermosos ojos de Elisa, acrecentándose este sentimiento, conforme ella le permitió ver, el resto de su cara y más aún, cuando conversaron amigablemente, teniendo la certeza, que el amor que por ella sentía, era correspondido y más aún, a raíz de la forma, como lo había defendido.

La única solución, que Eugenio pudo encontrar, para paliar su mal, fue refugiarse en el trabajo y lo llevo hasta al extremo, que una mañana llegó hasta donde él estaba, la señora Carmelita y le comunicó que su mamacita deseaba hablarle. Eugenio acudió presuroso, al llamado de su progenitora y cuando estuvo a su lado, ella, mostrándose muy cariñosa, le hablo de la siguiente manera:

  -¡Eugenio!; veo que has avanzado bastante en tú trabajo, lo cual me llena de satisfacción, pues me doy cuenta por ello, que amas el trabajo y eso es bueno.

Después de  este preámbulo, la señora María acarició a su hijo y pasados unos breves minutos, continuó hablando así:

  -Con Rafael, hemos pensado, que ya tienes choclos suficientes, como para empezar tú negocio, así que ahora, lo que tiene que hacer, es buscar gente, mujeres en especial, para que te ayuden a desgranar las mazorcas; Carmelita puede indicarte, en donde puedes conseguir esas mujeres; existe un perol grande de fierro remachado, allí puedes hacer hervir el grano; también Carmelita, puede  indicarte todo lo que tienes que hacer.

Los hermanos de Eugenio, Lisha y Mariano, no teniendo en que ocuparse,   andaban  revoloteando  alrededor  de  este  y   como cualquier chico de tres años, eran traviesos, pero en este caso, por partida doble, pues era mellizos y según ellos, trataban de ayudar, pero hacían todo lo contrario, felizmente, otra cosa llamo su atención y de ese modo, Eugenio se vio libre de su asedio, pudiendo trabajar libremente. Tal como su madre le había sugerido, Eugenio recurrió a la señora Carmelita, que después de escucharlo, le contesto     diciéndole:

  -En Huayaocito; allí hay mujeres, que pueden venir a trabajar.    

Decidido a ir, hasta ese cercano pueblo; Eugenio busco monedas, para dar un adelanto a las mujeres, que pensaba contratar, porque según la costumbre por esos lugares, solo cuando había un compromiso, por haber recibido algo de dinero, asistían al trabajo, sean hombres o mujeres, lo cual era conocido,  como  socorro  y  era muy común escuchar, que un trabajador solicitara,  este tipo de asistencia diciendo:   

  -¡Patroncito, socórrame usted para su trabajo!

Para llevar con comodidad, todas las monedas que había conseguido, Eugenio le pidió a la señora Carmelita, que le confeccionara una bolsa, con capacidad, como para medio kilo,  para colgársela del cinturón y cuando se encontraba en afanes, de colocársela, escucho una voz que dijo:

  -¡Niño Eugenio!; ¿está Usted buscando gente, para que le desgranen su maíz, para preparar chochoca?

Sorprendido Eugenio, miro  hacia  el lugar de donde había salido la voz y vio, que se trataba nada menos, que de una muchacha, como de unos veinte años de edad; muy finita, blanca, sonrosada, de ojos pequeños, de color  verdes. Muy interesado Eugenio, por su interlocutora, más que nada, porque era la primera vez, que una mujer joven lo enfrentaba, sin mostrar turbación alguna,  el joven le contesto diciendo: 

   -¡Si!; efectivamente, estoy buscando mujeres, pero no para mi, sino paras que trabajen desgranando maíz, para preparar chochoca.

La desconocida interlocutora de Eugenio, se sonrió por el chiste y miro de una forma muy especial, con sus ojos muy verdes a Eugenio, que de inmediato, pensó en la posibilidad, de obtener de esta chica, lo que no había podido de Elisa y muy decidido, a no perder la oportunidad, atacó con todo y le preguntó:

  -¿Cómo te llamas?

La  aludida,  sin  mostrar tanta timidez como Elisa, contesto con voz suficientemente audible, diciendo:

  -¡Elsa!; mi nombre es Elsa.

Desde ese momento, el hielo quedo derretido y se entretuvieron conversando, durante cerca de una hora, tiempo en el cual, Eugenio se enteró, que Elsa vivía en Huayaocito y que estaba libre, por haber sido abandonada por su marido, que la había dejado  plantada  con  un  hijo,  que  en  esa  época, ya había cumplido tres  años  de  edad;  hijo  que   había    tenido,  en   la adolescencia.   

Eugenio entregó algunas monedas a Elsa, para que al día siguiente, fuera a la casa hacienda, llevando algunas otras mujeres como ella, para que desgranaran su maíz y de ese modo,  se libró, de tener que ir al día siguiente hasta Huayaocito, en busca de obreras.

Tal como Elsa había quedado con   Eugenio,  al  día  siguiente muy temprano, se presentó en la casa hacienda, llevando con ella a otras siete, entre jóvenes y mujeres maduras e inmediatamente, se pusieron a desgranar el maíz, que Eugenio les puso sobre una gran manta de lona y que según don Rafael las calificó, que semejaban “UNA PARVADA DE HERMOSAS CHINAS”, que con sus parloteos y risas, pusieron una nota alegre al ambiente, por lo general sombrío, teniendo Eugenio la impresión, que en cualquier momento iban a hacer su aparición, los anteriores dueños de esa hacienda, exigiendo silencio.

Como las cantidades de mazorcas de maíz que Eugenio acarreaba, eran superiores a la capacidad de trabajo, de las ocho mujeres, este aprovecho la oportunidad, para quedarse con ellas, ayudándolas a desgranar y de paso, conversar, tanteando el terreno, para ver si es que le ligaba intimar con alguna de ellas y tal vez, lograr obtener algunos favores, ya que estaba muy necesitado de ello, debido a su juventud y la abstinencia tan prolongada de actividad sexual, que estaba obligado a observar, por falta de oportunidades.

No le faltaron  a Eugenio, el modo de hacer comprender a Elsa, que estaba interesado  en  ella,  mediante miradas de “Carnero Degollado”,   que  según    expresiones   de   su   abuela  María,  madre  de  su   padre,   daban  magníficos resultados, en casos similar;: y a pesar que Eugenio se había percatado, que algunas de las mujeres que desgranaban el maíz, se burlaban de él, no les prestó atención y persistió en su empeño,  de  permanecer junto a

ellas, tratando eso si,  que la cantidad de mazorcas acarreadas, fuera  suficiente, como para que puedan trabajar, sin problemas de falta de abastecimiento..

Las burlas a que me refiero, eran a consecuencia de la distinta pronunciación, que tenia Eugenio, diferente de la acostumbrada en el lugar, sobre todo, al pronunciar la “ye” y la “elle”, que para Eugenio, no tenían diferencia, así como lo referente, a los significados, de algunas voces quechuas castellanizadas, que el joven desconocía y por eso fue, que por hacerse el gracioso, intencionalmente las utilizaba, tratando de hacerlo, especialmente con aquellos vocablos, de tipo picaresco o de doble sentido.

Eugenio; trataba de dilatar en lo posible, el tiempo que permanecía con las mujeres,  utilizándolo, para intercambiar miradas de inteligencia con Elsa, que se las devolvía, con insinuaciones, que alborotaban al joven, enervándolo al solo pensar, en lo que la posibilidad, de tener un encuentro amoroso con Elsa, en cuanto se fueran a su casa, las otras mujeres.

Era un verdadero suplicio chino, por el que tuvo que pasar Eugenio, esa mañana de trabajo, rogando a Dios y a todos los Santos, para que las horas galoparan y así pasaran pronto, acrecentando este sufrimiento, las insinuaciones que le hacían el resto de mujeres, que se habían percatado, de la inteligencia que existía entre Elsa y él, referente a la necesidad que tenían, de quedarse a solas.

Como todo tiene un término en esta vida, llegó al fin la hora de  partida de las mujeres, que al  parecer,  estaban de  acuerdo  con Elsa, por eso fue, que sin mayores problemas, los dejaron solos, pudiendo de ese modo, conversar con entera libertad, desarrollándose, el siguiente diálogo entre ellos, iniciándolo Eugenio cuando le dijo:

   -¡Deseo hablar contigo Elsa!

Ella lo miro con una sonrisa que intentó ocultar  y respondió:

  -En el Número Ocho, pero tenga cuidado niñito, que no se vaya a enterar la niña María.

Al darle esta cita a Eugenio, Elsa se ruborizo hasta la raíz de los cabellos, pero tuvo la entereza, como para despedirse de la señora Carmelita, que no se dejo engañar y por lo bajo dijo:

  -¡La muy sinvergüenza!; ¿acaso creerá, que nadie se ha dado cuenta que es una zorra?

Una vez que todos se fueron, incluyendo Eugenio, la señora Carmelita, fue hasta el cuarto de la señora María y le dijo:

  -¡Niña!; la sinvergüenza de la Elsa, se ha citado con el niño Eugenio, para verse en la chacra de maíz.

La señora María, al escuchar esto, fingió severidad, pero un ataque de risa la delató y ante el asombro de Carmelita, se puso a reír a carcajadas y cuando se hubo calmado dijo:

  -Que graciosa eres Carmelita!; me hacer reír hasta más no poder ¿Cómo se te ocurre, estar vigilando a mi hijo Eugenio; no te das cuenta, que ya es todo un  hombre y necesita darse sus escapaditas?

Volviendo en busca de nuestro amigo, el joven Eugenio; este espero con grandes deseos de salir corriendo, hasta el lugar que le había señalado Elsa, pero logro contenerse y un tiempo después que esta se hubiera marchado, en cuanto creyó que nadie lo veía, salió por la parte trasera de la casa hacienda y a campo traviesa se dirigió hacia el Número Ocho.

De pronto Eugenio escucho un ruido y una pequeña piedra cayo muy cerca de él y creyendo que se había desprendido de la muralla cercana, que separaba la chacra del camino real,  intentó proseguir su camino, pero escucho un bisbiseo y luego una voz muy queda, que claramente dijo:

  -¡Niño Eugenio!; ¡por aquí!

El corazón comenzó a latirle descompasadamente, como si quisiera salírsele por la boca y un ramalazo de emoción, hizo que un golpe de corriente eléctrica, corriera por su cuerpo, al reconocer que se trataba de Elsa, a la que encontró acurrucada, dentro de una especie de gruta entre las pachalangas, que crecía en un bosquecillo de Shiraj.

No tardo ni unos segundos en estar junto a Elsa y sin que medien palabras entre ellos, Eugenio se abalanzo sobre la chica, tapándole la boca con sus besos, sin dejar tranquilas las manos, que buscaban afanosamente de entre sus ropas, el objeto de su afán.

  -¡Calma!;  calma que me ahoga niño, ¿no se habrá dado cuenta la niña María?
Según palabras de Elsa, en cierta oportunidad dijo, que nunca había encontrado un hombre tan fogoso y  desesperado, con Eugenio y  hasta  cierto punto tenía razón, debido a las circunstancias, por las que pasaba en ese momento el joven, pues desde hacía algo más de dos mes, estaba en abstinencia, desde que se diera cuenta, que la chica que aliviaba sus deseos en La Colmena, era una muda,  por lo que dejo de frecuentarla.

Ya era noche cerrada, cuando asustados se despidieron, pues el tiempo había pasado, sin que se percataran de ello. Elsa se comprometió formalmente, a volver al día siguiente, con el pretexto de continuar desgranando los choclos, ofreciendo a Eugenio, quedarse después que las otras mujeres se fueran, para volver a ese nidito de amor, en el que habían pasado, momentos de incomparable entrega mutua.

 Durante mucho tiempo; ambos jóvenes, estuvieron viéndose, en el mismo lugar, hasta que una noche, Eugenio la llevo a su cuarto, aprovechando que todos dormían en la casa hacienda y allí, pasaron momentos de infinito placer, sin las incomodidades, que venían pasando entre pachalangas y otras yerbas.

Pero desde que comenzara esa relación, no caminó muy bien que se diga, puesto que falto sinceridad, de parte de Elsa, ya que resultó, que no tenía la edad que le había dicho a Eugenio, sino que era casi diez años mayor, además, le había asegurado, que solo tenía un hijo de tres años, cuando en realidad, tenía cuatro, ella pues, además de ser mucho mayor que Eugenio, era una mentirosa. No obstante; cuando Eugenio se enteró de todo esto, prosiguió adelante con su relación, sin decirle nada a Elsa, que en la creencia, que  Eugenio  ignoraba  todos  sus  engaños, continuó adelante, con su representación de chiquilla inocente, a la que el Shapra, (barbón) la  había   abandonado,   después  de  haberle dado un hijo cuando solo contaba con quince años de edad.

Aunque  Eugenio;  en  alguna  ocasión dijo, que la razón para que hubiera continuado en amoríos con Elsa, había sido únicamente porque la necesitaba sexualmente, no obstante, en algún momento declaró a su compadre Carlos Cuba, que se había enviciado con ella, a tal extremo, que cuando no llegaba a las citas que tenían, era capaz de enloquecer.

Pero al fin; cuando encontró a otra mujer, que lleno el vacío, antes que se produjera definitivamente, dejo de citarla, pero fue entonces cuando ella, dio muestra de no desear cortar la relación y todas las noches, sin importarle arrostrar el peligro, que significaban los enormes perros guardianes de la casa hacienda, llegaba a la parte trasera del cuarto de Eugenio y con una piedra, golpeaba la pared, hasta que Eugenio iba hasta allí y como un chico goloso, en presencia de un gran pastel, la llevaba a su cuarto y pasaban otra noche de amor.

Un día muy soleado, Eugenio se levantó más temprano que de costumbre y cuando fue a darle el beso matutino a su madre, esta le ordenó que hiciera ensillar un caballo y se fuera a La Paccha, a cobrar lo que le adeudaban, de una remesa de granos, que había enviado hacía quince días.

Eugenio no conocía ese lugar, pero si había llegado hasta la  hacienda Bambas  sin conocer, muy bien podría llegar a ese lugar y cobrar el dinero que le adeudaban a su madre, así que, una vez que tomo su desayuno, monto sobre un caballo  que ya los pongos tenían listo  y emprendió el camino.

Por suerte para  Eugenio,  encontró  a   la   altura   de   la   casa hacienda de Aguambuco, a tres celendinos, que regresaban de Chicches a Buldibuyo, en donde tenían sus viviendas y se unió a  ellos,  razón  por  la  cual,  no  le  fue dificultoso llegar a la

Paccha, pero para esto, tuvo que seguir por un camino, que apartaba en un lugar llamado el ALTO DEL PLOMO, ya solo, pues los shilicos, prosiguieron hasta Buldibuyo, pueblo que estaba ubicado, algo más debajo de La Paccha.

A la Paccha llego temprano, ya que desde la casa hacienda de Bambas, solo habían algo más de tres leguas y teniendo “Un Buen  Caballo  y  Espuelas Muy Agudas” ni los truenos y relámpagos más fieros, podrían atajar a un buen jinete, según el decir popular en esos tiempos

Un ingeniero de apellido Baca, que estaba a cargo de la Superintendencia de la Empresa Minera Aurífera Buldibuyo, lo atendió muy gentilmente y en vista de la carta que Eugenio portaba de su madre, no tuvo ningún reparo, para hacerle efectivo el dinero, que le adeudaban a madre.

El pueblo de Buldibuyo, era el único lugar más cercano, en donde había hoteles para  hospedarse y como el trámite para que la Empresa Aurífera Buldibuyo, pudiera hacer efectivo el dinero, que Eugenio había ido a cobrar, se dilató algo, se le hizo tarde y el joven bajo hasta ese pueblo.

Una vez instalado en el cuarto de un hotel, antes de cenar, se dispuso a jugar una partida de villar y cuando iba a taquear, vio aparecer a don Mareo Cuadra, un señor que trabajaba en  forma esporádica, para su madre; al ver este señor a Eugenio, después de saludarlo, le invitó a tomar una cerveza, razón por la cual, Eugenio dejo el taco y se dispuso a beber mientras cenaba, un apetitoso plato de cuy, preparado con papas  y  salsa, de muy buen sabor, que esperaba en una mesa, la que habían dispuesto con anterioridad para él. 

Conforme Eugenio cenaba, en compañía del señor Mateo Cuadra, iba bebiendo una tras otra, los vasos de cerveza y entre trago y trago, hablaron de muchas cosas y entre estas, lo referente al sexo opuesto y Eugenio declaró, que no había visto hasta ese momento, una mujer capaz de quitarle el sueño y fue entonces cuando don Mateo, hablo de esta manera:

  -Estamos en el mes de Octubre y es precisamente en estos días, en los que CHILIA celebra su fiesta patronal, en honor a la Virgen del Rosario y allí, es en donde se pueden ver las mujeres más lindas de la Provincia de Pataz y repito que no podrá usted ver en otros lugares, mujeres más hermosas.

Eugenio miraba alternativamente, el vaso de cerveza que tenía en la mano y la cara de don .Mateo, no sabiendo si creerle o no, ya que se encontraba algo bebido, pues no tenía costumbre de beber tanto y por decir algo, hablo de esta manera:

  -¿Y que vamos ha hacer, ya que es imposible ir a Chilia sin pasar por Bambas y de allí, mi madre no me dejaría pasar?  Además, estamos tan lejos……..

  -Haaa don Eugenio, pero yo conozco un camino, que nos llevaría a Chilia, sin tener que pasar por Bambas y es por LA CUEVA DEL PISHTACO.

 -¿Y es muy lejos por allí a Chilia?

  -¡Noooo!; ¡Que va!; ¡si está aquisito nomás!

Hasta ese momento, Eugenio estaba casi convencido, pues pensaba que esa era la única oportunidad, que tenía de ver lindas chicas, sin que fueran campesinas, ya que desde que había llegado a la Provincia, su madre no le había permitido salir a ningún otro lugar, tan  solo en esa oportunidad, que lo había enviado a La Paccha, había salido de la hacienda.

Pensó en lo bien que podría pasarlo, en esa fiesta de Chilia, en compañía de  lindas chicas, tal como don Mateo le describía; de modo que sin darle más vueltas al asunto, miro muy fijamente a este y le dijo:
  -¿Y en la noche; acaso podremos viajar sin problemas hasta Chilia?

Don  Mateo  se  atuso  el  fino  bigote y  echándose el sombrero para atrás (“a la pedrada”)  y  poniendo   cara  de complicidad, dijo:

  -¡Don   Eugenio!;   ¿es   acaso   usted diferente a sus tíos don Felipe y don Jorge?; ellos si que eran mozos de ñeque y sabían pasarla bien; ¿acaso no vale la pena pasar cualquier dificultad en el camino, sabiendo que en el bendito Chilia, lo esperan lindas chicas?

Eugenio no espero más y dejando salir su impetuosidad, se levanto de un ágil salto la mesa que estaban ocupando, para y después de beber de pie, el vaso casi lleno de cerveza que tenía en la mano, casi sin respirar, pidió su cuenta y cancelando lo que debía y dijo:

  -¡Vamos a Chilia don Mateo!; ¡vamos!

Don Mateo tenía parientes en Buldibuyo, que a una orden suya, llevaron el caballo de Eugenio ya ensillado y junto con este, el suyo, los que montaron nuestros amigos y se dispusieron a salir de viaje. En una alforja, habían mandado poner unas botellas, del popular TURCO, (alcohol agua, limón y azúcar)  que según dijo don Mateo era:

  -¡Fiambre para el camino!

El camino de la Cueva del Pishtaco, era uno no muy trajinado, que según contaba la leyenda, cerca de un gran peñón, había una gran cueva, en donde en tiempos pasados, se instaló un asesino, que degollaba, a los osados que se atrevían a pasar por allí y una vez asesinados, los destazaba, con el objeto de vender su grasa,  para que sea utilizada, en los molinos, que según era la creencia popular, trabajaban únicamente, con el aceite que extraían de los humanos y cuando comenzaron a llegar los primeros motores a la Provincia, llevados por las Empresas explotadoras de las minas, en la Provincia  vivían aterrorizados, pues se generalizó la creencia, que estas maquinarias, también trabajaban a base de aceite humano.
Ese camino, era el que habían tomado

Eugenio y don Mateo Cuadra; claro está, que ya muy pocos eran, los que creían en los Pishtacos y tanto Eugenio como don Mateo, estaban comprendidos en el círculo de los incrédulos.
A pesar de la altura y el frío;  el temor a caer por alguna  abra  o  sima, estaba totalmente ausente, en la mente de los viajeros, gracias a los efectos del alcohol, que iban bebiendo de trecho en trecho y que los mantenía calientitos y con el ánimo, lo suficientemente alto, como para no temer a nada.

Don Mateo entonaba canciones  de  la sierra, que Eugenio no conocía, pero que trataba de seguir, hasta que llegaron a la bajada, que conducía al pueblo de Chilia, de donde se dejaban escuchar cuetes y bombardas, así como un lejano rumor de música. Cuando estaban a media bajada, de pronto escucharon el tropel del caballo, de algún jinete, que venía bajando tras ellos, silbando waynos, puesto un poncho de jebe y un gran sombrero de junco, con cuyo atuendo, no permitía ser reconocido con facilidad, sin embargo, don Mateo si lo reconoció y una vez que paso a toda carrera, junto a ellos, sobre una mula color teja, dijo:

  -Ese que acaba de pasar, es el “Loco Edualdo”.

Eugenio supuso, que ese era su apodo y no dijo nada, pero ese sobrenombre, le quedo grabado en la mente y se dijo:

  -“Tengo que conocer a ese loco”.

Y prosiguió bajando en la oscuridad, pues en el atolondramiento de la partida, no habían tenido el tino, de hacerse de una linterna y tropezando, con gran peligro de rodar
con caballo y todo, continuo bajando, pero con algo de temor, ya que el valor que el alcohol les diera, cuando estaban en las  alturas, se había desvanecido, apoderándose de ellos, los flatos.

Sin darse cuenta, los viajeros habían estado en camino, durante  muchas horas, debido a que para beber, se paraban muy a menudo, pero lo fundamental era, que ya estaban llegando a Chilia y podían escuchar con claridad, los sones de la banda de músicos, que el viento se encargaba de llevar y traer.

Todo iba a la perfección y hasta se habían  olvidado, del  malestar  propio de la gran borrachera, que se habían pegado, cuando ingresaron por la esquina de la plaza de armas, en donde se encontraba la tienda de el CACHERBO y la catedral del Distrito, el caballo que montaba Eugenio, comenzó a corcovear, estando en un tris, de arrojar a su jinete y dar con su humanidad en tierra, con el consiguiente percance, de dar un  triste espectáculo, que dejaría mucho que comentar, respecto a que el hacendado de Bambas, al llegar por vez primera a visitar el Distrito de Chilia,  no había podido dominar su cabalgadura, por no haber heredado, los dotes de jinete de sus antepasados.

Pero no se vaya a creer, que fue una inspiración súbita la del caballo, para comportarse de esa manera o quizá, que viendo tanta  gente   se   asustó;  no;   la reacción del caballo, fue muy natural, puesto que un equino fino de mucho nervio, al ver y escuchar los cohetes, que en ese momento precisamente hacían  inicio a la quema de castillos artificiales, reacciono, como cualquier caballo de su estirpe, no acostumbrado a esa clase de ruidos y alborotos, lo hubiera hecho; pero felizmente, todo no paso de un susto y la consiguiente demostración de sangre fría, de parte del jinete, que a pesar de no haberse criado en el ambiente, mostraba, que tenía una habilidad nata para la equitación.

Don Mateo, guió al joven Eugenio,  hasta  la  casa  de  un  buen amigo de su madre, el ilustre señor, don, MANUEL SAMANAMUD, hombre de una pulcritud inigualable, al extremo, que en cierta ocasión, en la que como tenía por costumbre, después de hacerse el aseo matutino, se paseaba de un lado a otro en el corredor de su tienda, acertó a pasar por allí, uno de los muchos compadres que tenía; este, al ver a don Manuel, tal como se acostumbraba por esos lugares, con el sombrero en la mano, se acerco y estirando la mano derecha, trato de apresar la de su compadre, pero este muy vivamente la retiro, al tiempo que se disculpaba diciendo:

  -¡Cuánto lo siento compadrito, pero me acabo de lavar las manos!

Volviendo a nuestro joven amigo; este, fue presentado a tan ilustre señor, que al saber que se trataba del hijo de su dilecta amiga, la señora María de la Riva, de inmediato dispuso, se le asignara el cuarto preferencial de huéspedes de su casa hacienda, el que tenía reservado, para ilustres visitantes, pasando por alto, el calamitoso estado, en el que el joven Eugenio se encontraba.

Dio la casualidad, que en el cuarto contiguo al que ocupaba Eugenio, estaba alojado un topógrafo, de la compañía Aurífera Retamas, personaje muy peculiar, que siendo hijo de un distinguido Embajador Ingles, había recalado por esos olvidados lugares del Perú, dejando de lado, grandes oportunidades, debido a que  la mujer que había escogido como pareja, no fue aceptada por su familia, que hasta había intentado desheredarlo.

El hombre llamado Ronaldo Watson, representaba más o menos,   unos treinta años, no   obstante,    en    la    primera oportunidad, que tuvieron Eugenio de conversar con este señor, le aclaró, que solo contaba con veintiséis años cumplidos y Eugenio le creyó, en vista del tratamiento, que acostumbraba a darle a su cuerpo este señor, pues era un borracho consuetudinario y consumía cocaína.

Watson era un hombre blanco, de tez muy roja y salpicada de pecas, de alta talla; muy alta para la zona, pues debía de pasar el metro con noventa centímetro.  Contextura regular, casi atlética, mostrando todo en él, su ascendencia Europea; vestía pantalón de montar, con botas de tubo y una camisa de lana a cuadros, blancos con chocolate, cubierta con una casaca de cuero, de fabricación de Pedro P. Díaz, rematando con un sombrero de fieltro, de color marrón, conformando un conjunto, hasta cierto punto elegante, tanto para el lugar, como para la época.

Pero lo que no era elegante en él, era lo referente al estado de borrachera, del que no salía ni un solo día y fue en esa condición, en la que Eugenio lo conoció y en esa misma, en la que lo vio partir un día, cuando ya la fiesta patronal de Chilia daba a su fin.

En cuanto Eugenio llegó a Chilia, fue enrolado bajo las banderas de Baco, en cuyas filas, como jefe de brigada alcohólica, marchaba el topógrafo Ronaldo Watson; el que todos los días se despedía y al llegar a la salida del pueblo, comenzaba a beber la del estribo, que terminaba en una colosal borrachera y en la noche, se le veía bamboleándose como una marioneta, pidiendo disculpas a tutilimundi, por no poder irse de Chilia, aduciendo que estaba  embrujado,  por  la  belleza  de las damas chilianas, por las que continuaba bebiendo, hasta terminar como un pelele, llevado en vilo por un pongo, que  había enviado don Manuel Samanamud, para que lo llevara  hasta el dormitorio, que le habían asignado.

Después de haber bebido sin descanso, durante tres días, desde que llegara a Chilia, Eugenio   logro   desertar,   de las  filas   báquicas,  evitando  la compañía del topógrafo Watson; no obstante, era imposible, abstenerse totalmente de la bebida, pues  todo  el  pueblo  festejaba  y  tratándose  del  hijo de la hacendada de Bambas, ninguno de los celebrante, quería quedarse atrás, en los agasajos con tan destacada personalidad;  pero a pesar de esto, Eugenio logro disfrutar, de algunos bailes, en los que pudo conocer algunas damas; no obstante, siempre tenía presente, las advertencias de su madre y solo buscaba  mujeres,  con  las  que una relación sentimental, no encerrara compromiso de ninguna clase y en especial, los de carácter matrimonial y como lo que abundaba eran jóvenes núbiles, tuvo que abstenerse en muchos casos, de acudir a sus reclamos, por no caer en las redes del amor, que a la postre, significaban desposorio.

Ya el ALVA, las VISPERAS y el DIA CENTRAL, los había perdido, por estar sumergido en los vapores alcohólicos, escuchando sandeces, de boca de Watson, que para no desdecir todo lo que se expresa de un borracho, hablaba y hablaba, según la expresión de los lugareños, “YAINI”.

Lunes    y   Martes,   días  en los cuales se llevaba a cabo, las tardes taurinas, Eugenio la paso de mal en peor, teniendo que pagar la factura, que le pasaba su organismo, como consecuencia de tanto desarreglo y así, llego el día de la carrera de  cintas,  en  la que se presentó, con su buen caballo de paso, pero no conocía a ninguna chica, que le hubiera llenado el ojo, para sacar su cinta, puesto que las más lindas, eran muy peligrosas, pues estaban dispuestas, solo a rendir sus almenas, ante una promesa formal de matrimonio y el era un trofeo apetecible, pero estimaba demasiado su libertad, axial que solo se dedico a deambular con su caballo, sin intentar sacar cintas.

Casi sin recuerdos, de los días que había pasado, en la fiesta patronal, de la Virgen del Rosario, Eugenio se dispuso a marcharse a Bambas, llevando en la garganta un amargo nudo de remordimiento, por haber asistido  a  esa   fiesta,   sin   el   previo consentimiento de su madre, ante la cual, tendría que rendir cuentas, no solo del dinero gastado, sino de su comportamiento, al haber bebido como un cosaco.

Felizmente, la discreción de su madre,  no paso de los  límites  que  su  educación  le  podía permitir y en cuanto su hijo hizo acto de presencia, lo mando a llamar y le pidió cuentas, del dinero cobrado en La Paccha y sin preguntar, que era lo que había sucedido, con el dinero que faltaba, le dijo:

  -Mañana  bien  temprano,   iras con el administrador y los vaqueros, para ayudar a ferrar los toretes cerriles y espero, que así como sabes divertirte, sepas trabajar.

CAPITULO  IV

I S A B E L

Al día siguiente, solo gracias a su juventud y fortaleza, Eugenio paso tan dura prueba, pero muchas veces, cuando sudando, sentado sobre uno de los toretes, que intentaban marcar, maldijo la hora, en la que haciendo caso al señor Mateo, que dicho sea de paso, en cuanto estuvieron en Chilia desapareció, llevado por  sus  familiares,  dejándolo  solo  con  el  topógrafo, al joven Eugenio, que dicho sea de paso, lo hizo perderse lo mejor de esa fiesta.

En cuanto a Elsa, desapareció un día de su vida, enterándose después de un tiempo, que había viajado a Chimbote, con un hombre que se había hecho cargo, no solo de ella, sino de todos sus hijos, dejándolo libre, para poder disfrutar del amor de otra mujer, que con toda  sinceridad, le dio a conocer que era madre, abandonada con una hija, por un marido chiliano, que se fue a Lima, en busca de nuevos horizontes, para nunca más volver, ni enviar noticias.

La vida en la hacienda de la madre de Eugenio, continuaba adelante, sin cambios aparentes y nuestro joven amigo proseguía en su empeño de preparar chochoca.

Cabe aclarar, que ya Eugenio, había hecho su primera remesa de chochoca, al asiento minero de La Paccha, al final de cuyo negocio, había resultado un éxito y luego, continuó preparando chochoca, utilizando para ello, maíz  comprado  a  un  señor  de

Huayaocito, que sembraba en sociedad con la hacienda, una chacra en Motacara, sección de terreno, de propiedad de la madre de Eugenio, de muy altos rendimientos, logrando merced a este negocio, obtener algún dinero, con el cual cubría sus necesidades extras, entre las que se podían contar, la de proveerse de percalas, (telas muy usadas en ese tiempo por las damas, para confeccionarse vestidos) así como pañolones, que le servían para obsequiara a las chicas, con las que tenía eventuales aventuras amorosas, pues los amores con Elsa, habían llegado a una etapa de alejamiento paulatino que solo se podía describir, con la letra de un bolero en boga, cuya letra decía así:

No se lo que siento
Cuando tú me besas
Si mi amor se extingue
Como una pavesa
Y que poco a poco
Me quedo sin ti.

El lugar en donde Eugenio conseguía citas amorosas, era el molino, que su madre le había entregado, para que lo administre y como al parecer, las chicas solteras, no solo tenían necesidad de relaciones con el sexo contrario, sino también necesitaban dinero y alguno que otro regalito y como ya  se habían pasado la voz, que Eugenio era generoso, llegó un momento, en el que sus energías eran insuficientes; además, no podía contar con la seguridad, de tener la asistencia regular de estas chicas, por lo cual, pensó seriamente, en conseguir una, con la cual compartir, no solamente su cama o la de ella, sino también su amistad y comprensión y fue así, que en esta búsqueda que  inicio,  fue  favorecido  por  la  circunstancia,  al

contratar de un señor de Huayaocito, de apellido Montero, el que habiendo quedado lisiado, cuando trabajaba en una mina, no podía desempeñarse en cualquier otra ocupación, como cualquier otro hombre y en esos momentos, hacía las veces de instructor de Eugenio, para el manejo adecuado del molino y encontrándose en ese lugar, debido a la relación diaria con Montero, Eugenio  llego a enterarse, por boca del mismo señor Montero, que estaba casado con la viuda de un celendino, primo suyo, el que al morir, había dejado cuatro hijos, de los cuales, solo uno era varón.

Un día, encontrándose Eugenio, sumamente aburrido, debido a que ya había aprendido, todo lo que se relacionaba al manejo del molino, no atreviéndose a despedir a su instructor, pensando en que no le podría ser fácil, encontrar trabajo en otro lugar, decidió dejar solo al señor Montero y abandonó el lugar.

Pero al salir, vio que por la tranquera que daba acceso al corral, en donde se encontraba la edificación del molino, hacían su ingreso, dos chicas muy bien vestidas, en comparación al resto de muchachas, que había conocido .en el lugar y se dispuso a esperarlas,  para  intentar  trabar amistad con ellas, puesto que necesitaba intercambio de relaciones con jóvenes de otro sexo..

Cual no sería su sorpresa, al acercarse más a ellas y poderlas mirar con más detenimiento y al comprobar, que eran verdaderamente bellas, sobre todo la que aparentaba ser mayor; debido a lo cual, con el corazón palpitante de emoción, se apartó a un lado del camino y en cuanto las tuvo cerca, las abordó, venciendo el temor que sentía, de ser rechazado malamente, por no conocerlas, no obstante, se atrevió a saludarlas tímidamente, diciéndoles:
 
-¡Buenos días!

Las chicas que iban verdaderamente distraídas, por encontrarse enfrascadas en una animada conversación entre ellas, se sobrepararon por la sorpresa y a continuación, sin dejar de mirar a Eugenio, prosiguieron su camino en dirección al molino, a la par que contestaban el saludo, debido a lo cual, Eugenio se puso delante de ellas, interceptándoles el camino; pero lejos de molestar esta actitud a las chicas, volvieron a detener su marcha y mirando muy fijamente al joven, hablo la que parecía mayor de las dos, para preguntar:

  -¿Es usted el joven Eugenio?

La pregunta desconcertó por completo al joven, por la forma en la que lo trataban y sobre todo, por su modo desenfadado con el que le hablaban, sin tratarlo de “niño”, como ya estaba acostumbrándose a ser nombrado; pero esto no era suficiente,  como   para   hacerlo retroceder en su empeño,  de trabar amistad con las jóvenes que tenía delante, por lo cual rehaciéndose de la sorpresa y relacionando la alforjita de lana que portaba una de ellas, de la que emanaban agradables olores a guisado, con el señor Montero, se animó a preguntar tímidamente:

  -¿Ustedes le traen el almuerzo al señor Montero?

A lo que respondieron al unísono:
  -¡Sí; somos sus entenadas!

Ambas  eran muy blancas, algo rubicundas, de ojos verdes, no muy grandes y ligeramente rasgados y las  dos  tenían  algunas pecas en la cara, que les hacía más graciosas; la mayor era más delgada, pues la otra era algo robusta, pero eso no le quitaba, los méritos físicos que poseía.

Ese fue el punto de partida, del cual se cogió desesperadamente el joven Eugenio, para después de cederles el paso, continuar andando a la par con ellas, acompañándolas hasta la puerta del molino, en donde se quedó aguardando.

Muchos pensamientos pasaron por la mente del joven Eugenio, que buscaba la forma de poder hilvanar la conversación, que pensaba entablar con ellas y de el modo de poder separarlas y así, declararle el amor que ya ardía en su pecho, por la mayor de ambas, que daba por descontado eran hermanas y que por cierto, no estaba equivocado en esta suposición.

No bien salieron las chicas del interior del molino, Eugenio se apresuró a abordarlas, para ofrecerse como  acompañante, lo cual fue aceptado por ellas y fue así que caminaron juntos hasta el Número Ocho, pero en el camino, se desarrolló la siguiente conversación, rompiendo fuegos el joven Eugenio  al decir:

  -Ya que  conocen mi nombre, ¿podría saber el de ustedes?

 La respuesta vino de inmediato, cuando la mayor de ellas, adelantándose ligeramente, dijo:

  -Mi nombre es Isabel y ella es Adela, mi hermana menor.

Eugenio estiró la mano, tratando de tomar la de ella, para hacer una presentación formal, pero encontró, cierta sorpresa por parte de su interlocutora, debido a que no estaba muy difundido ese modo de saludo por esos lugares, no obstante, Isabel reaccionó de inmediato y cogió la mano de Eugenio, el que aprovechó para rascarle, con el dedo índice la palma, tal como Pulga le había enseñado, durante su adolescencia, acción que arrancó una amplia sonrisa de Isabel, que miró significativamente a su hermana, pero retiró rápidamente la mano.

De inmediato, Eugenio tomó la mano que le tendió Adela, realizando de este modo, una formal presentación, pero en esa oportunidad, se guardo mucho de someterla, al mismo tratamiento de rascado, que había hecho a Isabel, con el fin de hacer patente su preferencia.

  -Vivimos en Huayaocito: es decir  yo,  pues  mi  hermana  está   de visita, ya que trabaja y estudia en Lima.

Continuaron caminando y hablando de trivialidades, hasta que en el Número Ocho, se sentaron en unas piedras, desde donde se podía contemplar un gran panorama.

Mirando hacia abajo, no solamente se veían las sementeras casi maduras unas, mientras otras esparcían el aroma de sus flores, sino que nítidamente se veía el pueblito de Chicches, teniendo como fondo el cerro detrás del cual se encontraba Huayao Grande; ese cerro se llamaba “RURUMPURHUAY”, poético lugar, a pesar de la sequedad y desolación, de donde salían muchas historias de aparecidos y demonios, guardianes de fabulosos tesoros 

Mirando hacía arriba no se podía apreciar gran cosa, debido más que todo, a una mole granítica de más de treinta metros  de alto, pegada al Número Ocho; en cambio, si se miraba hacia la derecha, se veía las casas, semi ocultas por los árboles de eucalipto y lozanos maizales, del poblado de Huayaocito y  a la izquierda, el monte de Potaca, Rocoy y Maras, mostrando un abigarramiento expectante, de milenarias plantas nativas, desde árboles y arbustos, hasta enredaderas y arbustillos, compitiendo en verdor y floración,   con   las    diferentes sementeras

Era pues todo un poema de verdor y colorido, bajo una sinfonía de trinos y gorjeos, de las abundantes aves, que no cesaban de hacerse escuchar, desde los primeros rayos de la aurora.

Isabel; que era la única que hablaba de las dos hermanas, informó a Eugenio, que habían nacido en Huayaocito, de lo que se sentían sumamente orgullosa, siendo ese pueblo, en donde su
padre, un laborioso celendino, había fallecido, a causa de una bronconeumonía. Respecto al señor Montero, dijo que solo sabía de él, que había llegado procedente de Cajamarca, buscando a su primo, que era casualmente el padre de las chicas, con las que Eugenio charlaba en esos momentos y de otro varón, mayor que Isabel y Adela de nombre Roberto.

Tanto el dolor del señor Montero, al enterarse del fallecimiento de su primo y sobre todo, de ver en el desamparo paterno, en el que se encontraban sus sobrinos, que optó por pedir a la viuda, que se uniera a él y fue de esa forma, en la que la familia aumentó, siendo un año después, visitados por la cigüeña, que trajo entre su pico, a la graciosa Antonína, que en ese entonces contaba con once saludables años, siendo debido a esto, que prometía ser una bella mujer.

Como aún era temprano, el trío se puso a jugar, tres en raya sobre la tierra y entre jugada y jugada, no faltaban las risas, más que todo de las hermanas, que se burlaban de la ineptitud de Eugenio, para entender, muchas de las palabras usuales en ese entonces en la zona; que no eran, sino las quechuas castellanizadas e introducidas en el vocabulario popular.

Debido esto; fue que rieron mucho, pero no se crea que Eugenio permanecía callado o asombrado o lo que es peor, malhumorado, no, también se unió al festejo de las hermanas, llegando de esta manera, a coger de la mano a Isabel y hasta en cierta ocasión, a abrazarla y a rozar sus labios con su mejilla. Eugenio era muy feliz y aparentemente Isabel lo era también, por eso fue, que pasado algún tiempo, después de haberse amado entrañablemente, Eugenio recordaría con gran amargura  todo esto, con el verso siguiente:

¡Que lejos están!;
Los momentos felices que me diste,
Como lejos está,
El cariño entrañable que fingiste.

De pronto, las hermanas dejaron de reír y fue Isabel la que nuevamente hablo preguntando:

  -¿Y usted joven Eugenio, de que se ríe?

  -Me río, porque ustedes se ríen.

Y esta contestación fue suficiente, para que los tres jóvenes soltaran la risa a todo trapo, hasta que les corriera las lágrimas; pero todo acaba en esta vida, de modo que de pronto, se dieron cuenta, de lo oblicuo de los rayos solares, lo cual indicaba,  que ya era muy tarde y por eso, las hermanas tuvieron que despedirse, comprometiéndose muy seriamente, ha encontrarse al día siguiente, a la misma hora y en el mismo lugar.

Mientras Eugenio caminaba de regreso al molino, iba recordando algunos pasajes de aquella velada, en unión de sus nuevas amigas y nuevamente admiró en su pensamiento, la blancura de su dentadura y así fue que recordó, lo que había escuchado decir a don Rafael al respecto, que esto se debía, a la costumbre ancestral, de las personas por esos lugares, de consumir cañas de maíz amelacio, masticándola, como hacen en la costa con la caña de azúcar, lo cual, les asea, en perfecta forma la dentadura.

Unido esto tenemos, la abundancia de caliza en el lugar, pudiéndose asegurar sin temor a equivocarse, que todas las piedras se habían formado, a base de material  calcáreo,  que como es lógico suponer, adicionaba ese calcio, a los huesos de los habitantes de la zona.

Debido a esto fue, que Eugenio recordó también, el sabor tan dulce que tenían esas cañas, así como lo sabroso de los choclos, llegando a calificar por tal motivo a la Provincia de Pataz, no solo como EL DORADO, referente al oro que se extraía de allí, sino como PATAZ LA DULZURA.

Y debido a esto fue, que años después, recordando toda esa dulzura, en alguna oportunidad exclamo:

Te recordaré Pataz
No solo
Por la dulzura de tus cañas.
Pues gravada en mi mente está, La dulzura de tus choclos
Y el arrobador impacto,
De la mirada de tus mozas

Al regresar al molino, Eugenio se quedo mirando al señor Montero, que a pesar de la lisiadura que lo afectaba, tenía la dicha de compartir el mismo techo, todas las noches con Isabel; respirar el mismo aire que ella respiraba y hasta saborear los mismos potajes que ella; pero muy pronto dejo de sentirse tan envidioso y pensó en la dicha que le reservaba el destino, pues le había sido imposible, no darse cuenta, de las promesas que encerraban sus miradas y su risa y toda  ella,  promesas  de  una gran felicidad compartida entre ambos, la que se iniciaría muy posiblemente, al día siguiente, cuando llegara la hora en la que se volverían a encontrar, cuando Isabel llegara, llevando el almuerzo para su padrastro y espero feliz, al imaginar todo lo que le diría y lo que vendría después.

¡Mañana!; una promesa teñida con el verde de sus ojos y el cumplimiento de lo prometido sin palabras; por eso fue, que cuando se aproximaba la hora, en la que Isabel en compañía de su hermana, debían llegar a Bambas, portando la alforjita ya tan conocida por Eugenio, este fue hasta el Número Ocho y sentado sobre las piedras, mudas testigos de su felicidad, esperó y espero y desesperó, oteando hacia la dirección, en la que se veía el caminito aquel, que llevaba hasta el pueblo de Huayaocito.

De pronto, algo vio Eugenio, que se movía en la lejanía, pero pronto se desengañó, pues se trataba de un varón, que se aproximaba a paso vivo y cuando estuvo a una distancia desde la cual se podía apreciar mejor, pudo definir Eugenio, que se trataba de un joven algo mayor que él, pero por muy poca diferencia.

El corazón le dio un vuelco, cuando reconoció aquella alforjita, que el día anterior portaba Isabel, con el almuerzo de el señor Montero y en cuanto el joven paso a su lado, pisando fuerte, como aquel que apresurado sabe donde va. En el primer instante, Eugenio   tuvo   temor,  que  ese  joven adivinara    sus     sentimientos,     pues dedujo de inmediato, que se trataba de Roberto, el hermano mayor de Isabel; no obstante, una vez que lo vio perderse en el recodo del camino, que llevaba a la casa hacienda, se arrepintió de sus temores y saliendo de su escondite, corrió hasta darle alcance y  una  vez  conseguido  su propósito, emparejando con ese joven su paso,  lo  abordo abruptamente y   sin   preámbulo,    lo   abordó preguntándole:

  -¿Eres tú Roberto, el hijastro del señor Montero?

  -¡Efectivamente!; ¿es usted  acaso el joven Eugenio?

Ya no cabían presentaciones, de modo que ambos jóvenes se estrecharon las manos, quedando de ese modo sellada, una gran amistad, que libre de todo lo relacionado, a los posibles amores, que pudieran surgir entre Eugenio e Isabel, florecería, hasta que Roberto, su amigo, se alejaría en dirección contraria, arrollado por la vorágine de la vida, que lo arrastraría, en busca de las promesas, de mejor calidad de vida

Sin saber como ni cuando, se inicio un intercambio de impresiones, respecto no solo a lo relacionado con  la  vida  del lugar, sino también, en los que respectan, a los diferentes aspectos de la vida de la capital de la República, que a Roberto  interesaba mucho, puesto que tenía planeado ir a Lima, a trabajar, al fin, concluyo, en que le interesaría mucho, proseguir esa conversación el día Domingo en su casa, comprometiendo a Eugenio, para que fuera a visitarlo.

Todo lo que ocurrió con Roberto, a Eugenio le parecía un sueño, puesto que se le abrían las puertas de la casa de Isabel, como para darle la oportunidad de verla, por lo que no cabía en su pellejo de contento, contentura, que le duró hasta el día siguiente, que fue a esperar a la chica de sus sueños, en el Número Ocho, pues con justa razón pensó, que si   es   que   el   día   anterior, no  había podido asistir a la cita, que habían concertado, ese día si que iría.

Al día siguiente, Eugenio vio como una pequeña figura, se iba destacando desde la quebrada de Huayaocito y acercándose cada vez más al Número Ocho y pudo el fin determinar, que no se trataba de Isabel, sino de una chica como de doce años, que presurosa,  casi  corriendo,  se dirigías hacia el lugar en donde él  se  encontraba,  pero  a  pesar de portar la ya tan conocida alforjita, no era Isabel.

Muy pesaroso, espero que pasara la chica de la alforja, pero casi de inmediato, se arrepintió y corriendo la alcanzo, pero como la chica corría, tuvo que llamarla para que lo esperara y poder de ese modo alcanzarla, hablar con ella.

Cuando llego al lado de la chica, portadora del almuerzo del señor Montero, ya Eugenio sabía casi a ciencia cierta, que se trataba de Antonina, la media hermana de Isabel, pero  para  no perjudicar a Isabel y sobre todo, para no obstaculizar esa naciente relación, se propuso ser muy cauto, razón por la cual, al interpelar a Antonina, le hablo de la siguiente manera:

  -¿Tú eres la hija del señor Montero, que le trae su almuerzo?

  -¡Si joven Eugenio!

Fue la respuesta de la chica de la alforjita y a continuación, reemprendió su camino en dirección al molino. Nuevamente el destino se interponía en su camino y el joven Eugenio, veía truncados sus deseos de ver a Isabel y declararle que la amaba, aunque fuera delante de su hermana Adela, pues tanto amor ya no le cabía en el pecho y casi le era imposible esperar por más tiempo.

De pronto, una idea luminosa, hizo estremecer a Eugenio, teniendo que establecer calma en su ser, para poder hablar en cuanto vio salir a Antonina, de regreso ya a su casa, para preguntarle:

  -¿Tú hermano Roberto está hoy en casa?

  ¡Si!; claro que está, ¿para qué; lo necesita?

Fue la clara respuesta de Antonina, que tuvo la virtud de ofuscar a Eugenio, hasta el extremo de tambalearse por la emoción, pues con el pretexto de buscar a Roberto, podría llegar a la casa de Isabel e intentar verla y si fuera posible hablarle.

Ya estaba su plan en marcha, así que  como  para  completar el puente florido que tendía y  que lo llevaría hasta la presencia de su amada, hablo de esta manera:

  -Dile a tú hermano, que esta tarde, voy  a  ir  buscándolo,  para continuar nuestra charla; el ya sabe de que se trata.

Ya la rueda de la gran argucia, de la que se valdría Eugenio, estaba en movimiento y solo faltaba, que Antonina llegara a su casa y participara a su hermano mayor, que el joven hijo de la señora María, llegaría a buscarlo esa tarde, cosa de la que no dejaría de enterarse Isabel.

Una  vez  que Eugenio almorzó, mando ensillar, uno de los caballos que se encontraban en el pesebre y  cumplida su orden, partió con dirección a Huayaocito, montado sobre el brioso y hermoso caballo negro de su madre.

Apenas había transpuesto los lindes del pueblo, cuando escuchó música, pero no la que de continuo se dejaba escuchar  en esos lugares, interpretada por los cajeros del lugar, sino la que se acostumbraba a escuchar en la Costa, sacada de un disco, de esos de acetato, que se usaban en esa época y muy extrañado, fue en busca de la fuente de esta. En la puerta de la casa, de donde salía aquella música, se encontraba la señora Rafaela, de tan ingrata recordación para Eugenio, pues nada menos que ella, era aquella tía de Elisa, por culpa de la cual, fue que Eugenio no pudo concretar sus amores, con tan bella muchachita.

En cuanto Eugenio llegó a la altura de aquella casa, doña Rafaela, se apresuró a llegar hasta él y colgándose de  su pierna, muy zalamera, como una gata mimosa, mientras se sobaba, le dijo:

  -¡Niñito Eugenio!; lindo muchachito, pase a mi casita para que nos enseñe, como es que se baila en la Costa; adentro hay varias de mis primas y no hay parejas suficientes para ellas.

Eugenio se proponía, rechazar de plano esta invitación, cuando alcanzó a ver, como desde una ventana, Isabel le hacía señas,   cambiando en un solo instante por    esta    razón,    no    solo su     opinión       respecto    de la     invitación,    sino      toda la   animadversión,   que    había sentido por esa señora, de ojos tan bellos e insinuantes y sin perder tiempo, se apeó de su caballo, el cual fue tomado por los hijos menores de doña Rafaela, que lo condujeron hasta una sombrita, en donde le pusieron una buena brazada de pasto, mientras que Eugenio, era conducido al interior de la casa, en donde  al  parecer,  se  estaba  llevando  a cabo alguna celebración.

Desde el primer instante, en el que el joven ingresó a la casa, pudo ver que en ella, habían no menos de veinte personas, pero la mayoría hombres y mujeres de una edad incompatible con la de él, por ser mayores y por consiguiente, imposible de considerarlas, como posibles parejas; no obstante, pudo distinguir en un rincón de la sala, radiante y hermosa, como un sol de primavera, a la que ya consideraba su Isabel, que le sonreía y riéndose, lo invitaba ha acercarse.

Una cortedad sin límites, invadió a Eugenio, que deseaba correr, hasta donde se encontraba Isabel e invitarla a bailar, a pesar que en ese momentos, salían las notas de un wayno, del aparato que tenían, para ese objeto en la sala; pero más pudo  el   amor, que sentía en esos momentos por Isabel y sin darse cuenta cabal, de cómo fue, resultó estirando la mano y pidiéndole a la joven que lo acompañara a bailar.

Isabel; sin esperar a que Eugenio llegara a tomarla de la mano, se arrojó prácticamente en sus brazos e iniciaron los compases de un vals, ya que a última hora, el encargado de vigilar la música, cambió el disco.

Eugenio se sintió fortalecido y gracias a esto, pudo desgranar sobre los oídos de su amada, todo el sentimiento de su corazón y ella, a pesar de no proferir una sola palabra, le dio su respuesta, apretándose tanto a su cuerpo, que ya no pudieron continuar bailando y solo atinaron a bambolearse de un lado a otro, hasta que la música callo y los hijos de doña Rafaela, así se los hicieron saber, por lo cual se soltaron y cada uno fue a ocupar su lugar, opuesto el uno al otro, de modo que  podían  al menos, continuar mirándose.

De pronto doña Rafaela fue hasta donde se encontraba Eugenio y cogiéndolo por un brazo, lo fue conduciendo hasta donde se encontraba Isabel, mientras decía:

  -¡Vamos lindito!; no haga esperar a las chicas solteras.

Y mientras la música no dejaba de sonar, pues el tocadiscos, movido con la energía de una batería, asistida por uno de los hijos de la dueña de casa, era alimentado con discos de continuo,  con  tal frecuencia, que la pareja de enamorados, en ningún momento dejo de bailar.

En  un  momento, en el que los enamorados bailaban un vals, interpretado por Carmencita Lara, Isabel, aprovechó la oportunidad,  para   pegando  sus  labios  al  oído  de  Eugenio,   deslizar las siguientes palabras:

  -¡Yo también te amo Eugenio!
Y a continuación proseguir diciéndole:

  -Esta noche ven a verme y pasaremos una linda noche de amor.

Y luego lo instruyó, para que en cuanto se pusiera la Luna, Eugenio fuera hasta el pie de una chocita, que se ubicaba al frente de la casa de doña Rafaela, en donde se encontraban en ese momento y desde allí, aventara piedras encima del techo de paja, para advertirla de su llegada, entonces ella, bajaría hasta donde él se encontrara,  para  guiarlo  dentro  de  la  chocita,  en donde había una tarima muy bien acondicionada, como para que los dos amantes, pudieran pasar una noche de amor.

Esa noche, todos los de la casa hacienda, incluyendo a los pongos, se percataron que algo le sucedía al niño Eugenio,   que    debido    al   estado de  nerviosismo  que lo dominaba, hizo  comprender  a  todos  los  que  lo conocían, que algo no usual le sucedía. Cuando ya todos dormían, Eugenio se deslizo fuera de su cama, en donde se había acostado vestido y convenientemente disfrazado, si es que se podría calificar como tal, al atuendo con el que se preparo, para su incursión nocturna, se dispuso a con suma

Decisión, a enfrentarse a la oscura noche, pues la luna, se iba sumergiendo lentamente en el horizonte; era la primera vez,  en  la  vida de Eugenio, que se aventuraba a realizar una incursión de esa naturaleza y como sabía sus limitaciones, pues era corto de vista de día y con mayor razón en la noche, temía caerse y romperse algún hueso y también temía, a la total oscuridad, tras la cual,  podría encontrar cualquier peligro, dado que no estaba acostumbrado a esa clase de suelo.

Lo que Eugenio no sabía hasta ese momento, era que una relación, entre jóvenes solteros, como la que iba a buscar esa noche, era más común de lo que creía y toda precaución, con las personas, que no pertenecían al entorno familiar más íntimo, (padres, hermanos) era inútil y solo podría ser motivo de mofa, para todo aquel que lo sorprendiera, tratando de pasar desapercibido.

Saliendo de la quebrada de Huayaocito, límite de este pueblo, con la hacienda La Colmena, Eugenio se topo de manos a boca, con uno de los pobladores, que en  cuanto lo miro,  se  quitó  el sombrero y muy educadamente dijo:
  -¡Buenas noches niño Eugenio!

Eugenio se quedó de una pieza y sobre todo, descorazonado, por haberse tomado tanto trabajo, sin haber logrado su empeño y ser reconocido, por el primero con el que se topaba.

No    obstante,   el    deseo,   de   poder intercambiar caricias con una moza, lo acicateaba al extremo, que ya nada le importaba y solamente se empeñó, en llegar a su destino y apaciguar aquella parte de su ser, que lo atormentaba tanto. Así; tropezando, cayendo y levantando, pudo llegar hasta el lugar señalado, desde donde se dedico, a bombardear el techo de la chocita y al no recibir respuesta de ninguna clase, arrecio en este apedreamiento, lo que motivo, que  los  perros,  que  en  ese momento se encontraban durmiendo, junto con las ovejas, que estaban encerradas en un corralito, al pie de la chocita, salieran furiosos, atacando a Eugenio, que gracias a su juventud y con ella a su agilidad, pudo eludir las destelladas, que le llovieron a diestra y siniestra.

Pero no por eso pudo librarse, de magulladuras y raspones, a consecuencia de las caídas, que irremisiblemente sufrió, durante todo ese ajetreo, tratando de eludir los ataques, de los furiosos animales.

Aterido de frío, sucio, a consecuencia de las constantes caídas, que sufriera durante la reyerta con los perros, con el corazón encogido y pensando, que merecía todo lo que le había sucedido, por crédulo, en vanas promesas, ya que posiblemente Isabel, de acuerdo con su hermana Adela, se habían burlado cruelmente del pobre enamorado.

Como para mitigar su dolor, en cuanto llego a la portada de la casa hacienda, los dos enormes perros guardianes, que allí había, lo recibieron con mil caricias y demostraciones de afecto y él, se revolcó en la grama del patio, junto con ellos, sintiéndose después de este compartir de afectos, algo mejor.

Amaneció, con el cuerpo y el alma adoloridos y juro no volver a buscar a Isabel y recordando la mala experiencia sentimental, que tuviera con Elsa, que también daba la coincidencia, que era de Huayaocito, se prometió solemnemente, nunca más poner el corazón, en ninguna relación futura, sobre todo, si de chicas, de ese malhadado pueblo se tratara.

Aún no había tomado desayuno y se encontraba en el escritorio, revisando las incidencias de nacimientos, en el hato de ganado vacuno, cuando entró la señora Carmelita, para avisarle, que  un chico de Huayaocito, deseaba hablar con él y sin relacionarlo, con lo que le había sucedido con Isabel, ordenó que lo llevaran a su presencia y esperó. En cuanto tuvo al muchacho delante, este, una vez que comprobó que solo estaban el y Eugenio, extrajo de entre sus ropas, un papelito, con muchos dobleces y se lo entrego, sin decir una sola palabra.

Eugenio cogió el recado y muy intrigado, lo fue desdoblando, hasta que vio una escritura menuda  y  dispareja,  por la que fue enterándose, de algunos pormenores, relacionados con los sucesos de la noche anterior, pero tuvo que releerlo varias veces, para poder enterarse fehacientemente, de su contenido, no solo por lo enrevesado de la escritura, sino por lo increíble, que resultaba  para  él,  todo  lo  que  la  nota  decía,  que  había sucedido, para que no se pudiera concretar, el encuentro de los amantes; la nota en si, estaba redactada más o menos de la siguiente forma:

Amor:

No sabes cuanto siento, lo que te ocurrió anoche, pero resulta, que mi mamá resolvió a última hora, que a la chocita fuera una mudita que criamos, como un miembro más de la casa; me fue imposible avisarte por ningún medio, pero te suplico, me perdones y salgas hoy a las diez de la mañana, al Número Ocho para conversar; te espero mi amor.

                  Isabel.

Despacho al muchacho, con un recado para Isabel, en el que le hacía saber, que sería puntual y también, que la amaba entrañablemente, junto con un sol de propina, que el muchacho recibió gozoso. Todos los dolores materiales y espirituales, habían sido olvidados y renacía en su ser, el deseo de ver  a  su amada Isabel.

Apenas dieron las nueve de la mañana, a Eugenio le fue imposible permanecer en la casa hacienda y a pesar de saber, que Isabel aún no estaría en el lugar de la cita, fue hacia allí, en donde permaneció sentado en la piedra, desde donde prendió la mirada, en dirección a Huayaocito, con la esperanza que Isabel, lo pudiera ver y se apresurara.

Fue una espera interminable, durante la cual, Eugenio entro en desesperación y en varias ocasiones, estuvo tentado de  ir  hasta la casa de Isabel y llamarla abiertamente, sin tener en cuanta, la existencia de los miembros de su familia; sentía una rabia incontenible, contra todos los que pudieran oponerse a que se amaran y estaba decidido a todo, para poder amarla y ser amado, sin la menor interferencia; de ser necesario, hasta se casaría con ella.

Así paso mucho tiempo, sobresaltándose, en cuanto veía algún movimiento en el pueblito, hasta que de pronto, dio un brinco, a consecuencia del tremendo susto que le dio, al sentir una mano posada en su hombro y al dar vuelta, vio a Isabel, en compañía de su hermana Adela, sonrientes, que sin saber como, estaban a su lado.

Sin poderse contener y sin importarle la presencia de Adela, Eugenio se levanto e hizo el primer movimiento, como para tomarla en sus brazos y llenarla de besos, pero basto que Isabel frunciera el
ceño e hiciera un movimiento casi  imperceptible con la cabeza, en señal de negación, para que el joven se detuviera, pero ya todo había sido comprendido por ella y así, estaría plenamente convencida, de la intensidad con  la  que  era amada. Como para restablecer la normalidad en la escena, Isabel dijo:

  -¿Me esperaste mucho tiempo?

Y a continuación explicó:

  -Mi mamá nos envió a Chicches temprano y de allí venimos.

Todo estaba explicado, referente a la súbita aparición, de las hermanas, justamente al lado de Eugenio, pues al haber llegado por el camino que venía de Chicches, que estaba ubicado precisamente, a espaldas de donde se encontraba Eugenio, este no había tenido ocasión de verlas, sobre todo, al estar tan embebido, en lo que ocurría en Huayaocito.

Pero ya nada importaba, pues Eugenio, se encontraba encandilado, bajo el embrujo, de los verdes ojos de su amada Isabel, sediento de beber el néctar de su boca y tocar su cuerpo, de cimbreante cintura y ser acariciado por sus manos, manos que debían llevar al éxtasis, al ser tocado por ellas; pero fue Adela, la que saco de su abstracción a nuestro joven amigo y a continuación, formaron un triunviro de intercambio de palabras y juegos; ya con piedrecillas o bien sea con frijolitos, que Adela, se encargaba, de ir a coger a las chacras que los rodeaban; mientras tanto, Eugenio aprovechaba la oportunidad, de encontrarse a solas con Isabel, para  poder  así demostrarle cuanto la amaba, la besaba y abrazaba; caricias que eran correspondidas con creces, debido a lo cual, en cuanto Adela regresaba, tenia que hacerse la disimulada, porque era evidente por el subido color de sus caras y la ofuscación, en la que los encontraba,  que  había,  estado  intercambiando caricias.

Entre caricias y arrumacos, Isabel le contó a Eugenio, lo que él no sabía de la historia, de lo sucedido la noche anterior, pues resultaba, que la soncita, a la que enviaran a cuidar las ovejas esa noche, al escuchar, el alud de piedras arrojadas por Eugenio y sobre todo, al ver salir despedidos por los aires a los perros, que tratando de morder al intruso, eran rechazados, bien sea con un palo, que Eugenio había llevado consigo o de una feroz patada, creyó que todo no podía ser, sino obra de un difunto o el SUPAY (Demonio), razón por la cual, dijo a su mamá putativa, que nunca más  volvería   a   esa   chocita,   poseída   por  algún espíritu maligno, lo cual hasta cierto punto, favorecería a los amantes, pues desde la noche siguiente, solo Isabel estaría encargada, de pernoctar en ella, pudiendo por esta razón el joven Eugenio, ir a dormir con ella, de ser posible, todas las noches.

Pero conforme iban entrando en confianza, las confidencias fueron presentándose y así fue, como Eugenio se enteró, que Isabel tenía un pasado amoroso, pues hacían tres años, había     unido su vida, a la de un joven chiliano y como fruto de esa convivencia, había tenido una hija, que a la fecha, contaba con tres años de edad.

Eugenio se enteró así también, como el joven marido de Isabel, se fue a Lima y no había regresado, hasta ese día y como el tiempo borra los pesares, ya se había olvidado de él y se dedicaba a criar a su hijita; no obstante, en ese momento, se le presentaba la alternativa, de unirse a un joven como Eugenio, que decía la amaba mucho y al menos, con su modo de ser, lo demostraba, más eso no quería decir, que no estaba  dispuesta,  a  entregar  su  amor,  con  los   ojos  cerrados,  ya  que  los  golpes  que   había recibido, habían dejado huella en su vida y sobre todo, temor a volver a incurrir en los mismos errores y golpearse nuevamente y debido a esto, fue que de pronto, Isabel se  levanto  del  lugar  en  el  que  estaban y muy seria, miro a

Eugenio y le hablo de la siguiente forma:

  -¡Mira Eugenio!; antes de ir más adelante en lo nuestro, tengo que aclararte; como ya te hice saber, tengo una niña de tres años y el hombre que desee cargar conmigo, tiene también que hacerlo con mi hija; además, yo ya no soy una chiquilla, pues acabo de cumplir diecinueve años de edad.

Durante unos momentos, Isabel callo, pero luego, prosiguió hablando así:

  -¡Mira Eugenio!...... en realidad, te estoy muy agradecida, por haberte fijado en mí, pero tú eres el hijo de la hacendada y podrías conseguir mujeres, mejores que yo.

Al llegar a este punto, Isabel callo, como si lo que deseara decir, le costara mucho trabajo para pronunciarlo, hasta que decidida, con una triste sonrisa pintada en su boca, continuo hablando de la siguiente manera:

  -¡Tú y mi hermana, harían una linda parejita!; ella aún es pura, pues nunca a conocido hombre y te podría dar muchas satisfacciones, además, es más instruida que yo, pues ha estudiado, hasta tercero de secundaria en Lima y podría continuar haciéndolo, hasta concluir su secundaria, además, ella misma me ha declarado, que tú le gustas.

En ese momento, Eugenio fue el que la interrumpió, para vehementemente, replicarle de la siguiente manera:

  -¡No Isabel!;  no puede ser, yo te amo a ti; no estoy buscando una mujer, sencillamente, me he enamorado de ti y solo pienso en el momento, en el que pueda demostrártelo; ¡estoy loco por ti!; ¡Te amo, te amo con locura!.

De pronto, empezó a llover copiosamente y vieron como Adela, corría en dirección a la Laguna Hembra, en donde había unas casitas, para refugiarse en ellas, entonces Isabel, tomo de una mano a Eugenio y lo arrastro, como si fueran hacia la casa hacienda, con paso precipitado y mientras corrían, sin soltarse de las manos, le dijo:  

  -¡Vamos a las cuevitas!

Sin replicar nada; Eugenio dócilmente, siguió a Isabel y después de trepar por unas imperceptibles escalerillas, practicadas en la roca viva, seguramente por gente pre-inca, llegaron     a     unas     cuevitas    muy pequeñas, tanto, que casi tuvieron que estar el uno encima de  la  otra,  para   poder  entrar; pero eso era lo que precisamente deseaba Eugenio, logrando percibir el perfume natural, de la mujer del campo a plenitud, con su perfume a hierba y flores y sumergido en ese nuevo mundo, pronto naufrago en el mar de la ternura, rebalsando de ambos jóvenes, los apetitos contenidos, de lo que la naturaleza se vale, para la perpetuación de la especie; pero una vez calmados, arrullándose, se comprometieron a repetir, todo lo que habían hecho, en un lugar más cómodo, como aquella chocita, en la que pasarían muchas noches, a partir de la que se avecinaba. 

Era como si hubieran firmado, un pacto de amor mutuo, tal como si hubieran celebrado, una boda y desde ese momento, se pertenecían recíprocamente, eran una pareja, conformada tal como aquellas, que en el tiempo  del   incanato, por ordenanza del inca, practicaban  el SERVINACUY o matrimonio a prueba, pero con la diferencia, que en el caso de Eugenio e Isabel, este no era de conocimiento, de ninguno de los pariente de ambos contrayentes, en ese instante, solo era de conocimiento de ambos y posiblemente, en una próxima oportunidad, también se enteraría Adela y así, conforme fueran pasando los días, llegarían a enterarse, todo el círculo de la juventud del valle y quizá la noticia llegaría a trascender, más allá de sus linderos, para llegar a conocimiento, de los familiares directos, de los contrayentes simbólicos, algún tiempo después, cuando ese amor que se tenían se desbordara.

De   pronto,  ceso  la  lluvia  y   desenroscándose,   los   jóvenes salieron de esos agujeros y muy pronto estaban sentados, nuevamente sobre las piedras, que señalaban el camino, que saliendo del Número Ocho, llevaba por entre las chacras hasta Chicches.

Todo estaba mojado, incluso las plumas de las avecillas, que después de sacudirse, ensayaban pequeños saltitos, para luego, ir volando cada vez más lejos, hasta recobrar a plenitud, su facultad de vuelo.

Allí los encontró Adela, algo asustados
por el paso que acababan de dar, mirándose, como tratando de adivinar los pensamientos el uno del otro o quizá, en el caso de Isabel, arrepentida de lo que había hecho y pensando en la posibilidad, de tener en germinación, un nuevo ser en sus entrañas.

Adela; en señal de saludo, mirando alternativamente, tanto a uno como a otro, solo preguntó:

  -¿Ya?

Y como respuesta, Isabel dijo:

  -¡Ya!

Eugenio   hizo   como    si   no comprendiera, pero en vista de la conversación que había sostenido previamente con Isabel, penetro con toda inteligencia en lo que significaban esos dos monosílabos, de modo que ya eran tres, los que estaban enterados del nuevo estado de cosas, surgido a raíz del amor, que Eugenio esperaba, fuera eterno.

Pero el trío así formado, no pudo permanecer, por mucho rato en ese lugar, pues Isabel los puso en alerta, ya que Roberto, hermano de ambas, estaba saliendo de la quebrada de Huayaocito y a paso largo

y se dirigía en dirección al grupo.

Este nuevo elemento de la situación, fue suficiente, para que ambas hermanas, con agilidad pasmosa, tomaran el camino que llevaba a Chiches y luego, un poco más abajo, variaban la dirección y a campo traviesa, iban hacia Huayaocito, sin tener que cruzarse con su hermano, llegando hasta el pueblo, aparentemente, como si lo hicieran desde Chicches. Antes de separarse ambos jóvenes, Isabel, mirándolo de una peculiar forma, le dijo:

  -Esta noche, te espero esta noche en la chocita; por favor no faltes.

Y cuando ya estaba como a veinte metros de la piedra, sobre la que continuaba sentado Eugenio, volteo la cara y gritó:

  -¡A las nueve!

Roberto llegó hasta donde estaba Eugenio   y   después   de   saludarlo, le  preguntó,  si es  que  sus  hermanas estaban  en   el molino, con el señor Montero y el muy hipócrita le respondió que no, que no las había visto, lo cual puso sobre aviso al joven, pues al parecer, desde su casa, había visto al trío, mientras permanecieron sobre la piedra, a un costado de la rotonda natural, que conformaba ese lugar, pero no dijo nada, simplemente, continuó conversando con Eugenio, acerca de lo que más le interesaba, pues según  le  declaró, estaba  reuniendo dinero, para viajar a Lima y necesitaba saber, todo lo relacionado a la  vida que allí se llevaba.

Eugenio lo instruyó, con toda buena voluntad, de lo que él sabía al respecto, que en realidad no era mucho, ya que su vida la había pasado únicamente en el Distrito de Miraflores, un balneario de lujo en ese entonces, en donde se llevaba una vida muy distinta, a la que Roberto, en caso de realizar su sueño, que tendría que afrontar las dificultades de la vida, en un pueblo joven en formación, llamado TAHUANTINSUYO.

Durante la conversación sostenida con Roberto, Eugenio se vio tentado en varias oportunidades, de abrazarlo y confiarle todo lo que había sucedido, entre él y su hermana, declarándole, que eran cuñados, un motivo más, como para acercar esa naciente amistad, que había surgido entre ambos, pero el sentido común, lo retuvo a tiempo, pues era seguro, que en vista de la distancia social, que existí entre la familia de Roberto con la de Eugenio, solo se podía esperar, que las intenciones del joven hacendado, estuvieran dirigidas, solamente, hacia la satisfacción de sus necesidades sexuales, pero cuando tuve la oportunidad, de ser depositario, de las confidencias, al respecto, del joven Eugenio, sus palabras textuales, fueron como siguen:

  -¡La amaba!;  y aún amo el recuerdo, de esa Isabel que conocí, pero las circunstancias de  la  vida,  cambian  todas  las  buenas Intenciones, al punto que las acciones mal interpretadas, producen alejamientos, que más tarde, nos duelen en el alma; pero en fin; todo esto, que durante el recorrido del sendero de la vida, que a cada uno de nosotros, que nos toco transitar, nos causa más dolor que placer y axial fue, que eso me sirvió, para templar mi carácter y aprender, todo lo que muy posiblemente, vinimos, predestinados  a acumular en  nuestras  conciencias, espero que Isabel me perdone, si le ocasioné dolor, que yo ya la perdoné, por lo que me toco.  

Volviendo a la historia, que hoy nos ocupa y con ella a nuestro amiguito Eugenio, diremos, que esa noche, en cuanto todos los habitantes de la casa hacienda, se retiraron a sus aposentos, Eugenio se puso la ropa adecuada, como para soportar, el frío serrano del mes de Mayo y decidido a llevarse de encuentro, a todo lo que se opusiera, a la cita de amor, que tenía concertada con Isabel, salió sigilosamente de la casa hacienda, pero en cuanto estuvo lo suficientemente lejos, como para no ser visto por su madre, piso más reciamente, dirigiéndose en derechura, hacia aquella chocita, que sería muda testigo, de una noche llena de pasión amorosa.

Iba decidido a todo y hasta hubiera sido capaz, de liarse a golpes, con todo aquel que hubiera intentado impedir, que llegara a su destino; se sentía poderoso y capaz de lo que fuera necesario, con tal de pasar la primera noche con Isabel y se imaginaba, la dulzura, de esos momentos que lo esperaban.  Ya no tomo tantas precauciones, pues deseaba que todos, especialmente los jóvenes, supieran que esa mujer, estaba comprometida con él y por lo tanto debían respetarla.

Desde lejos, pudo  distinguir  con  toda  nitidez,  la  luz   de   un lamparín de kerosene, que ardía dentro de la chocita, a la que se dirigía y en cuanto se acercó lo suficiente, pudo ver a Isabel, que hilaba mientras lo esperaba. En cuanto Isabel vio a Eugenio, recortado dentro del umbral de la puerta, dejo todo lo  que había  estado  haciendo  y  se arrojó, prácticamente en sus brazos, fundiéndose en un abrazo tan apretado, como si deseara hacer un todo con su amado.

Apagaron el lamparín y valiéndose del reflejo, de la  brillante luz de las estrellas, que esa noche, generosamente les prodigaba, fueron desprendiéndose de su prendas de vestir y luego de contemplar sus  cuerpos  desnudos,  por   un largo espacio de tiempo, abrazados,    intercambiando   elcalor propio de sus cuerpos, se metieron dentro de la humilde cama, que los aguardaba y compartiendo mimos y caricias, al cabo de gran actividad amorosa, cayeron rendidos, durmiendo muy apretados, una en los brazos del otro, unidos en cuerpo y alma.

Eugenio solo pudo dormir, durante breves momentos, los que necesitaba para recuperarse y volver con más ímpetu, a entregar generosamente, su energía amorosa, hasta que le sorprendiera, el menudeo cantar de los gallos, que anunciaban la llegada de la aurora; cansado, pero aún hambriento, del afecto de su amada, dentro de la cual, deseaba morir, si fuera posible.

Cuando Eugenio se disponía, a abandonar la chocita, Isabel saltó de la cama y cubriéndose el cuerpo con su reboso, no por pudor, sino debido, al mordiente frío matutino, de los amaneceres, del mes de Mayo de Sierra del Perú, abrazó a Eugenio y mordisqueándole la oreja le dijo:

  -¡Esta noche mi amor!; esta noche te espero.

Eugenio, caminaba como un sonámbulo, cansado pero feliz; saciado de ternuras como nunca antes y  se dijo para si mismo:

 -¡Que suerte tengo!; he  encontrado  a
la  mujer  de  mis  sueños y en cuanto pueda reunir algún dinero, le edificaré una casita,  para irme a vivir con ella.

Desde la primera oportunidad, en la que Eugenio tuvo un encuentro con Isabel, no se olvido de usar preservativo; no obstante, cuando fueron pasando los días de felicidad, en esa chocita, su nidito de amor, se descuidaron en algunas oportunidades y como ya es sabido, que “tanto va el cántaro al agua hasta que pierde un asa”, sucedió lo que tenía que suceder, e Isabel, comenzó a presentar síntomas inequívocos, de hallarse en estado de gestación; si, estaba esperando un niño de Eugenio.

Hicieron muchos planes, en los que estaban incluidos ellos dos y aquel  pequeño fruto de su amor, que llegado el término natural llegaría,  pero todos eran imposible de realizar, debido a las diferencias sociales, que existía entre sus familias y más que todo, porque Eugenio no poseía, dinero suficiente en ese momento y sobre todo, aún no estaba enteramente cuajado como hombre. Tenía miedo, miedo a la responsabilidad de ser padre, sin tener una base económica sólida, la verdad era, que aún era hijo de mamá.

Finalmente, decidieron eludir toda responsabilidad y deshacerse del pequeño ser, que con su llegada a este mundo, ensombrecía sus vidas, por tal razón, Eugenio viajó a Chilia, en busca de algún medicamento, que solucionara su problema, en donde era más probable, encontrar un abortivo. En cuanto Eugenio llegó a Chilia, fue asediado por jóvenes como el y aún no tan jóvenes, que se dedicaban a beber licor, sin tener una idea muy clara de la vida; fue así  arrastrado, a una cantina,  en  donde  entre  risas   y   chacotas,   pasaron  algunas horas, libando licores y contando anécdotas muy graciosas algunas.

Entre este grupo de bebedores, había un joven de temperamento taciturno, que se interesó mucho por Eugenio y cuando llego el momento aquel, en el que los bebedores forman pequeños grupos, para franquearse sus sentimientos, este joven llevo a parte a Eugenio y después de darse a conocer, como hijo de un antiguo empleado, de la madre de Eugenio, de pronto, parado frente a él, con un vaso en la mano, lo apostrofo de la siguiente manera:

  -¿Así que usted es aquel, que llaman el niño Eugenio?

Muy sorprendido Eugenio, presto más atención, al joven que tenía delante y no sabiendo que contestar, solamente hizo un movimiento de cabeza, en señal de afirmación y titubeante, más que todo por los vapores alcohólicos, que lo abotagaban, prosiguió mirándolo sin proferir palabra, fue entonces, que el referido joven, prosiguió hablando de la siguiente manera:

  -¿Así que tú eres el pendejito, que aprovechándose, en su condición de hijo, de la hacendada de Bambas, trata de quitarle la mujer a mi hermano?

Este  modo   de  expresarse   tan vulgar y ofensivo, primero sorprendió a Eugenio y luego  lo encolerizo, pero debido a su estado de alcoholismo, en el que se encontraba, fue que no pudo replicar, como  era  debido  al  insolente;  no   obstante,   los   presentes,  dejaron sus asuntos y acercándose, se dispusieron a prestar atención a lo que estaba sucediendo entre Eugenio y el joven Jeremías,  que  era  como  se  llamaba  aquel  sujeto,  pero   este sumamente acalorado y ofuscado en grado extremo, levanto el vaso casi vacío que tenía en la mano y estrellándolo en el piso, como para darle más énfasis a lo que iba a decir y grito:

  -¿No sabes acaso que en esta plaza de armas, mataron al pendejo de tú tío?; ¡a ti te puede suceder otro tanto niñito Eugenio!

Todos los presentes, acudieron presurosos y cogieron por los brazos al iracundo joven, para evitar una reyerta, que inevitablemente se iniciaría, si no actuaban de ese modo; mientras tanto, Eugenio ya encolerizado al extremo, gritaba que lo suelten, para ver si era tan contundente con los puños como lo era con la boca.

De pronto hizo aparición en escena un señor de mediana edad y porte militar, al que todos saludaron respetuosamente dándole el título de Teniente Gobernador; iba acompañado por cuatro mocetones de aspecto fornido, que en menos de lo que canta un gallo, cogieron a Jeremías y casi en vilo, lo sacaron de la cantina, como si fuera un pelele.

El   Teniente    Gobernador    se acercó a Eugenio y le pidió disculpas en nombre de la población, aduciendo que el joven Jeremías, no tenía costumbre de beber, razón por la cual había actuado de esa forma y para finalizar, antes de marcharse dijo:
 
-Discúlpelo  joven Eugenio; en este caso solo actúa el alcohol, seguramente a su tiempo le dará las satisfacciones de rigor. No deseando permanecer Eugenio, por más tiempo en ese pueblo, desecho todos los ofrecimientos  de  hospedaje,  que  le  hacían, sus eventuales amistades de juerga y tomando su caballo, que felizmente, no había consentido que lo desensillen, monto en el y a galope se dirigió a la salida.

Al llegar a la salido del pueblo, tomo el camino que llevaba a Bambas y en donde justamente, se encontraba la tienda de un amigo de su madre, el caballo del joven trompico y falto muy poco, para que Eugenio diera con su humanidad en tierra; atraído por el ruido de los cascos del caballo, al resbalar sobre el empedrado, salió don Virgilio, dueño del almacén y hotel, que allí había y reconociendo al hijo de su amiga, hizo que se apease y haciendo que sus empleados conduzcan el caballo al establo, él se encargo del joven Eugenio, que como consecuencia  del  licor  ingerido  y  el colerón que había tenido, se encontraba en pésimas condiciones, corriendo peligro, de caerse en el camino, en caso de continuar adelante.

Un poco antes del amanecer, Eugenio abrió los ojos y totalmente desorientado, por no saber en donde se encontraba,  comenzó  a  llamar  a  voces,  siendo  atendido   de   inmediato por don Virgilio, que le dio a beber café bien cargado y estuvo conversando con él, hasta que aclaro el día mientras tanto, su esposa le preparo un suculento caldo de gallina, con una generosa porción de huevos pasados, que repusieron del esplín de la borrachera, al joven Eugenio, el que una vez concluido este reconfortante desayuno, monto a caballo y después de agradecer a don Virgilio y su esposa, por todos los servicios recibidos, emprendió el regreso a Bambas.

El viaje de Eugenio a Chilia, no había sido del todo infructuoso, pues si es cierto, que no encontró el abortivo que había ido a buscar, en cambio,  recapacitó  al  respecto,  viendo  claramente que lo que trataban de hacer, era un crimen y cuando estuvo frente a Isabel, le hizo comprender todo esto y ambos, se decidieron a esperar la llegada de su vástago.

Paralelamente   a   todo   lo  que hemos venido narrando, se desencadenaron, algunos acontecimientos, dignos de ser expuestos, pero en el campo deportivo, pues como ya había hecho notar, a pesar de la distancia, a la que se encontraba de la Costa la Provincia de Pataz, también  se  practicaba  el deporte del fútbol y aunque lo hacían carentes de técnica, al fin y al cabo, la juventud pasaba las tardes domingueras, en ese sano esparcimiento.

Una tarde, en la que Eugenio regresaba del molino a la casa hacienda; vio, que en el escritorio habían unas personas desconocidas por él y al ingresar, su madre le presento a un señor de edad madura y a un joven un poco menor que él; se trataba del señor Adolfito y su hijo Javier, que siendo emparentados con la señora María, la hacendada de Bambas, estaban de visita.

Este señor, era esposo de una prima de la mamá de Eugenio y de allí venía el parentesco; vivía con su esposa e hijo, en su propiedad llamada La Esperanza, la que cuando recorrimos los caminos, tuvimos oportunidad de visitar.

Los visitantes, quedaron invitados, a participar del  almuerzo y una vez que este hubo concluido, Eugenio y Javier, fueron hasta el escritorio, mientras los mayores hacían la sobremesa, en donde Javier tomo una guitarra, que se encontraba encima de un mueble y pulsándola, trato de interpretar una tonada, pero en forma por demás desacompasada y luego, ofreciéndole el instrumento a su primo Eugenio le dijo:
    -¿Sabes tocar?

Eugenio sin decir nada, tomo la guitarra y trato de sacarle algunos tonos, procediendo en la misma forma, en la que había visto hacer a su primo, obteniendo idénticos resultados, razón por la cual, prefirió dejarla en el mismo lugar, en el que la habían encontrado y continuaron hablando de otros asuntos, entre los que llegaron a tocar, el relacionado al fútbol y fue así, como se inició el desarrollo del siguiente diálogo, que comenzó con esta pregunta:

  -¿Y tú jugabas fútbol en Lima?

  -¡Si!; en el colegio y también en mi barrio; ¿Por qué la pregunta?

  -¡Haaa!; es que en la Pampa de los Muertos, todos los Domingos se llevan  a   cabo,   encuentros   futbolísticos,  entre  los representativos  de  Chicches y Huayaocito; yo juego por Chicches; ¿podrías jugar por nosotros este domingo?.

CAPITULO  V  

AMOR Y DEPORTES

Como ya hemos apuntado con anterioridad, el deporte del fútbol había sido el débil de Eugenio y se le presentaba la oportunidad, de continuar practicando su deporte favorito, razón por la cual, Eugenio no tardo ni un segundo en aceptar la invitación y fue por eso que al día siguiente, que era Domingo, Eugenio premunido de un par de zapatillas, que había llevado consigo desde Lima, se presentó en la Pampa de los Muertos, dispuesto a demostrar lo que sabía, mejor que lo que había hecho en las lamas de Retamas, pues ya hacía  más  de    dos    meses que  estaba  en  la Sierra y por lo       tanto,       el       proceso de   aclimatación    estaba    casi concluido.

Eugenio, en compañía de Javier y el cuñado de este, de nombre Cesar Cuba, administrador de la hacienda Bambas, que también practicaba este deporte, llegaron caminando, desde la casa hacienda, que estaba un kilómetro más abajo, de la Pampa de los muertos. Allí encontrando gran algarabía, pues se había corrido la voz, que el hijo de la señora María, muy hábil en la práctica del fútbol, había llegado de la Costa.

Este título era suficiente, como para llenar de espectadores los espacios existentes, alrededor de la Pampa de los Muertos, para tener el privilegio de ver jugar al niño Eugenio  A un costado de este campo, había un conjunto musical andino, conformado por dos hombres, que cargando sendos bombos, lo aporreaban, al mismo tiempo y acompasadamente, tañían sus flautas, de las cuales,  arrancaban notas musicales penta-fónicas, extremadamente tristes, a pesar de lo cual, daban un tinte de animación a la tarde.

El ambiente de colorido, típicamente andino y los aires de esa música tan triste que encogió el corazón de Eugenio,  hasta  hacerlo sentir, como si reminiscencias de un pasado, lleno de melancolía, acudiera a su mente, pero  en  forma  por  demás  brumosa e indefinible, que   lo  sumió  en  un  estado de     inexplicable    tristeza;   no obstante supo sobreponerse y haciendo imponer la alegría propia de su juventud, desecho toda  esa influencia, para concentrarse en lo que había ido ha hacer allí; jugar futbol y divertirse y sobre todo, demostrar su habilidad..

Casi toda la concurrencia, estaba compuesta por jóvenes, que separados por sexos, se comportaban, de acuerdo al papel, que la sociedad de entonces les señalaba; las mujeres cuchicheando y mirando desde abajo hacia arriba y muchas de ellas, arrebozadas, dejaban ver únicamente los ojos, ya que hasta la cabeza la tenían cubierta, con sendos sombreros, bien sea de palma o de lana burda, de acuerdo a la situación económica, de sus padres; en cambio los varones, conversaban por grupos, sin gritar, pero gesticulando aspaventosamente; y  al percatarse, de la llegada del trío, compuesto por don Cesar, Eugenio y Javier, se reunieron en un grupo compacto y de ese modo, marcharon al encuentro de nuestros amigos. Una vez que estuvieron frente al trío, procedieron a saludarlos, pronunciando sus nombres.
  -¡Buenas tardes don Cesar!; ¡buenas tardes niño Eugenio!; ¡buenas tardes don Javierito!

Ninguno  de  los  que  fueron  desfilando,  delante  del  grupo, pasándole un brazo por la espalda, a medida que recitaban su saludo, se presentaron, de modo  que  Eugenio,  que  nunca  los había visto, solo pudo enterarse de sus nombres, con el correr del tiempo, cuando la situación lo permitió,  aunque  para  decir verdad, el nombre de muchos de ellos, jamás llego a saberlo.

Además de la juventud de ambos sexos, había también algunas mujeres maduras,  que  vendían chicha de aloja

y pan, así como plátanos, siendo esos lugares, muy frecuentados por los jóvenes futbolistas, especialmente al medio tiempo del encuentro, revestía, gran expectativa de ventas.

Ese día, Eugenio sufrió la peor desilusión de su vida, debido a que su  rendimiento,  fue  muy pobre, al extremo, que casi no pudo tocar la pelota, pues desde el suelo, en donde permaneció casi todo el tiempo, la veía pasar, sin poder tocarla y todo esto sucedía, por la sencilla razón, que teniendo el campo una tupida alfombra de grama y siendo el clima favorable, a mantener la humedad en esas condiciones, las zapatillas que Eugenio había llevado, para  jugar con ellas, tenían las plantas de goma y no le podían dar el sustento necesario, como para realizar bruscos virajes, sin resbalar y dar con su humanidad sobre la grama.

En cuanto Eugenio se movía, tratando de coger el balón, daba la impresión, de un novato, patinador sobre hielo, que temeroso, solo atinaba a estirar los brazos, para luego caer aparatosamente, situación que fue aprovechada, por los serranitos de Huayaocito, que lo buscaban por todo el campo, para lucirse a sus costas, causando gran hilaridad; esta situación a los espectadores y no faltaron los comentarios, que traslucían su opinión al respecto, diciendo:

  -¡Este niño Eugenio no juega nada!; Alonso, el hijo de la profesora de Huayaocito, lo hace mejor.

Los compañeros de equipo de Eugenio,  también  sufrieron  una gran desilusión, pues estaban seguros, que con el concurso de una estrella, como habían dado en llamar a Eugenio, podrían vencer al equipo de Huayaocito, por una gran goleada y los resultados, eran muy diferentes, a como se los habían imaginado, pues no solo Eugenio los defraudó, sino que los Huayaocinos, jugaron tan bien esa tarde, que se dieron el lujo, de golear a sus rivales.

En cuanto estuvieron de regreso en la casa hacienda, don Cesar preguntó a Eugenio, cual había sido la causa de tan baja performance, siendo esa la ocasión, para que el joven le hiciera saber,  todo  al  respecto; entonces don Cesar, tratando de alentarlo, le dijo:

  -No se preocupe don Eugenio; mañana solucionaremos todo ese percance, con unos cuantos clavos de bomba solamente, que colocados en sus zapatos de diario y el Domingo, podrá desenvolverse dentro del campo, tal como lo hacía en Lima.

Una vez que don Cesar, colocó los clavos mencionados, a los zapatos de Eugenio, para probar los arreglos hechos, fueron con él, a uno de los consejos de la casa hacienda y con una pelota, este mostró a don Cesar, las maravillas que podía realizar, siempre y cuando, el piso sea firme, quedando don Cesar, impresionado favorablemente, pero recomendó al joven Eugenio, que guardara en secreto, los resultados obtenidos, con los clavos de bomba, para así poder dar, una gran sorpresa, el siguiente Domingo. Llegó el domingo y Javier, ya enterado por boca de don Cesar su cuñado, de los resultados obtenidos, con unos cuantos clavos de bomba, frotándose las manos de contento, dijo:

  -¡Ahora si que haremos debocar su m…, a esos cholos Huayaocinos!

Esa tarde de domingo, Eugenio no se sentía con mucha fortaleza, debido a que había pasado la noche con Isabel, pero pensó, que para los contendores que tendrían, no valía la pena, estar en óptimas condiciones físicas En cuanto Eugenio llegó al campo deportivo, sus compañeros de equipo, enterados de las razones, por las que este no había podido rendir en el campo, el domingo anterior y sobre todo, la solución que se había dado al problema, fueron en masa a felicitarlo por adelantado y contentos, salieron a afrontar su compromiso.

Ese domingo; el desempeño de Eugenio en el campo, no colmó las expectativas, pues si es cierto, que su rendimiento fue superior, al del domingo anterior, en cambio, el joven costeño, no brillo a la altura que de lo que de él se esperaba; ¿qué era lo que había sucedido?,  simplemente; que los clavos de bomba, no eran lo suficientemente altos, como para poderse sujetar en el colchón de grama,  que  a  través  de  los   años, se había ido formando, ya que este, nunca había recibido tratamiento cultural, de ninguna clase, no pudiendo por ese motivo, el joven Eugenio, hacer los movimientos bruscos, que eran necesarios, para realizar las magistrales jugadas, que estaba acostumbrado a efectuar, cayendo aparatosamente al suelo, en muchas oportunidades.

Muy desalentado Eugenio, dejo de asistir,  a  las  tardes  de  los Domingos, a pesar de las palabras de aliento de don Cesar, que insistía una y otra vez, tratando de  animar  al  joven, como para que dejara su ostracismo y los acompañara al juego de la pelota, hasta que los comentarios al respecto,  llegaron a oídos de la señora María, a raíz de las falsas performance de su hijo y decidida a apoyarlo, envió por un par de zapatos de fútbol, del cuarenta y tres, a Trujillo, talla que era desconocida, por los comerciantes de la zona, pero eso si, guardando mucho, que la noticia no trascendiera, al exterior de la casa hacienda, inclusive, la señora María, tuvo el cuidado necesario, para que ni su hijo Eugenio, tuviera conocimiento del hecho.

Era un día miércoles, cuando regresó el arriero, que había llevado a Retamas, la remesa de quesos, que todas las semanas enviaba la señora María, para que don Segundo, la transportara hasta Trujillo, trayendo dentro del paquete, que venía de regreso de Trujillo, un par de zapatos de fútbol, del número cuarenta y tres, pedidos por la señora María, la que llamo a su hijo y ante su asombro, abrió la caja, haciéndole entrega de ese obsequio. Eugenio cayó en brazos de su madre, pues no tenía otra forma de agradecerle, el darle la oportunidad, de reivindicarse, ante sus compañeros de equipo y tapar las bocas, de los burlones muchachos de Huayaocito, no perdiendo a continuación, ni un instante, para ir hasta la casa de don Cesar y hacerlo partícipe de la novedad.

El día Domingo; Javier, llego en la mañana con sus padres, pues la señora María, los había invitado al almuerzo y cuando vio los zapatos, que usaría esa tarde su primo Eugenio, dio varios volantines en el aire, de  contento  y  no  ceso  de  hablar durante todo el tiempo, de la paliza, que le darían esa vez a los muchachos de Huayaocito.

Se había corrido la voz, que Eugenio, nuevamente asistiría, al juego de fútbol de ese Domingo, con unos zapatos arreglados, con clavos de bomba, súper cabezones, pero ya nadie creía en las noticias, que en la primera ocasión, hicieron circular de Eugenio, calificándolo como un gran jugador de fútbol; por lo cual, los muchachos de Huayaocito, enviaron por el hijo de la profesora de Huayaocito, hasta Tayabamba, para que desenmascare definitivamente, al joven petulante y mentiroso, dejándolo en ridículo.

Ese domingo, asistió  al  campo campo  de  fútbol, más gente de lo acostumbrado y hasta los alumnos, tanto de la escuela de Huayaocito, como los de la de Chicches, con sus respectivas profesoras, se hicieron presentes y comenzaron una verdadera batalla verbal, gritando a todo pulmón; los de Chicches diciendo:

  -“A la vio y a la va, Chicches ganara”

Mientras que los de Huayaocito respondían:

  -“ICA, ICA, ICA, Chicches tiene pica”

Todas estas maquinitas, repetidas hasta el cansancio, eran seguidas con silbatinas y pitos de parte de la otra barra y hasta llegó la ocasión, que algunas personas mayores intervenían. solamente don Cesar y Javier, el primo de Eugenio, creían en el; los otros, solo aceptaron que forme en el equipo, por tratarse del hijo de doña María y ser exigidos por don Cesar y Javier, que eran los que mandaban dentro del equipo, pero en realidad, pensaban que Eugenio era todo un fraude. 

Por el deseo de hacer las cosas bien, Eugenio no había ido, tres días seguidos, a ver a su amada Isabel y hasta se había dedicado, a practicar con unas pelota, solo y encerrado en un cuarto sin muebles, para de ese modo, recuperar su dominio de pelota, que por su inactividad, había perdido parcialmente, de modo que, llegando el día Domingo, Eugenio sentíase invadido, por un vigor y confianza desacostumbrados.

Los muchachos de Huayaocito, decididos, a darle una buena lección a los chicos de Chicches, incluyendo a su niño Eugenio, no solo habían llevado a Alonso, el hijo de la profesora, sino también al yerno de la señora Rafaela, llamado Carlos Espinosa, que trabajaba en La Paccha, que estaría encargado, de controlar al niño Eugenio, dado que se trataba, de un colosal defensa, que había jugado no solo en La Paccha, sino también en Tayabamba y hasta en Huamachuco.  

Pero no habían contado, con la pericia sin igual, que poseía Eugenio, que desde que se dio inicio al encuentro, se desenvolvió dentro del campo, como jamás antes, ninguno de los que asistían a ese encuentro, habían visto e inclusive, se puede decir, que ni siquiera imaginaban, que un hombre pudiera manejar la pelota, como lo hacía Eugenio.

Pero eso no era todo, pues también poseía, una potencia de shot inimaginable, acompañada con una puntería, que más parecía, que colocaba la pelota con la mano, en el lugar al cual la había dirigido, de modo que, mientras iban en pos del joven,  tratando de despojarlo del balón, este, mediante algunos movimientos de cuerpo los eludía y desde una distancia muy considerable, disparaba al arco, convirtiendo, la mayor parte de veces  el gol. Llego un momento, en el que la magia del juego de Eugenio, encandiló a los presentes, a tal grado, que hasta los grandes y pequeños de Huayaocito, comenzaron a aplaudir, a cada genialidad del joven Eugenio; ya nadie dudaba de su capacidad y más bien comenzaron ha hacer planes, para formar un equipo, que saliera a los distritos a jugar fútbol y ganara, mostrándoles de paso, que en el valle del Apushallas, se jugaba buen fútbol.

Era una verdadera fiesta deportiva, en la cual se vio, no solo la calidad de Eugenio, sino la de Alonso y Carlos, que duplicaron esfuerzos y dieron todo de si, elevando la calidad del espectáculo, como jamás se había visto por allí, quedando impresa en el recuerdo de muchos de los asistentes, algunas jugadas; especialmente una, que se dio durante uno de los primeros encuentros, entre Alonso y Eugenio, en la que Alonso llego frente a Eugenio, dominando la pelota e intento pasarla por sobre su cabeza, pero según declaro un tiempo después Eugenio, esa jugada ya  la sabía y también sabía la contra, que consistía, en sin dar vuelta, regresar la pelota con el taco y eso fue lo que precisamente hizo, dejando en desaire al joven Alonso, que hidalgamente felicito a Eugenio, cuando la contienda terminó

Al final, Chicches se impuso por cuatro goles a uno, pero esa diferencia, había pasado a segundo plano, pues ya se pensaba en ir a jugar a otros lugares y todos se felicitaban por       haber            asistido      a  un  encuentro  de  fútbol    tan memorable, en el que se había dejado de  jugar  al  choque  y  patadón,  para  emplear  la táctica y la limpieza en el juego; pero también hay que nombrar, al señor Cesar, que se convirtió, en el proveedor de pelotas del joven Eugenio, propiciando de ese modo, el triunfo del equipo.

Todos los Domingos; Eugenio comenzó a ir al campo, a jugar fútbol, sin que esta práctica deportiva, interfiera en sus diarias visitas, que hacía a Isabel, con la que dormía todas las noches; pero de pronto, un día llegó la noticia, que con motivo de la fiesta patronal de Chilia, el marido de Isabel y padre de su pequeña hija, había regresado de Lima, con serias intenciones, de reconciliarse con ella, casarse y llevar, a su mujer y a su hija a Lima, en donde pensaba radicar definitivamente.

Sin  querer  interferir,   en   esa   nuevo estado de cosas que se presentaba, Eugenio fue a ver a Isabel y le hizo saber, que el esperaría su decisión; que recibiera al padre de su hija y le hiciera saber la situación en la que se encontraba, sobre todo, su estado, por encontrarse esperando un hijo y a continuación hablo con su madre al respecto, para que si fuera necesario, recoger a esa criatura, que estaba por llegar a este mundo.

Eugenio dejo de frecuentar a Isabel y cuando habían pasado tres días de esto, se enteró, que el ex marido había llegado a Huayaocito y que la madre de Isabel, lo había alojado en su casa.

Esa misma noche, cuando los relojes de la hacienda, marcaban las siete de la tarde, uno de los pongos del servicio de la casa hacienda, llamó muy discretamente a Eugenio, procurando que sus acompañantes no se percataran, pues que en ese momento se encontraba en el escritorio y en cuanto estuvo seguro, que solo él lo escuchaba, le dijo:

  -¡Niño Eugenio!; la señorita Isabel esta en el camino y dice que  salga usted.

Eugenio; una vez que se aseguro, que nadie se había percatado de lo que sucedía, sigilosamente salió de la casa y en cuanto llego a la tranca, por donde se ingresaba al callejón, que daba acceso a la portada de la casa hacienda, encontró arrinconada, contra unas de las murallas, a Isabel, que en cuanto lo vio, corrió hacia él y arrojándose a sus brazos le dijo:
 
  -¡Te necesito Eugenio!; no me abandones, hazlo por nuestro hijo, ¡no me desampares!

Abrazada a Eugenio sollozaba, llorando a  mares y después de un buen rato, se calmo y pudo así narrarle a su amante, todo lo que había sucedido en su casa y de ese modo, Eugenio se entero, que su ex marido, había sido recibido por la madre de Isabel, que apoyaba una reconciliación y cuando Isabel le hizo saber, que no podía recibirlo, porque estaba esperando un hijo de Eugenio, simplemente le contestó:

  -¡Y que!; ¿acaso él lo sabe?; la mujer tiene  muchos   recursos   y   los   hijos también nacen sietemesinos.

La presión llegó a ser tan grande, que ella tomo la determinación, de ir a buscar a Eugenio y era esa la razón, por la que le pedía apoyo y para hacer comprender con más claridad a su amado, cual era su determinación, dijo:

  -¡No Eugenio!; yo no deseo volver con ese hombre: ¡te amo a ti;  piensa que en mis entrañas tengo un hijo tuyo!; ahora depende de ti, ampararnos o portarte como un canalla.

Eugenio se encontraba en graves apuros; no tenía a donde llevarla y tenía que guardar las apariencias con su madre y con todo el entorno social del lugar; pero de pronto, una luz se encendió en su cerebro.

Recordó aquel lugar, en el que acostumbraban verse con Elsa y hacia allí la llevo; el lugar se encontraba lleno de hierbas, pero con sus manos, logro restablecer la gruta vegetal y allí quedo Isabel; luego regresó, llevando dos frazadas y algo para que coma y en cuanto todos estuvieron dormidos en la casa hacienda, fue para hacerle compañía unos momentos.

Eugenio pensó, que el lugar aquel en el que estaban, no era nada seguro y así recordó, que en el corral llamado de La Contadera, que se encontraba como a diez minutos de allí, habían camas y todas las comodidades, como para pasar, no solo una noche, sino muchas; a continuación fue hasta el pesebre y cogiendo un buen caballo lo ensillo y después de poner una alforja con alimentos, velas y fósforos, salió sigilosamente de la casa hacienda, llevando el caballo por la brida, hasta el camino, en donde lo dejo amarrado, para a continuación ir por Isabel.

Montados  ambos,  viajaron  sin novedad y después de realizar algunos arreglos, se acostaron como marido y mujer, convirtiendo lo que había comenzado siendo un infierno, en la gloria de su amor. El corral de La Contadera, era un potrero de pastos naturales, en donde en algunas oportunidades, se habían levado a cabo la  contada   del   ganado;   ferrando los    terneros     y     terneras     erales y   proporcionándoles   sal,  al   mismo tiempo, que se curaba, a todos los animales que lo necesitaban; allí había una casa de tapial con dos cuartos en la planta baja y uno en el segundo piso, era un lugar muy seguro para ellos, pues allí, solo iban una vez por año a lo sumo y esa, no era precisamente la época del año, en la cual se hacían esas contadas.

En la casita de La Contadera, no había grandes comodidades, pero las suplieron con amor, siendo suficiente las tarimas, una mesa, dos sillas y una lamparita de kerosene, que encontraron allí, provista de suficientemente de combustible.

Esa noche, la pasaron divinamente, los dos solos, como si fueran recién casados, durmieron abrazados, hasta muy cerca del amanecer y luego, se dedicaron ha hacer planes descabellados, dejando galopar su imaginación, que a pesar de tener la certeza, que no los podrían cumplir, no les interesaba en absoluto, pues solamente deseaban soñar y eso no les costaba nada, en cambio los hacía felices, olvidándose de todo lo que no fuera ellos dos y los momentos tan llenos de dulzura, que estaban pasando.

Todo ese día, pudieron pasarlo juntos, pues Eugenio, había dejado encargado a los pongos, para que le dijeran a su madre, que había salido muy temprano al Temple, llevando fiambre, para pasar todo el día.

Llovió todo el día, desde el amanecer  y solo escampo, como a las cuatro de la tarde, pero eso no tenía para ellos ninguna importancia, pues se tenían para protegerse mutuamente; el mundo exterior ya no les pertenecía, viviendo en función solamente, a lo que los rodeaba, dentro de esas cuatro paredes; se  amaban,  dormían  para  despertar  y   volver   a   dormirse   muy juntos, pasando horas con las bocas pegadas, una a la otra, viviendo solo para amarse.

Cuando la lluvia amaino, Eugenio tomo su caballo y se dirigió a la casa hacienda lo más raudo posible, dejando a Isabel con la promesa, que regresaría esa noche y en cuanto llego a la hacienda, se presentó a su madre, diciéndole que había madrugado, para  ver los trabajos de destronque, que estaba haciendo, con el fin de habilitar nuevas chacras, ya que ella misma lo había facultado, para sembrar en todas las chacras nuevas, que pudiera habilitar.

En esa casita, pasaron tres noches maravillosas con sus días, pues Eugenio solo iba a la casa hacienda, en las tardes y regresaba durante la noche, pues a su madre le decía, que iba muy de madrugada, a controlar la gente, que tenía trabajando en el Temple, aunque pasados esos días de crisis, cuando ya la situación volvió a su cause normal, Eugenio se enteró, por boca de su propia madre, que ella sabia acerca de todos sus movimientos, pero que prudentemente no había dicho nada y para justificar este modo de proceder, agregó:

  -¡Al fin y al cabo eres hombre!; el hombre se sacude y listo.

A los tres días, en los que Eugenio estaba pasando una vida de ensueño, llego la noticia de la partida del ex marido de Isabel, que se despidió para siempre de sus pretensiones, de rehacer su vida junto a su mujer e hija, por lo cual, Eugenio no tuvo ninguna dificultad, en proseguir su vida amorosa con Isabel, con pleno consentimiento de las madre de su amada.

 De esa manera prosiguieron, hasta que nació Víctor, el hijo de ambos; aunque cabe mencionar, que para ese entonces, el señor Montero, el padrastro de Isabel, había fallecido, a consecuencia de un paro cardiaco, dejando nuevamente viuda, a la señora madre de Isabel, Adela, la hermana, estaba en Lima, a donde había viajado, casi inmediatamente, después de haberse realizado, el compromiso amoroso, entre su hermana y Eugenio, de modo que  en  esa   casa,  a  la   que iba  Eugenio   a   voluntad,  solo estaban, además de Isabel y sus hijos  Miriam  y  Víctor recién nacido, su madre y  su hermano Roberto.  

Mientras todas estas cosas sucedían, en la vida sentimental de Eugenio, en su entorno familiar, la vida continuaba adelante y en el deporte, los muchachos de Chiches, se acostumbraron, a doblegar constantemente a los de Huayaocito, llegando a ser esto normal, no obstante, los continuos refuerzos que chicos de Huayaocito realizaban y a pesar de haber recibido, grandes aportes de personal,  con el regreso de algunos muchachos de la Costa, todo a consecuencia, que Eugenio que se constituyó, en un baluarte de Chicches

A consecuencia de estos continuos triunfos deportivos, los muchachos de Chicches, encabezados por don Cesar y Javier, decidieron tentar suerte, invitando a disputar un trofeo, en un partido de fútbol, a los integrantes del representativo de ese deporte, de un pueblito cercano, llamado Arcaypata, para lo cual se les envió un oficio.

El oficio fue contestado, aceptando el desafío y los chicos de Chicches, se dispusieron a recibir a sus invitados. el Domingo siguiente, para lo cual, se hicieron erogaciones, comprometiendo en ellas, a los hacendados y personas notables del lugar, que respondieron generosamente, gracias a lo cual, pudo   organizarse   un  gran  recibimiento,  ofreciéndole  a  los invitados, un opíparo almuerzo de camaradería.

En Arcaypata, se practicaba un fútbol tan arcaico, como el que encontrara Eugenio en Chicches, cuando recién llegó, razón por la cual, fueron fácilmente doblegados, por los muchachos de Chicches, recibiendo una verdadera goleada, de once goles a cero y no fue más contundente el escoré, debido a que Eugenio y   sus   compañeros   de   equipo,  se   dedicaron   a   divertirse, tratando de hacer jugadas de lujo, una vez que aseguraron su triunfo.

A la semana siguiente, los chicos de Arcaypata,  invitaron  a  su  similar  de Chicches, para un encuentro futbolístico de revancha, en su campo deportivo, que dicho sea de paso, era verdaderamente infame. Cuando Eugenio y los otros chicos de Chicches, llegaron al pueblo de Arcaypata, fueron recibidos con Chiroques, que incansables, interpretaban tonadas andinas, además, una profesora con sus alumnos, les dio la bienvenida; pero también pudieron darse cuenta, que los jugadores, que se presentaron a dirimir superioridades con ellos, no todos eran de allí, ya que se habían reforzado, con muchachos llevados de Llampao y hasta de La Paccha; no obstante, cayeron vencidos también en esa oportunidad, por el contundente escoré, de cinco goles a uno.

Quince días después; los muchachos de Llampao, enviaron un oficio, invitando a Chicches a competir con ellos, en un encuentro futbolístico en su campo, oficio que fue aceptado de inmediato, por los muchachos de Chicches.

En esa oportunidad; como era de esperar, Llampao recibió,  una goleada de seis goles a cero, aunque en honor a la verdad, Eugenio no jugo a la altura de sus posibilidades, debido a lo desastroso que se encontraba el campo de juego.

Durante los encuentros, realzados en Arcaypata, como en Llampao, sucedió un caso por demás curioso, pues los habitantes de ambos pueblos, que asistieron como espectadores en las dos oportunidades, se parcializaron con Eugenio,   aplaudiendo   a   rabiar,   en   cada  jugada de lujo, que Eugenio hacía, llegando por esta razón, a ser harto conocido, pudiendo decir sin temor a equivocarse, que prácticamente, se convirtió en un ídolo popular.

A la siguiente semana, los muchachos de Chicches, invitaron a los de Llampao, para que se jugara la revancha, en la Pampa de los Muertos, presentándose, con una delegación numerosa, llenos de entusiasmo; pero cosa curiosa, siguiendo a los de Llampao, vinieron muchos Arcaypatinos, deseosos de espectar el encuentro.

Muchos se preguntaban, la razón de tantas expectativas, por parte de los Arcaypatinos, para espectar el encuentro, entre las escuadras de Chicches y Llampao, sin encontrar explicación, siendo esta muy simple, siempre y cuando se tuviera conocimiento, de lo que ocurría, a nivel deportivo en ese lugar y esto se reducía, a lo que a continuación explico.

Primeramente, tenemos que poner en conocimiento de nuestros lectores, que lo mismo que  ocurría    entre    Chicches y    Huyaocito,    sucedía    entre Llampao y Arcaypata; siendo quizá, la rivalidad entre estos dos últimos pueblos vecinos mencionados,  mucho  más  enconada,  debido  a  que  en  muy pocas oportunidades, uno de esos representativos, había salido victorioso, de las contiendas deportivas, llevadas a cabo y que si se contabilizaban, se tendría que llegar a la conclusión, que había un perfecto empate.

Cuando Arcaypata perdió, por una abultada goleada ante Chicches y se volvió a repetir el plato, aunque con un escoré menos abultado, en el campo de Arcaypata, Llampao, con el objeto de demostrar que era superior a su vecino, oficio a Chicches, invitándolo a ir a su campo, sabiendo que iban a perder, pero  con  la  clara  intención,  de  quedar mejor, de lo que  había quedado Arcaypata y una vez dado el resultado, que según los Arcaypatinos los favorecía, dado que ellos por lo menos habían podido obtener una conquista, en el arco de Chicches; además, Chicches había perforado la valla de Llampao, por seis veces contra cinco goles que Arcaypata recibiera en su casa, quedaba únicamente por ver, por cuantos goles le ganaba Chicches a Llampao, en la Pampa de los Muertos.
Nunca antes, la Pampa de los Muertos, se había colmado de  esa manera, puesto que faltando dos horas, para que se realice el encuentro, muy poco espacio quedaba, los espectadores, invadieron el campo de juego, totalmente.

Esta situación, puso nerviosos, a los más bisoños jugadores de Chicches, al extremo que, Eugenio, don Cesar y Javier, tuvieron que hablarles y por último, darles a tomar una copa de licor, con lo que se entonaron y dejaron de temblar.

Después de un final apoteósico, Chicches, alentado por cientos de garganta los arcaypatinos, apabullo a su rival,  con  un  abultado doce a cero, que los consuetudinarios rivales de Llampao, aplaudieron a rabiar, como triunfo propio, pues mediante este resultado, quedaban, definitivamente encima de Llampao.

Eugenio anotó ocho, de la docena que recibieron los rivales de turno, más que todo, porque la mayor parte del segundo tiempo, tuvo que estar atento, para esquivar, los guadañazos, de los muchachos de Llampao, siendo propicia la tarde, especialmente para Javier, que de un certero taponazo, perforo la valla rival, con un derechazo, ejecutado desde un poco más allá de medio campo, gritando hasta desgañitarse, para festejarlo, pues rara vez, le salía un disparo derecho.

En lo que respecta a don Cesar, por dos veces se hizo presente en el marcador, colocando dos goles de factura indiscutible y digo colocando, por que fueron  goles puestos como con la mano, en un lugar imposible de atajar, para cualquier arquero. Cuando describo el gol de Javier como de gran factura, creo haberme quedado corto, en cuanto al calificativo, dado que cuando este chico pateaba, apuntando a la derecha, indefectiblemente, la pelota se iba a la izquierda y eso sucedía siempre, no obstante ese día, el disparo le salió tan bien colocado a un ángulo del arco y con  tanta  fuerza,  que el arquero solo tuvo opción de mirar, como la bola irremisiblemente, se introducía al arco.

Javier poseía una agilidad y resistencia admirables, de tal modo, que cuando comenzaba el partido, él corría y  corría por todo el campo, en pos de la pelota, encontrándose en todo lugar, en donde se realizaba una jugada y cuando se escuchaba el pito final, Javier aún estaba fresco como una lechuga, cosa admirable, dado la altura a la que se encontraba ese lugar.

En alguna oportunidad, Eugenio refiriéndose a su primo Javier dijo, que de haber recibido este joven un buen entrenamiento, habría podido militar en cualquier equipo profesional de Lima y tal vez, que proezas se le hubiera visto realizar.

Dejando por un momento, todo lo relacionado a las prácticas deportivas de ese entonces, fijaremos nuevamente la atención,  a las relaciones de el joven Eugenio, que continuaba viéndose con Isabel, casi todas las noches, llegando muy de madrugada a su cama, para guardar las apariencias, lo cual dio ocasión a don Cesar,  que  percatándose     de     las    idas y  venidas  de  Eugenio,  un   día dijera:

  -“¡Al parecer, don Eugenio madruga todas las mañanas a su cama!”.

En cierta ocasión, en la que Eugenio preguntara a Isabel, como fue posible, que estando esperando un hijo de él, su ex marido hubiera querido recogerla y casarse con ella,  contestó:

  -Simplemente;  porque jamás estuvo enterado de mi situación y solamente había escuchado, que andábamos enamorados, por lo que me propuso olvidar todo y perdonarme; mi madre y mi hermano Roberto, me aconsejaron aceptar su oferta  y que  lo hiciera responsable de ese hijo, pero yo creí, que eso no estaba bien para ti ni para mi y por último; ni para nuestro hijo, porque el amor que por ti siento, es demasiado grande y puro.

Con esta respuesta, Eugenio se sintió obligado hacia ella, creciendo no solo el amor que por ella sentía, sino también su estima y admiración, pues comprendió la renuncia que había tenido que hacer y teniendo en consideración, que ya  tenía  una hija de aquel hombre y rechazándolo, perdía  un  hogar  bien constituido, en un lugar mejor que Huayaocito como lo era Lima.

En el aspecto familiar, también habían ocurrido cambios, pues los hermanos de Eugenio, viajaron a la Costa, para proseguir estudios, quedándose en la casa hacienda, don Rafael con la mamá de Eugenio, incluyéndolo a él por supuesto.

Durante las noches veraniegas serranas, debido a que Bambas se encontraba a TRES MIL CIENTO VEINTE metros  sobre  el nivel del mar, el frío era congelante durante las noches, debido a lo cual, para pasar las veladas nocturnas, escogieron hacerlo en el escritorio, en donde don Rafael, un hombre muy ingenioso, mando construir una estufa a base de un cilindro vacío y un tubo de tiro, que abrigaba el cuarto, manteniéndolos calientitos, aunque afuera llueva o nieve.

En ese lugar, se reunían los tres y como invitados consuetudinarios, tenían a don Cesar Cuba y a don Mateo Cuadra, pero en algunas ocasiones, los acompañaban, aunque fuera por una o dos horas, don Adolfito, papá de Javier y don Augusto Cuba y su hijo Carlos; pero cuando tenían huéspedes, si jugaba Tresillo o rocambor y estos, eran invitados obligados.

A pesar que Eugenio, no veía con buenos ojos, estas reuniones nocturnas, que contravenían sus planes, para poder ver a Isabel, se veía obligado a asistir a ellas y algunas noches, en las que estas se dilataban demasiado, tenía que realizar algunas acciones, para salir de allí, como perder todo lo que iba ganando o aducir alguna dolencia, más en lugar de ir a su cama, recalaba en la cama de Isabel, yendo obligatoriamente a pie, hasta Huayaocito.

La madre de Eugenio, que ya se había percatado, de todo lo que ocurría entre Eugenio y su amada Isabel,  además  de  lo  del  niño,  que Isabel esperaba, un día, mientras bebían TURCOS (Grogs; un compuesto de agua caliente con limón y una copa de alcohol), considerados la bebida regional, la señora María, llevándose a un rincón a su hijo, le dijo:

  -¡Hijo!; todo hombre que se precie de serlo, en algún momento de su existencia, tendrá que ser padre, de lo cual, no tiene por que avergonzarse y si por algún error cometido, te encuentras en una situación, relacionada con lo que te estoy diciendo, es de hombres afrontarla. ¡Apoya a esa chica hijo!; yo te ayudaré discretamente, en lo que esté a mi alcance.

CAPITULO  VI

ANTAGONISMO

Días después de lo que acabamos de relatar, la señora María y su esposo, decidieron viajar hasta Lima, en donde unas amistades, les habían conseguido una casa, donde pensaban organizar su hogar, con sus hijos que estaban estudiando, quedando de esta manera, únicamente  Eugenio, en la casa hacienda, asistido por un tren de sirvientes y acompañado en algunas oportunidades, por don Cesar, que ya era el administrador oficial, desde hacía algún tiempo.

Las reuniones en el escritorio, amenizadas con “CALIENTITOS”, (Turcos o Grogs) prosiguieron, con la asistencia de don Cesar, don Mateo y Eugenio, pero para Eugenio, dejaron de tener el sentido, que tuvieron esas reuniones, cuando su madre estaba presente; todo fue enfriándose, aunque en honor a la verdad,  don  Mateo  era   tan gracioso, que por momentos, hacía que Eugenio olvide esa melancolía por la falta de su madre, que solo Isabel podía paliar, pero cuando Isabel no estaba, su dolor era casi insoportable, por lo que se dio a la bebida.

Isabel vivía en Huayaocito y Eugenio, que bebía de sus labios y soñaba en sus brazos, paradójicamente, todos los Domingos era el verdugo, de los muchachos de Huayaocito, por ser el gestor, de las grandes derrotas que sufrían, futbolísticamente hablando, en los juegos de este deporte, con los del  equipo  de  Chicches.

Esto   se   debía,  a   que   don   Cesar y  Javier,  el primo de Eugenio, habían inquietado primero a Eugenio, para que juegue por ellos y la palabra empeñada, valía mucho y según este caso, más que el amor.

El antagonismo entre Chicches y Huayaocito, se remontaba a épocas algo distantes, desde que los Huayaocinos, quemaron los santos de su iglesia católica y se entregaron en masa, a bautizarse en la nueva fe, lo que fue muy mal visto por los pocos habitantes de Chicches, apoyados por los propietarios, grandes y pequeños de la zona y cuando en Chicches, organizaron un equipo de Fútbol, los de Huayaocito no queriendo quedarse atrás, organizaron el suyo y desde ese entonces, venían presentando grandes batallas deportivas, que muchas veces, terminaban en batallas campales, hasta que llegaron de regreso, algunos muchachos, que habían ido a la Costa a trabajar o a estudiar y les enseñaron algunas tácticas, del juego del fútbol, quedando desde ese momento  vedado,  el juego artero; pero eso, no puede ser interpretado, como que allí se practicaba un juego técnico y limpio, no, pues en cuanto los jóvenes que habían llegado de la Costa, regresaban a sus trabajos, el estilo de juego volvía a ser sumamente recio.

En realidad, el cambio de fe de los de Huayaocito, les hizo mucho bien, pues antes de que esto ocurriera, había en este pueblo, muchos borrachos consuetudinarios, ladrones y hasta violadores, que una vez que abrazaron esa nueva Fe, se arrepintieron y cambiaron radicalmente.

Muchos conversos, achacaron lo sucedido a un milagro y no era para menos, pues los campos de Huayaocito, que antes de la conversión   general,   se   veían   mal   trabajados  y  llenos   de malezas, luego de ocurrida esta, florecían, produciendo como nunca antes lo habían hecho.

Eran muy industriosos, limpios y ocupados permanentemente, en seguir al pie de la letra los evangelios, los que se sabían al dedillo y algunos, lograron apréndelos de memoria,  con puntos y
 comas, citándolos a cada momento del día y según parecía, lo hacían con toda buena voluntad; creían plenamente en la Biblia, en sus profetas y sus profecías.

Dedicados al trabajo, hicieron florecer nuevos negocios, pero muchos de estos esforzados  trabajadores, se dejaron llevar por el amor, al premio que recibían por el trabajo y equivocadamente, comenzaron a  amar y atesorar el dinero.

No obstante las fallas en este sistema, muchos de los de esa grey, vivían en paz con ellos, el mundo y con Dios, especialmente un pastor,  que  cuando  Eugenio   trató   con   él, llegaron a congeniar, coincidiendo en muchos puntos de vista

Con algunos habitantes de ese pueblito, Eugenio tuvo ocasión de departir, como con un señor de apellido Noriega, que cuando el pastor se ausentaba, el tomaba la posta y presidía las reuniones en el culto evangélico, pero lo que más impresionó a Eugenio de este señor, fue su gran habilidad, para tocar la guitarra y según contaba, en cierta oportunidad lo vio, tocando la guitarra, apoyada esta sobre su espalda y con las manos, estiradas hacia atrás y a pesar de la postura tan incómoda, lograba arrancarle a la guitarra, tonadas muy bien acompasadas.

Había otro señor, de apellido Mendieta, que Eugenio tuvo oportunidad de tratar y que según  contaba,  era  quizá  de  entre los profesantes de esa fe, el más agresivo verbalmente, pues discutía con mucha convicción, hasta llegar al fanatismo, tratando de evangelizar, a todo aquel que se cruzaba en su camino, para lo cual, utilizaba el profundo conocimiento, del contenido de la Biblia, la que se sabía de cabo a rabo, citando capítulos enteros de memoria, como si tuviera el libro abierto ante sus ojos; pero lo que más llamo la atención de Eugenio, de este señor, fue, que habiendo sido tan desfavorecido por la naturaleza, pues al parecer había llegado tarde a la repartición de caras,  tenía hijas muy hermosas.

Una de las hijas del señor Mendieta; en cierta ocasión, en la que se encontró frente a frente con Eugenio, este se sintió muy atraído hacia ella y como se encontraba solo y sin ningún compromiso, envió a sus cancerberos y celestinos, con ofertas tentadoras, pero ella respondió con una tajante negativa, con las palabras siguientes:

  -Yo me mantendré pura, para aquel hombre que me honre con su nombre, ante Dios y los hombres.

Esta contestación, dejo lelo a Eugenio, que sin tener que replicar, puesto que para él, en esos momentos, el matrimonio correspondía a un suicidio, trato de olvidarse de la pretendida y nunca más la buscó.

Entre los habitantes de Huayaocito, Eugenio siempre citaba a un señor de nombre Pedro, que siendo carpintero y ebanista, fue contratado por la señora María, madre de Eugenio, para que le hiciera varias obras, lo cual dio ocasión a nuestro joven amigo, como para iniciar una buena amistad con este señor, el cual, lo entretenía, narrándole historias muy graciosas.

En Huayaocito, centro evangélico de la Provincia de Pataz, también existían renunciantes, así como otros, que siendo evangelistas bautizados, no habían sido catequizados totalmente y uno de estos últimos, era precisamente Pedrito, como dio en llamarlo Eugenio.

Pedrito era muy hablador, es decir locuaz y con su conversación, entretenía grandemente a Eugenio, que le jalaba la lengua para escucharlo y como notara que a Pedrito le agradaba el licor y cuando se picaba el diente, no había quién  pare su lengua, llegando a una situación, que contaba hasta sus más ocultos pecados, todas las tardes, mandaba prepararle unos buenos tragos de Turco, que se los ofrecía, aduciendo que era, para combatir el lacerante frío bambino.

Pedrito, instruía a nuestro amigo Eugenio, acerca de los diferentes modos,  de  llamar  a  las   cosas  y  las 
acciones,  en   la región, en la que muchas palabras quechuas, habían sido introducidas, en el léxico común y corriente; pero no se vaya a creer, que Pedrito instruía a Eugenio, acerca de las pronunciaciones y el modo de utilizar las palabras quechuas; no, lo que hacía, era narrarle ciertos acontecimientos, que le habían acaecido y durante la narración, utilizaba estas palabras, que al escucharlas Eugenio, prorrumpía en una gran algazara y como Pedrito trataba de hacerse el gracioso, para así obtener, que Eugenio le diera más licor, buscaba esas palabras y las introducía ex profeso en su narración.

Para tener una idea de estas narraciones, que por cierto, poseían, muchos pasajes, por demás graciosos, los que como ya dijimos, estaban salpicados, de decires propios del lugar, de los que transcribiremos uno que dice así:

  -Estaba yo (aquí habla Pedrito), volviendo a mi casa. Habías estado bebiendo y comiendo en una minga (cosecha en la que los dueños de la chacra invitan comida y bebida, a cambio del trabajo) y ya me encontraba pasando por la quebrada de San Luís, cuando escuche que alguien me seguía y para espantar el miedo, que a pesar de encontrarme algo achispado sentía, comencé a entonar una chuscada y el ser que iba tras de mí, comenzó a remedarme, pero su voz se escuchaba ronca y gangosa.

Siempre había escuchado decir, que  la voz de los difuntos, sonaba de esa manera, por lo que el miedo acabó de apoderarse de mi, así que apresuré el paso, tratando de salir lo antes posible de la oscuridad, que en esa quebrada reinaba, pero el hijo de una valiente que me seguía, logro alcanzarme y se subió sobre mis lomos, como si se abestiara sobre mi  y conforme yo caminaba, el desgraciado se hacía más y más pesado, hasta que llego un momento, en el que para levantar una pierna, tuve que hacer un gran esfuerzo, sudando como un caballo encalmad, (animal que debido ha haber sido trabajado con demasía, llega a perder  su  vitalidad, a tal extremo, que cada vez que intentan hacerlo trabajar, se va en sudores y por último, cae para solo levantarse, después de un largo rato y en ocasiones, nunca más), pero al fin logre salir de esa maldita quebrada; el maligno que continuaba molestándome, se apeó de mis espaldas y comenzó a “GARACHARME”; y…”.

Aquí el narrador callo, para observar como su interlocutor, se reía a mandíbula batiente, entonces, una vez que Eugenio ceso de reír, le pidió a Pedrito, que explicara, que era Garachar y fue así, que Eugenio se entero, que Garachar era sacudir, sin soltar al sacudido, de la prendas de vestir, de la que lo tenía cogido tratando de sacarlo del camino, a como diera lugar, moviéndolo como si fuera un pelele. Una vez que Pedrito, dio todas las explicaciones del caso, concluyo su narración, hablando de esta manera:

  -Como el maligno que me estaba Garachando, no podía lograr sacarme del camino, entonces “GAP”, me tomo del cuello y comenzó a “SHUCSHIRME”
Cuando Eugenio escucho estas nuevas palabras, no pudo menos que volver a soltar la risa y luego que se hubo calmado, pidió las explicaciones al respecto, entonces Pedrito explico lo siguiente:

  -“GAP”, es la acción de coger de improviso y SHUCSHIR es lo que se hace con un saco de arvejas, cuando se desea que entre más granos en el; pero Shucshir es diferente a GARMIR, que quiere decir rascar.

Después de esta explicación, Pedrito continuó su narración, de la siguiente manera:

  -Al fin logre desasirme de ese basilisco, gritándole groserías y de ese modo pude llegar a mi casa, en donde mi mujer, que era evangelista convencida, me CHIQUIO, (rechazo) pero yo, que tenía unas casas más abajo de la mía, una moza, fui a dormir allí y esa noche, la pase “LICO” (rico).

Pedrito era lo que se podría catalogar, como un renegado de la religión evangélica, pues desde tiempo atrás, había dejado de asistir a los oficios religiosos de esa fe y no practicaba los mandatos, entre los que se encontraba el no beber licor. Sin embargo, en el fondo de su corazoncito, amaba esa fe, no obstante, llegó a pecar gravemente, al levantarle la mujer a su hermano mayor

Este como venganza, cogió a la mujer y con una navaja, le cerceno uno de los labios vaginales y andaba mostrándolo a todo el mundo, jurando, que en cuanto cogiera a su hermano, le sacaría los testículos, razón por la cual, Pedrito se mantenía, desde ese día corrido y en  continua fuga; un día viajo a la Costa, llevándose a la prenda con él y se estableció en Tawantinsuyo, allá en la Capital, de donde no regreso nunca más.

Eugenio quedo impresionado gratamente, cuando escucho la historia, de un señor Ramón, al que conoció como un convencido evangélico, que caminando con su Biblia bajo el brazo y predicaba a diestra y siniestra, la palabra de Dios; pero en su juventud, antes de entregarse a la nueva fe, decían, que había sido un empedernido violador de mujeres, a las que cuando encontraba en los caminos o en el campo, sin importarle la edad o su condición, irremisiblemente las violaba y cuando las autoridades, cansadas de tantas quejas, organizaron una batida para atraparlo, este, al encontrarse acorralado en un camino, rodeado por sus perseguidores, se aventó por un abismo, rodando como lo hacen los  osos,  enroscado  sobre   si  mismo, causando la admiración de todos, que desde entonces, lo pensaban dos veces, antes de organizar otra batida.


CAPITULO  VII

F U T B O L

Grato fue siempre para Eugenio, recordar las actividades deportivas, en el valle del Apushallas, el que gracias al apoyo brindado, no solo por don Cesar, Javier y de él mismo, sino también de todos los pudientes del lugar y sobre todo, de la juventud, que sacrifico las horas destinadas a otros menesteres, para dedicarlas a la práctica del deporte del fútbol, que en muchas oportunidades, les ocasionaba dolores, que hasta los enviaba a la cama, a consecuencia de los golpes recibidos; por eso es, que cuando me contó toda la historia de los años pasados, en la Provincia de Pataz, hizo especial énfasis, en lo que respecta a esa actividad deportiva, debido a lo cual, le reservamos todo este capítulo, para barruntar solamente, esos acontecimientos.
¡
Como ya se había narrado con anterioridad, en el valle del Apushallas, había dos equipos bien organizados, cuando llego Eugenio. El joven hacendado, se integró de inmediato, en el de Chicches y viendo el potencial adquirido, mediante el concurso de Eugenio, pensaron tentar suerte, con  un encuentro, en la capital del distrito, Chilia.

En  esos  días,  se   iba  a   celebrar   en Chilia, la fiesta, de la Virgen del Perpetuo Socorro y aprovechando la ocasión, pues según Cesar y Javier informaron a Eugenio, durante esa celebración, los chilianos acostumbraban, a invitar a algún equipo de fuera y fue por esto, que se  envió  un  oficio,  ofreciendo  asistir  a  esa fiesta, con el fin de animarla, disputando  un  encuentro  amistoso de fútbol, con el equipo Chiliano, para
dirimir superioridades.

Unos días después, recibieron un oficio, por el cual, les hacían una invitación formal, para que el equipo y de ser posible, los habitantes en pleno, del anexo de Chicches, asistieran a la fiesta, de la Virgen del Perpetuo Socorro.

Se hicieron los preparativos necesarios, para conseguir, los caballos para todos los jugadores, así como los implementos deportivos; de los que algunos integrantes del equipo carecían, dado que la mayoría, eran simples muchachos, hijos de agricultores y merced al decidido apoyo, de la madre de Eugenio, así como de su primo Jorge y el Ingeniero Juvenal, hacendado de Aguambuco, se logro reunir todo lo necesario.

En la cabalgata, que se logro organizar, también iban algunas entusiastas personal, como la señorita Consuelo, profesora de Chicches; la señorita Aldimia, hija de don Augusto Cuba; la señora Clarita, esposa de don Carlos Cuba y la señora María, madre de Eugenio; también se unieron al grupo, algunos señores, como don Carlos Cuba, don Toribio Sánchez, antiguo profesor de la primera escuelita, que se creo en esos lugares y Gerardo, hijo de la señora Carmelita.

No faltaron, algunos entusiastas, campesinos chicchesinos, que se unieron al grupo, pero como no tenían cabalgaduras, hicieron el viaje a pie, para lo cual, salieron dos horas antes que la cabalgata que se organizó. Muy animosos, desde  que  el  grupo  llegó  al  alto  del  viento, prosiguieron adelante, por la travesía de Colpán, entonando waynitos y chuscadas, destacando por su potente voz, el señor Carlos Cuba, que llenaba el ambiente en su totalidad, con su voz, no solamente potente, sino muy bien entonada.

De esa manera, llegaron al alto de Chinchopata, para descender hacia “LOS TRES RIOS”, en donde se detuvieron, para acomodar los arreos de sus cabalgaduras y unirse al grupo que hicieron el viaje a pie, así como para esperar a los rezagados.

De pronto se escucho un silbido y otro y otro y a continuación vieron unas saetas surcando los aires, que un poco más arriba comenzaron a estallas, atronando los aires, los caballos, se encabritaron y como todos estaban en tierra, no tuvieron que lamentar desgracias, pues de no ser así, posiblemente más de uno, hubiera rodado por tierra, pues la caballada asustada, se puso a corcovear y algunos, salieron del camino.

¿Qué era lo que estaba sucediendo?; sencillamente, que les estaban dando la bienvenida, haciendo estallar avellanas, sin prever la reacción de los caballos, que no estaban acostumbrados a esa clase de recibimiento.

Posiblemente, la comisión de recepción del pueblo de Chilia, se percató, de lo que sucedía con las caballos de los visitantes, debido a lo cual, cesaron las demostraciones de efecto, tan ruidosas y fue por lo sucedido, que los visitantes, optaron por hacer el camino que faltaba, hasta la entrada a Chilia, desmontados; encontrando justamente en esa entrada, en el lugar en donde tenía su casa y negocio el señor Virgilio, un numeroso grupo de jóvenes y jovencitas, entre los que también habían, algunos algo mayores, muy entusiastas por cierto.

En cuanto los anfitriones tuvieron entre ellos a los visitantes, les dieron un tratamiento por demás afectuoso, como el que se le prodiga a un pariente, ausente del hogar, durante mucho tiempo y que después de esta larga ausencia, nuevamente  se integraban al ceno de la  familia.

Todo era risas y demostraciones de felicidad y afecto y entre abrazos y abrazos, preguntaban por el resto de la parentela  de  los  visitantes, causando gran extrañeza en el joven Eugenio, que no conocía a ninguno de los presentes, sin embargo, lo trataban como si lo hubieran conocido de toda la vida.

No falto uno de los anfitriones, que con muchas demostraciones de afecto, preguntó al joven Eugenio por su padre, el Capitán Belisario y este muy sorprendido, contestó con otra pregunta, diciéndole:

  -¡Conoció usted a mi padre?

Su interlocutor, separándose del abrazo que le estaba dando, lo miro sonriente a la cara y le contestó:

  -Mire jovencito; no creo que exista una persona, más o menos enterada, de los principales acontecimientos ocurridos en la Provincia, que no este enterado del caballeroso comportamiento, de un hombre de verdad como lo fue su padre.

Esta respuesta, hizo rememorar a Eugenio, lo que en una oportunidad le narrara su amigo Domingo Ponte, durante el primer viaje que hizo a la Provincia de Pataz y algún tiempo después dijo, que no sabia que fue lo que sintió; orgullo, vergüenza o pena, pero creía que prevaleció lo primero.

Muchos de los presentes, trataban a la señora María de Niña, aunque otros, los mayores, la trataban de Maricuchita, pero en el tono de su voz, se notaba el respeto y consideración con el que hablaban, por algo, era la hacendada de Bambas, hija del coronel Virgilio y nieta de doña Belica, tan renombrada en épocas pasadas.

El Presidente de la institución, que había hecho la invitación, un señor muy bien vestido y con aires dominantes, de nombre Wilfredo y apellidado Honores, se tomo la palabra y con gran prosapia  y  ademanes  ampulosos,  dio  la  bienvenida  a  los visitantes, no solo en nombre del club que presidía, ´sino también en nombre de la ciudad e invito a los visitantes, a pasar a los salones de la Municipalidad, en donde según dijo, los esperaban las otras autoridades.

Los    caballos   de   los   chicchesinos, fueron llevados por un grupo de muchachos, que seguramente fueron organizado con tiempo, para que se encargaron de atenderlos, en la forma adecuada, para luego llevarlos a pastar a alguna inverna, mientras que los visitantes, haciendo un conglomerado con los anfitriones, marcharon por las calles de la ciudad, al son de una música marcial, interpretada por una banda de músicos, perfectamente uniformados, que seguramente eran profesionales, ya que en ningún momento desentonaron.

De entre el grupo de músicos, llamaron poderosamente la atención a Eugenio, tres de ellos; uno el bombero, gordo como el instrumento que tenía a su cargo; uno de los trompetistas, flaco como el instrumento que tocaba y por último, el que más llamo su atención, fue un sujeto alto y fornido, que poseía un par  de  cotos,  semejantes  a   cocos,  en  medio  de  los  cuales, reposaba un flautín, que debido al sustento que tenía, solo necesitaba, poner los dedos en los huequecillos del instrumento, para tañerlo, causándole tanta gracia, que tuvo que hacer poderosos esfuerzos, para no reír a carcajadas.

Sin embargo, sintiendo la necesidad, de compartir con alguien su observación, llamó discretamente a Javier e hizo que  se  fije  en  el sujeto.  Javier también trato de contener la risa, pero ese  esfuerzo,  fue el factor desencadenante, para que ambos jóvenes, se pusieran a reír a carcajadas e inmediatamente, fueron rodeados por jóvenes de Chiches y anfitriones, que deseaban participar en el festejo y por lo tanto pedían información para hacerlo; fue difícil convencer a los curiosos, pero al final, con la promesa de narrarles después el chiste, los dejaron en paz.

El Salón Municipal, estaba constituido por dos amplios ambientes, en un segundo piso, en forma de ele, con grandes balcones, que daban a la calle, la que estaba totalmente adoquinada, desde la plaza de armas; los visitantes, fueron acomodados en sillas, dispuestas, ex profeso para ese fin, en donde pusieron en sus manos, sendas copas de champaña y de pronto, cuando todos estaban servidos, se escucharon, las primeras palabras del alcalde de la ciudad, que iniciaba el discurso de bienvenida, usando un lenguaje florido y rebuscado y con muchos modismos, de un lenguaje arcaico, ensalzo la visión del pueblo de Chicches, que no obstante ser un anexo,, estaba dando, un salto gigantesco en el deporte, yendo a competir con la capital del Distrito, acortando los lazos de amistad y finalizando su discurso, los declaro,  “HUSPEDES ILUSTRES”.

El señor Toribio Sánchez, contesto  el  discurso  y  al  finalizar, dijo que el resultado del encuentro, que se iba a llevar a cabo en algunas horas, no importaba, siendo suficiente, el calor que se había dejado sentir, al encontrarse entre verdaderos familiares, como los consideraba desde ese momento.

Los visitantes fueron repartidos, a diferentes casas, en donde almorzaron y después de esto, se reunieron en una habitación, ubicada en la plaza de armas, en donde se cambiaron  con  ropa deportiva; dispuestos as vestidos, a salir al campo de fútbol, mientras que los otros miembros de la comitiva deportiva, no jugadores de Chicches, fueron ubicados en balcones de las casas, que se encontraban alrededor de la plaza de armas, pues era precisamente esa plaza, la que fungía como campo deportivo.

Para ser campo deportivo, tenía muchas deficiencias, pues no solo estaba  en  declive,  inclinada  hacia  un costado, sino que además, no tenía las  medidas  reglamentarias,  dando la apariencia, de un campo de fulbito algo grande y en cierto lugar, existía un hueco, que servía de burladero, durante las tardes taurinas, en las fiestas patronales, ya que allí, era donde se llevaban a cabo, estas corridas de toros, en las fiestas patronales; además, el pasto estaba muy crecido y de diferentes tamaños.

Sin hacer un reconocimiento previo del campo, los chicchesinos salieron, cuando los jugadores de Chilia, ya estaban alineados, de modo que apenas tomaron sus ubicaciones, se dejo escuchar el pitazo del árbitro, dando el comienzo de la contienda deportiva.

Desde el  comienzo,  Eugenio  ser  percató, él  era el puntal  del equipo, en quién todos tenían cifradas sus esperanzas, pues solo Cesar, Javier y él, tenían cierto roce deportivo. Poco antes de que comenzara el encuentro, hizo su aparición un peón de la hacienda Bambas, que según los otros chicos dijeron, hacía apenas un mes, había regresado de servir en el ejercito, habiendo estado destacado en Piura y según tenían conocimiento, allí había jugado el fútbol, razón suficiente como para confiar, en que podría reemplazar a uno de lo muchachos de Chicches, que se encontraba tan  nervioso, que se le había movido el estómago.

 Basilio Campos, que era como se llamaba este obrero, recién licenciado del ejército, no tenía implementos deportivos, por lo que se tuvo que buscarlos a última hora y solo se encontraron zapatos de fútbol, dos números menores, de la medida de su pie, pero a punta de pundonor y desesperación, lograron calzárselos y de ese modo, caminando como lo haría un simio enzapatado o como si  pisara brasas encendidas, se dispuso a jugar.

Cuando los muchachos de Chicches, salieron al campo, los recibió una gran rechifla, que venía desde los balcones coloniales, que rodeaban toda la plaza de armas y de las veredas, en donde se habían improvisado tribunas.

Solo se podían escuchar, algunos aplausos aislados, de la madre de Eugenio, que reunida en uno de los balcones, con el resto de los integrantes de la comitiva chicchesina y un reducido ramillete de damiselas, que por razones de simpatía juvenil, se unieron al grupo, tratando  de   dar   un   raquítico aliento, a los desinflados futbolistas chicchesinos.

La banda de músicos, que interpretaba magistralmente los waynos y marineras, pero que cuando de los valses se trataba, los estropeaba, al darles un tono muy particular, propio del lugar, hacía resonar con el eco, los sones musicales, en los cerros vecinos, haciendo de este modo, que los bisoños jugadores de Chicches, se sientan mucho más nerviosos e inseguros.

En cuanto se iniciaron las acciones, Eugenio se dio cuenta, que la táctica del equipo chiliano, estaba basada en su anulación, para lo cual, habían puesto a cuatro defensores, que lo cuidaban y no lo dejaran hacer nada, y hasta cierto punto, les dio  resultado, pues como Cesar, que era el encargado de alimentar con pelotas a Eugenio, pero también fue anulado y por el sector del  campo por donde se movía, dejaron de llegarle pelotas a Eugenio.

Esta fuer la razón por la cual, tuvo que bajar, hasta casi colocarse como defensor y desde allí, tratar de avanzar con pelota o en su defecto, lanzar tiros dirigidos al arco, desde cualquier ligar, pues tenía suficiente potencia en los pies,  como para tentar un gol de cualquier distancia, pero resultó, que allí la situación era realmente difícil, pues los chilianos atacaban constantemente, con una delantera muy bien organizada, que giraba alrededor de su centro delantero, dirigida, por un señor joven aún, de nombre Felipe, que de cada tiro que dirigía al arco, hacía temblar a los defensores.

Todo, se tornaba muy difícil para los chicchesinos, más de pronto, Eugenio vio una pelota, que despejada por un defensor de su equipo, se dirigía lentamente al campo contrario, sin que en ese sector hubiera algún defensa chiliano, pues todos estaban dentro del campo de Chicches; emprendió una veloz carrera, logrando alcanzar la pelota, que todos creían perdida.

Cuando los encargados de cuidar a Eugenio, se dieron cuenta, que este estaba con la pelota en los pies, corrieron desaforadamente, hasta darle alcance, siendo el primero que se le enfrentó, Felipe, aquel que jugaba de centro delantero, el que dirigía el equipo chiliano, que muy pagado de si mismo, intentó despojarlo del balón, pero Eugenio, con el dominio de pelota que lo caracterizaba, logro eludirlo, hasta por tres veces seguidas, dejándolo, pagando en el suelo, pero aún quedaban sus cuatro cancerberos, que por todos los medios, le impedían disparar al arco.

Eugenio, con movimientos de cintura, hizo que esos cuatro muchachos, atolondrados por los gritos, que desde el suelo les enviaba el señor Felipe, se estorbaban unos a  otros, dejando un espacio libre, por donde Eugenio entro, poniéndose en posición como para disparar al arco, pero entonces el señor Felipe, gateando, logro llegar hasta donde se encontraba  Eugenio y no pudiendo levantarse, por encontrarse el campo fangoso, a consecuencia de una lluvia, que había caído la noche anterior, se arrojo a sus pies y con los suyos, enredo a Eugenio, haciéndolo caer, pero con la pelota aún en su poder.

A pesar del flagrante penal, que Felipe había cometido, ya que delante de Eugenio, solo estaba el arquero; el árbitro, un señor  chiliano, de nombre Juvenal, no se dio por enterado y el juego prosiguió, acercándose el arquero, con ánimo de coger la pelota, de los pies de Eugenio, que estaba también en tierra. Basilio Campos, el licenciado peón de la hacienda Bambas, se encontraba justamente, en la línea del área y casi al centro, de lo que se percató Eugenio y atenazando la pelota con ambos pies, la levantó, arrojándosela de tal suerte, que esta rodó, hasta colocarse justamente, delante  de Basilio, el que sorprendido, no atinaba que debía hacer, quedándose paralizado.

Con el arco desguarnecido y la pelota en sus pies, Basilio titubeaba; pero Eugenio, con voz potente, como la que este muchacho, estaba acostumbrado a escuchar, de sus superiores en el cuartel, le ordenó:

  -¡Dispara carajo, dispara!

Y Basilio, acostumbrado a obedecer, sin dudas ni murmuraciones, disparo, con todas la fuerza que tenía en los pies, pues seguramente en su subconsciente, vio la figura del Teniente o la del  Capitán y estaba acostumbrado, a recibir un castigo, si es que no cumplía una orden y en ese caso, siendo la  orden era tajante, solo pensó, en meter el gol y en ello le iba la vida,  anotando el tanto, con un soberbio taponazo.

Eugenio contaba, que en ese momento, le dio la impresión, de haberse quedado sordo debido al silencio reinante, que era tal, que solo veía las caras de estupor, aún en el balcón, en el que se encontraba su madre, con los parciales de Chicches. De pronto, se escucharon los aplausos y los vivas, que salían de ese balcón, cuyos ocupantes reaccionando de su estupor y dado el silencio reinante, se dejaron escuchar y en vista de la situación, los pocos aplausos y vivas, se dejaros oír nítidamente, como si los foráneos, fueran proferidos, por los asistentes. De pronto se repusieron los de las barras chilianas, escuchándose de continuo estas palabras, proferidas por los dirigentes y transmitidas por Felipe, que decían:

  -Un    gol    no   es   nada;   se   puede  remontar  ese  marcador; ¡vamos muchachos, aún podemos ganarles a los yancudos!.

La banda de músicos, que se había quedado silenciosa, junto con las gargantas de los chilianos, que desde el comienzo alentaban a su equipo, fueron recuperando las facultades y comenzaron a tocar arrebatadamente, mientras que desde los cuatro rincones de la plaza, se escuchaban rechiflas para Chicches y aliento para Chilia. El acoso de los artilleros chilianos, era casi insostenible, teniendo totalmente encajonado, al equipo visitante, más de pronto, volvió a suceder lo de la primera vez; la pelota fue despejada y Eugenio corrió como un gamo, logrando alcanzarla, unos centímetros, antes que traspusiera, la línea final del campo, pero como no tenía ángulo, para dirigirla al arco, regreso unos cuantos metros, lo que aprovecharon, los defensores que corrían tras él, para alcanzarlo.

Basilio fue en esta otra oportunidad, el que se encargó de tirar por el suelo, el orgullo chiliano, pues Eugenio, viendo que se encontraba en inmejorable posición, frente al arco desguarnecido, pues todos, incluyendo el arquero, lo habían rodeado, tratando de evitar que patee al arco; cuchareo la pelota, por encima de la muralla humana que tenía delante y esta, fue a caer precisamente delante de Basilio, el que nuevamente, como la primera vez, se quedo paralizado, sin saber que hacer y otra vez Eugenio, le grito:

  -¡Patea carajo!; ¡Patea!

Y Basilio pateo. Cuenta Eugenio que en esa oportunidad, vio a Felipe, mostrar su desesperación, sentado en el suelo, mesándose los cabellos y a continuación,  poniendo la frente en tierra, le dio la impresión de encontrarse orando al estilo musulmán, pero pasados unos instantes, se levanto y como si hubiera recobrado energías, comenzó a conversar con los dirigentes de su club, diciéndoles:

  -Esto ya no es suerte de ninguna manera, el cholo ese que camina como loro, es un jugador de tapada y nosotros como unos tontos,   hemos    estado    cuidando   a Eugenio, dejando libre a su goleador.

Había concluido el primer tiempo y se fueron al descanso y cuando comenzó el segundo tiempo, Basilio hizo su ingreso al campo descalzo. Basilio, al parecer, había llegado al límite de su tolerancia, para poder soportar el dolor, que le causaban los zapatos, que le habían puesto a la fuerza, por esa razón se los había sacado y comenzó a jugar descalzo, demostrando en el campo, que sin zapatos, lo hacía mejor.

Pero la consigna de los chilianos, apoyados por un árbitro parcializado, era no dejar títere con cabeza y valiéndose de miles de trucos y jugadas arteras, fueron eliminando a algunos de los jugadores chicchesinos y entre ellos a Basilio, al que le pisaban constantemente los pies, con los toperoles de sus zapatos de fútbol, llegando un momento, en el que le fue imposible continuar jugando, ni caminar siquiera y salió, con los pies chorreando sangre.

Sin poder contar, con varios de sus defensas, Eugenio, Javier y Cesar, tuvieron que dedicarse, a defender, los dos goles que habían logrado conseguir, pero el dogal que Eugenio y los suyos tenían en sus cuellos, era muy recio e imposible de sacudir y así, vieron como los igualaban en el marcador, pero los chilianos, querían ganar, por lo  que  el  árbitro,  a  pesar  de haberse cumplido el tiempo reglamentario, no daba por finalizado el encuentro, vaticinando todos, que de un momento a otro, Chilia anotaría y saldría vencedor de ese partido, que se había tornado tan difícil para ellos.

Desde que salieron algunos jugadores de Chicches, sin tener reemplazos, el juego se había tornado como un ataque y defensa, pero don Cesar se dio cuenta, que en el campo contrario, solo estaba el arquero, haciendo notar esto a Eugenio y acordaron, que en cuanto tocara la pelota don Cesar, la despediría sin mucha violencia, hacia el arco contrario y entonces Eugenio, podría correr y cogerla, para encontrarse frente al arquero y anotar.

Y eso fue, lo que precisamente sucedió, pero no como lo habían planeado, pues resultó, que en cuanto Eugenio emprendió una loca carrera y alcanzó el balón, casi frente al arquero, que también se encontraba adelantado, trato de driblarlo, para quedar con el arco desguarnecido, perdiendo preciosos segundos, que fueron aprovechados por los defensores, que rodearon a Eugenio, impidiéndole ejecutar su jugada. Fue cuando Eugenio, jugándose el todo por el todo, pateo al arco, ejecutando unas chalaca, que envió la pelota por sobre el arquero y los defensores, introduciéndose limpiamente al gol.

Desde ese momento, los chicchesinos deseando ganar por esa mínima diferencia y dado que ya estaba oscureciendo, lo que les hacía suponer, que por más parcializado que estuviera el árbitro, daría por finalizado el encuentro, debido a que con lámparas, era imposible continuar jugando, se dedicaron a defender   su  arco,   pero   en  un  momento  de  indecisión,  los chilianos anotaron y el árbitro, hizo sonar su silbato, validando el gol y dando por finalizado el encuentro al mismo tiempo, que termino de esa manera, empatado a tres goles por lado.

Es digno de mención, al arquerito de Chicches, un chiquillo de solo catorce años,  que se batió como un veterano, atajando de todo y que en realidad, fue el verdadero gestor del empate, con Sabor a triunfo para Chilia, encuentro robado con malas artes. Este chiquillo, se llamaba Celestino y era cuñado de la señora Amalia, que tenía una tienda en Chicches y de la que más adelante tendremos que ocuparnos.

Durante la fiesta, que los anfitriones ofrecieron a los visitantes, los Maestro Manuel    Urbina     y     Arturo    Días, trataron de emborrachar a Eugenio, pero Javier le dio aviso a la señora María, de las intenciones de estos señores y ella intervino, llevándose a su hijo al lugar en donde ella estaba, en unión de otras amistades.

Entre las personas que estaban con la señora María, había una señorita, medio emparentada con la mamá de Eugenio, de nombre Teresa y por ende con Eugenio, con la que bailo casi toda la noche, pero cuando Eugenio la enamoró, ella puso cono objeción, el lejano parentesco que unía a sus familias, cosa que refutó acaloradamente Eugenio, alegando que ese parentesco era tan lejano, que ya no existía similitud de genes.

Eugenio logro al fin convencer a Teresa, que lo que decía, estaba sustentado por normas de la genética y al cabo de unos momentos, estaban comprometidos como enamorados y merced a esto, buscaron la  primera  oportunidad  para  besarse.

Cuando Eugenio tomando confianza, logro acaramelarse con Teresita, llego el padre de esta y sin escuchar alegatos de ninguna clase, se la llevo, quedándose Eugenio muy apenado, pero esperanzado, pues la chica le pidió que fuera a visitarla el Domingo siguiente, fecha en la que estaría en Chilia, pues desde el día siguiente hasta esa fecha, la llevarían sus padres a Matasuyo, fundo familiar y solo saldría a Chilia, dos días antes de viajar a Trujillo, en donde se encontraba estudiando la secundaria;  de allí, regresaría según  planearon  con   Eugenio, en vacaciones para continuar viéndose, puesto que ya eran, prácticamente novios.

En la mañana, después de tomar un apetitoso desayuno, la delegación chicchesina en pleno, abandono Chilia, después de recibir una cariñosa despedida, en la que con la banda de músicos, tocaron canciones muy tristes, que  los chicchesinos, continuaron escuchando, hasta que voltearon el alto de Chilia.

En el momento de despedirse, los chicchesinos  ofrecieron, a los muchachos de Chilia, enviar un oficio, invitándolos, para que les devuelvan la visita, pero interiormente, se prometían llevarlos su anexo, para hacerles pagar todo lo que les habían hecho, al robarles el partido el día anterior.

Aún paso algo más de un mes, para que los chicchesinos, se sintieran capaces de recibir a los chilianos y cumplir a cabalidad con ellos, tanto en el aspecto del agasajo, como en el deportivo y fue así, que un día llegó a Bambas don Adolfito y su hijo Javier y conversando con Eugenio y su mamá, acordaron, que ya era hora, de devolver la gentileza de los chilianos e invitarlos, para que fueran a jugar fútbol, a La Pampa De Los Muertos, siendo   propicia  la   oportunidad,   como  para  poder agasajarlos, devolviéndoles las finezas, que habían tenido con ellos, durante la visita que les hicieran a Chilia.

Don Adolfito y Javier, ya habían hecho un recorrido completo, visitando a todas las personas pudientes de los alrededores, que se habían comprometido, para erogar de acuerdo a su capacidad económica y haciendo una evaluación, llegaron a la conclusión, que de hacerse efectivas las ofertas, había suficientes recursos, como para recibir y agasajar a los chilianos, en vista de lo cual, confeccionaron un programa, repartiendo las responsabilidades, a las personas que no habían podido colaborar económicamente y de inmediato, fijaron una fecha, procediendo a enviar un oficio a Chilia, con la invitación respectiva.

Con uno que otro inconveniente de última hora, se fue desarrollando el plan de preparación, del agasajo a los visitantes, pudiéndose ver, el gran espíritu colaboracionista, existente entre los pobladores del anexo de Chicches, sin que esto quiera decir, que los pobladores de los anexos de Huayaocito y Conchamarca, contemplaran indiferentes esta actividad, pues también hubieron algunos habitantes de estos anexos, que se hicieron presentes, con alguna colaboración, como la señorita Delia, profesora de Conchamarca, causando admiración el gesto que tuvieron los muchachos de Huayaocito, que se presentaron formando en compacto conjunto, ofreciendo sus  servicios personales, ya que no podían colaborar en otra forma.

Según cuenta Eugenio, fue un duro trabajo, llevado a cabo, con el concurso, de casi todos los pobladores, del valle del Apushallas, que duro casi quince días, al cabo de los cuales, solo les faltaba esperar,  que  se  presenten  los  visitantes,  para hacerlos objeto, de todas las atenciones, que fuera posible.

Hubo donaciones de cuyes, gallinas, huevos y hasta dos carneros, así como un torito de dos años, sacrificando los animales, la víspera de la llegada de los visitantes, a excepción de algunas gallinas, que se reservaron, para preparar, un reparador caldo, que se les daría a los visitantes, en la madrugada, después del gran baile social, que se aprestaban a ofrecerles.

Todo el menaje de cocina y comedor, fue prestado por la señora María y doña Rosa, esposa de don Augusto Cuba y un conjunto de seis cajeros, conformaron los Chiroques, que amenizarían, todos los momentos, mientras estuvieran presentes de los invitados.

En cuanto al equipo, que se enfrentaría con los visitantes, en la hora deportiva, estaba conformado, además de los muchachos de Chicches, con algunos refuerzos de Huayaocito, entre los que destacaba, la presencia de Alonso, el hijo de la profesora de Huayaocito y Carlos, el yerno de la señora Rafaela, pero también estarían a la expectativa, para el caso de ser necesarios, seis chicos más de Huayaocito, entre los que estaban, dos hijos del señor Mendieta y tres de Conchamarca.

Para no actuar desequilibradamente, se procedió a llevar a cabo, un riguroso entrenamiento, a cargo de Eugenio y Víctor, uno de los hijos de don Augusto, que estudiaba en la Costa y que había llegado de vacaciones, el que sabía tratar muy bien el balón, por lo que fue integrado de inmediato, al equipo que tendría a su cargo, dar una buena lección futbolística, a los muchachos de Chilia.

Gran cantidad de botellas de cerveza y vinos, esperaban a los visitantes, así como algunos urpos de buena chicha de jora y para las damas, que podrían venir en la delegación chiliana, abundante chicha de maíz negro y de maní.

Si se hubiera tratado de la defensa del suelo patrio, no creo, que hubiera existido más espíritu de camaradería y apoyo mutuo, pues en ese momento, se olvidaron las rencillas y rencores, para trabajar codo a codo, con el objeto, que el valle quedara bien con los visitantes, que eran esperados, como si de familiares se tratara, aunque para decir verdad, lo  eran,  de  muchos   de   los pobladores de los anexos, que rodeaban las haciendas. Se había acordado, recibir a los visitantes en La Pampa De Los Muertos, en donde se serviría, un almuerzo campestre y una vez concluido este, se procedería a realizar el encuentro deportivo, para concluir temprano y de ese modo, los visitantes pudieran disfrutar, de un baile.

Cuando ya las luces del día, estuvieran ausentes y la oscuridad de la noche, no permitiera proseguir, con acciones de ninguna clase en el campo, los visitantes tomarían sus cabalgaduras y serían guiados hasta el anexo de Chicches, en donde los estaría esperando, una comisión, designada de antemano, que los conduciría, hasta el amplio salón, de la escuela del anexo, en donde se había preparado, todo lo necesario, como para pasar una alegre velada bailable, amenizada con un tocadiscos, prestado por don Augusto Cuba y movido con batería.

En ese local, se bailaría hasta las primeras horas de la madrugada,  remojando  las  gargantas  con  cerveza, chicha y licores, traídos de la Costa   y   cuando   los   ánimos   de los  invitado, comenzaran a flaquear, se  les serviría un sustancioso caldo de cabeza de carnero o en su defecto, uno de gallina.

Poco antes de que los invitados partieran de regreso, se les agasajaría, con un caldo de carne de carnero y adobo de carne de res, yendo una comisión de abestiados, que los acompañaría hasta la Pampa De Los Muertos,  para despedirlos.

Para que súper vigilen las acciones, de las cuales dependía, que todo saliera, tal  como  se  había   planeado,  se  designo  a  cuatro personas y estas fueron; don Carlos Cuba y su esposa la señora Clarita; don Toribio Sánchez y Don Adolfito Rebata, que cumplieron tan bien con el encargo que les habían hecho, que algunos meses más tarde, aún continuaban comentando, acerca del agasajo, que la delegación Chiliana de ese entonces, recibiera, de parte del equipo de fútbol y los pobladores, de los anexos del valle del Apushallas; imperecedero encuentro amical, que sentaría bases muy sólidas, para las futuras relaciones, entre ambos pueblos.        

CAPITULO  VIII

LA  INVITACION

Serían las diez de la mañana de aquel domingo, en el que debían llegar los invitados de Chilia, cuando un cohete retumbo los aires, anunciando que los visitantes, se encontraban a la vista, en El Alto Del Viento, de modo que, todo tenía que estar conforme se acordara, para el recibimiento.

Los animales que montaban los invitados, habían sido proporcionados por don Alberto Gamvini, los que cual, eran de probada calidad y no paso mucho tiempo,  para que aparecieran a la vista, desde la Pampa de Los Muertos; señal que el conjunto de Chiroques, estaba esperando, para empezar a interpretar los aires serranos.

Se había desechado, la reventazón de cohetes, para no causar alboroto, entre la caballada de los invitantes, dejando este acto, para el momento en el que estuvieran    con   pie   en   tierra   y los  caballos,  en lugar seguro, pero en cuanto estuvieron, en los últimos desarrollos, de la bajada de Los Amarillos, casi todos los asistentes, se acercaron para recibirlos,     mientras    que   un grupo, de niños de la escuela, dirigidos por la señorita Consuelo Delgado, entonaban cantos alusivos a la amistad.

A la expectativa, se encontraba un grupo de muchachos, jugadores de todos los anexos, para que se hicieran cargo, de  las cabalgaduras de los chilianos y los llevaran hasta un lugar cercano, en donde  se  les  aliviaría  de   sus  arreos   y    se   les proporcionaría agua y forraje, teniéndolos dispuestos en la tarde, después que finalizaran las actividades deportivas, para Fueron más de treinta abestiados, que irrumpieron en la Pampa que en ellos, puedan trasladarse los invitados hasta Chicches.

De Los Muertos, al son de la música que interpretaban los Chiroques y los cantos de los alumnos de la señorita Consuelo; lo cual emociono favorablemente a los visitantes, tanto, como al resto de los presentes, los que sin que se tuviera en el programa, iniciaron una serie de vivas y hurras, en honor a los chilianos, que fueron conducidos de inmediato, ante una gran mesa tendida sobre el suelo, que con manteles, se había confeccionado, en un rincón del campo.

Entre los componentes de la comitiva chiliana, se podían contar hasta seis hermosas damas, pero descollaba por su talla y hermosura, la señorita Porfiria, sobrina de don Augusto Cuba; además, también se veía entre el material femenino, a las hermanas Zegarra, que no le quedaban muy a la zaga, a la señorita Porfirio, en cuanto a belleza.
El primero en tomarse la palabra, para recepcionar a los visitantes, fue el Maestro Toribio Sánchez, que para darle un final emotivo a su discurso, lo sello con un bello poema, en el que mencionaba Las Tres Tullpas y el gran Apushallas, como conformantes de una bella familia, en donde el amor era la divisa.

El    almuerzo    transcurrió,   dentro de  un  ambiente  de   camaradería  sin precedente; durante el desarrollo del cual, varias personas, tanto de Chicches como de Chilia, se tomaron la palabra, rivalizando en prosapia y halagos mutuos, durante los cuales, se hizo hincapié, de la falta de importancia, que tendría el resultados del encuentro, que se iba a tener, entre las escuadras futbolísticas, de Chilia y Chicches.

Al fin, llegó el gran momento tan esperado por Eugenio y sus compañeros de equipo, cuando el árbitro, un señor llevado desde Huaylillas, para evitar parcialismos, llamó con el pito a los contendores, que se reunieron en el centro del campo, ante la expectativa de los asistentes.

Los  alumnos de la señorita Consuelo, se desgañitaban gritando y ejecutando canciones, que ensalzaban al equipo de Chicches, mientras que vapuleaban al de Chilia, causando hilaridad entre los asistentes, tanta ocurrencia.

Después que se rifo campo y bola, los equipos tomaron las posiciones que les correspondía y se aprestaron a jugar, calentando músculos, con ejercicios de última hora, pues la emoción del momento, los hacía temblar, haciéndoles percibir, un frío inexistente.

El pitazo del árbitro, dando por iniciadas las acciones, sonó como un cañonazo, que hizo estremecer a los jugadores, aún a los más experimentados, pues ambas escuadras, se habían reforzado en su preparación y en ese momento, no solo se temían, sino que existía la expectativa, de ver en acción, las caras nuevas, que cada uno de los equipos mostraba, pero no era el momento, para pensar en esto y solamente deseaban  jugar  y dar todo, lo que cada  uno de  los integrantes de ambos equipos, era capaz de mostrar.

Fueron pasando los minutos; los cuerpos se fueron calentando  y los  músculos,  fueron  desarrollando  mayor  actividad  que  la acostumbrada y con esto, se perdió todo temor velado, actuando cada uno en función a su mejor rendimiento.

Ambos equipos. se encontraban en mejores condiciones técnicas y tácticas, pues además de haberse reforzado, se habían preocupado en entrenar, con miras a ese momento, de modo que, conforme pasaban los minutos, el juego se tornaba más lucido, siendo los espectadores los favorecidos, pues al final, salieron sumamente satisfechos, por el espectáculo nunca antes visto, por esas latitudes.  Cuando Eugenio, narro lo relacionado a como vio este encuentro, lo hizo de esta forma:

“Desde el primer momento, en el que me encontré frente a nuestros  rivales,  sentí una tranquilidad pasmosa y me parecía, que toda la vitalidad que   había   ahorrado, desde que  deje  de  ir  a visitar  por las noches a Isabel, fluía, expandiéndose por todo mi cuerpo y solo esperaba impaciente, el momento de tener una pelota entre mis pies;  después, me daba la impresión de flotar, en lugar de correr y veía los movimientos de mis contendores, como si los ejecutaran en cámara lenta y hasta me permití burlarme de ellos, llamándolos, cuando ya los había sobrepasado. Únicamente; el arquero representaba un serio escollo, para concretar mis jugadas y durante el primer tiempo, me causo  preocupación, cuando logro atajarme varios disparos, de los que esperaba, fueran a descansar en el  fondo de su arco; pero al fin, encontré el lado flaco de ese enorme mastodonte y fue así, como de arrastrón, pude vencerlo por tres veces consecutivas y estoy seguro, que si el partido hubiera durado más, hubiera perforado su valla muchas veces más”.

Volviendo al encuentro futbolístico, diremos que en efecto, ese día, Eugenio brillo con luz propia, pero de nada le valía la gran fuerza de shot que poseía, pues todos los tiros que envió al  arco,  sean  de   lejos   o   de   cerca, morían en manos del  Rogo Calderón, arquero gigantesco, que los chilianos habían llevado en esa oportunidad.

Los chilianos, no solo habían reforzado su arco, sino que dos chicos, que trabajaban en las minas de Retamas y que recién habían egresado de la Universidad de Trujillo, en donde habían pasado varios años y posiblemente habiendo militado en algún equipo de primera, se paseaban con pases precisos, en el área de Chicches y si es que solo anotaron dos veces en ese arco, fue, por desear lucimiento personal.

Las caras de los espectadores, estaban muy tristes, pues habían cifrado sus esperanzas, en que el equipo tan bien preparado de Chicches, lograría un inobjetable triunfo y cuando Eugenio llego con tanta facilidad, a ponerse frente al arquero, bailaron de alegría, pero cuando vieron, con que facilidad, el arquero chiliano cogía sus  disparos, todo cambio y se sentaron, esperanzados, en que el partido termine pronto, para no recibir muchos goles.

El primer tiempo, finalizó dos a cero, a favor de Chilia y fue durante el descanso, en que todos decidieron, que Eugenio y Víctor Cuba, se pusieran de marcadores, de los dos chicos que habían llegado de Retamas y así se hizo y en cuanto se iniciaron las acciones, se vio los resultado, pues los chilianos, ya no pudieron ingresar al área chicchesina, con tanta facilidad, como lo habían vendo haciendo en el primer tiempo, lo cual tranquilizo  algo,  a  los  espectadores,  que  comenzaron   a  dar aliento a sus jugadores.

Como reciprocidad a este apoyo,  los jugadores se multiplicaban, anulando totalmente a la delantera chiliana y desde su campo, propiciaban avances, que comenzaron a poner en jaque a la defensa contraria, pero desgraciadamente, todo avance moría en las manos del Rogo Calderón, hasta que en una corrida, que desde su campo hizo Eugenio, quedo frente al Rogo y uno de los defensores desesperado,   se   arrojo   sobre   los pies  de  Eugenio, cometiendo faul y el árbitro decretó la pena máxima.

El problema era en ese momento, ¿quién se atrevería a disparar al arco, estando un hombre gigantesco allí; que además, había demostrado grandes habilidades como nunca antes se había visto? Ni el mismo Eugenio se atrevía ha hacerlo, puesto que esto representaba una gran responsabilidad y no quería defraudar a nadie; pero todos lo señalaron,  como el que debería hacerlo y no teniendo nada que alegar, se apresto a ejecutar la pena máxima.  Eugenio había observado, que en una oportunidad, en la que disparo un arrastrón, que dicho sea de paso, le salió sumamente débil y desviado, por un accidente del campo, el Rogo Calderón, había tenido serias dificultades y solo había logrado salvar    su   valla,   por   que   el disparo choco en el travesaño; así que con esta experiencia, se decidió a disparar no muy fuerte,
pero si bien dirigido a un ángulo y arrastrón.

Cuando Eugenio se colocó frente a la pelota, el Rogo lo miraba rectamente a los ojos, pero Eugenio, ya sabía, que esa era la táctica de los arqueros en ese trance, para ver hacía donde miraba el artillero, encargado de ejecutar la pena máxima y anticiparse al disparo, colocándose en el lugar que este había señalado, mirándolo y para poner nervioso a nuestro amigo, el gigantesco arquero, lo miraba sonriente, como burlándose de él.

Todo hacía presagiar, en vista de lo que ya observado, que Eugenio erraría el disparo o en su defecto, le cogerían el balón y muchos espectadores, se tapaban los ojos, para no ver como se derrumbaban sus esperanzas.

Sonó el pitazo del árbitro, dando permiso a Eugenio de disparar; este, después de mirar al lado derecho de reojo,  como si tratara, de disimular su atención hacia ese lugar, hizo tal como había pensado y disparo al lado contrario, suavemente y la pelota demoro una eternidad, para ingresar al arco y aún rozo el parante de ese lado, mientras el Rogo, yacía tendido al otro lado, mirando incrédulo como batían su arco.

Eugenio, apretujado por sus compañeros, casi no podía escuchar, la estruendosa bullarada que se desato y hasta los Chiroques, que estaban silenciosos desde hacía  un  buen  rato, comenzaron a aporrear sus bombos, mientras saltaban de alegría. Muchos comenzaron a gritar:

  -“El niño Eugenio ya le encontró el truco; ahora si que se libren los chilianos”.

El árbitro, tuvo que pedir a los Tenientes Gobernadores, de los anexos que se encontraban presentes, que pusieran orden, pues el público había invadido el campo de fútbol y bailaban en el centro, echando sus sombreros al aire, al mismo tiempo, que  gritaban algunas groserías, imposibles de transcribir, sin importarles la presencia de los hacendados, pues estaban borrachos, a consecuencia del alcohol que habían ingerido, así como por la tremenda emoción que los embargaba y que les hacía olvidar, las mínimas normas de urbanidad y decoro, dejando salir sin reparos, todo su entusiasmo.

Cuando se hubo calmado la loquería, causada por el gol de Eugenio, se reinicio el encuentro y en cuanto los chicchesinos tuvieron la bola en su poder, iniciaron una serie de pases, de arriba para abajo y de abajo para arriba, tal  como  Eugenio  y Víctor, les habían enseñado, llevando a los chilianos, por donde querían, los que desesperados, se lanzaban en carretillas, sin poder alcanzar
el balón.

A Eugenio, según su propia versión de los hechos, dijo, que le recordaba la academia, del famoso equipo de primera división de Lima, llamado Municipal, en sus mejores tiempos, cuando llevaba en sus filas a Los Tres Gatitos (Caricho, Vides y Tito). Cracs del futbol de antaño.

Era una verdadera fiesta; todos gritaban hasta desgañitarse y de pronto, se comenzó a escuchar, primero como un rumor lejano, para luego ir creciendo, hasta que se lleno todo el ámbito;  pedían a gritos:
 
-¡¡¡OTRO GOL!!! ¡¡¡OTRO GOL!!!

Y así repetían, una y otra vez ese pedido; de pronto, Víctor Cuba, se encontró frente al arco, pero su disparo, dio en el travesaño; no obstante, Eugenio que se encontraba cerca, tomo el rebote e incrusto la pelota en el arco, con un tiro de arrastrón, decretando el empate-

Nuevamente, como una repetición fidedigna, los acontecimientos se sucedieron, tal como después del penal, ejecutado y anotado por Eugenio y otra vez, los presentes invadieron el campo y se pusieron a bailar, gritando obscenidades contra los chilianos y nuevamente, tuvieron que intervenir las autoridades, para despejar el campo. Desde ese momento y como consecuencia, de los dos goles, anotados por Chicches, los chilianos se dedicaron a defenderse, con todo  lo  que  tenían,  pudiendo  por  este  motivo  Eugenio, desarrollar su juego   habitual,  apoyado  por el  resto de sus compañeros, que envalentonados, disparaban de cualquier lugar en el que se encontraran, tentando al gol, lo cual dio como resultado, que el arquero tuviera mucho trabajo, dando posibilidad a Eugenio, como    para   estar   listo,   a   la expectativa, pues el Rogo, comenzó a despedir con los puños muchas   pelotas,  que  atravesando  la barrera  de   los   defensores,  llegaban donde él.

Al fin su paciencia tuvo recompensa, cuando de pronto, un rechazo del arquero llego a sus pies y en primera, disparo con violencia a media altura, pasando la pelota por entre los defensores, que obstaculizaron al Rogo y  decretando así el tres a dos. Casi en las postrimerías de partido, Eugenio corrió por un extremo con la pelota y ejecutó un centro que fue tomado por Alonso, que driblándose a tres defensores se metió en el área chica y tal como había visto hacer a Eugenio, tiro suave y al ras del suelo, una pelota al Angulo, que el Rogo no pudo atajar, quedando decretado un inobjetable cuatro a dos, con lo que concluyó el encuentro.

Una vez que el árbitro dio por finalizado el partido, los jugadores se hermanaron, en fraternal abrazo y juntos, bailaron, hasta que las primeras sombras de la noche, impidieron que prosiguieran haciéndolo, concluyendo el desarrollo de las actividades, conforme lo tenían programa, siendo un verdadero éxito de los organizadores, pues los chilianos quedaron sumamente agradecidos, de las atenciones recibidas.

Quedaron    algunas    anécdotas
para el recuerdo, como aquella en la que don  Augusto, ya algo más  que   achispado  dejara  para la posteridad, al desarrollar con Eugenio, el siguiente diálogo:

  -¡Joven Eugenio!; ¿que te pareció mi sobrina Porfirio?

Eugenio humildemente respondió:

  -Bueno don Augusto; regular

Don Augusto mostrando sorpresa y contrariedad, miro con el seño fruncido a Eugenio y le replicó:

  -¡Como que regular!; ¿hablas así, de una hembra de ocho cuartas de alto y cuatro de cadera?

Y como hablando consigo mismo, prosiguió diciendo:

  -Muchacho palangana, ¿acaso no tiene ojos?; regular, regular; esta juventud  de  ahora,  son  una  sarta de ineptos sin ojos y petulantes.

Eugenio fue a Chilia para cumplir con Teresa y después de una velada de besitos y promesas, ella partió con destino a Trujillo, cortando así el hilo de esa relación, dejando la esperanza en ambos jóvenes, de un reencuentro futuro.

CAPITULO  IX

EXPERIENCIA AGRICOLA
.
Retrocediendo algún tiempo, antes de lo ya narrado, me siento  obligado dar a conocer a mis lectores, algunos acontecimientos, de los que me propongo, ocuparme a continuación, por haberlos dejado olvidados en el tintero. Javier, fue el único, de entre la juventud del valle del Apushallas, que logro ganarse la intimidad de Eugenio y como tal, era a quién este acudía, para consultarle, respecto a todo lo que no conocía o comprendía y fue así, que un día la señora María le dijo a su hijo:

  -¡Eugenio!; he pensado que ya que tienes tantos deseos de trabajar, puedes hacerlo, ocupándote de lo que es usual en estos lugares; sembrar, si, puedes sembrar una chacra en el Temple y todo lo que coseches será tuyo; existe una chacra muy codiciada por nuestros partidarios, que se llama LA HOYADA DE SANTA ANA y que en la actualidad se encuentra libre; siémbrala.

Eugenio, después de escuchar esto de labios de su madre, fue directamente a donde Javier y le pidió consejos al respecto y fue entonces, que  Javier le hablo de esta manera:

  -Esa chacra a la que te refieres y que tú mamá te la está cediendo, para que la siembres, es una de las mejores del  Palle, tiene una extensión, más o menos de dos hectáreas.

Javier, después de lo dicho, se ofreció a ser socio de Eugenio y este, viendo la necesidad que tenía, de alguien que conociera los secretos de la agricultura, acepto de inmediato, celebrando   un   contrato   verbal,   que para rubricarlo, la chocaron como hacían en el colegio.

Lo primero que hicieron, fue conseguir un obrero, para que mediante un contrato, dejara limpio el terreno, como para que puedan trabajar las yuntas (toros uncidos) y fue por esta razón, que contrataron a Marcelino Cruzado, que por algunos soles, tronqueó (arrancar de raíz) los gualangos, (arbustos espinosos) que estaban invadiendo esa chacra y los espinos de esas cepas, arrancadas así de cuajo, los colocaron, al borde de la chacra, como para que ningún animal, que pasara por el camino, tuviera deseos de entrar.

Esta primera parte, fue cumplida a cabalidad por Marcelino y como él también poseía una yunta de bueyes, lo contrataron, para que fuera a trabajar y barbechara (cruzara) con ellos, pero como una yunta no era suficiente, también se contrato a Sacramento Inga, para que llevara su yunta ese mismo día.
El primer día, en el que Eugenio fue a recoger a Javier, para juntos ir hasta Santa Ana y controlar el trabajo de las dos yuntas, que habían contratado para el barbecho, (primera removida del terreno, para que mueran un poco de las hierbas malas) mientras lo esperaba, salió don Adolfito y en cuanto vio a Eugenio le pregunto:

  -¿En   que   afanes   anda   don
Eugenio, con mi Javito?

Como  no  tenía  nada  que  ocultar, Eugenio le informo a don Adolfito, acerca de la sociedad que había pactado con su primo,  el que después de escucharlo con atención, casi con un murmullo dijo:

  -“Sociedad es suciedad”

Como Eugenio escucho perfectamente, lo que don Adolfito había murmurado, de inmediato le preguntó:

  -¿Qué quiere decir exactamente esa sentencia?

Don Adolfito, había pensado esa sentencia, pero sin darse cuenta, lo había hecho en voz audible, al menos para Eugenio; por lo cual, miro muy extrañado a este y creyendo que le había adivinado el pensamiento, contesto casi con temor:

  -Es solamente un dicho, que se refiere a la ambición humana, puesta de manifiesto, en cuanto se trata de repartir utilidades, que lleva muchas veces, a peleas aún entre familiares muy cercanos.

  -¡Pero don Adolfito!; yo sería incapaz, de pretender algo que no me corresponde y menos con un pariente y amigo, como lo es Javier para mí.

  -No se preocupe don Eugenio, que solo es un decir en este caso; pero le diré, que no todos piensan y actúan como usted.

Después de esta conversación, don Adolfito quedo cavilando, respecto al don de Eugenio, de adivinar el pensamiento  y se propuso,  que  en  adelante,  tendría  mucho  cuidado, en lo  que pensaba, cuando estuviera presente Eugenio. Después de esta conversación, Eugenio pensó mucho en el asunto, llegando a darle la razón a don Adolfito, puesto que en la generalidad de los casos, sucedía exactamente, como el lo había dicho y cuando se encontraba así cavilando, hizo su aparición Javier, que le entregó a Eugenio un envoltorio, diciéndole:

  -Este es nuestro fiambre; guárdalo socio.

Cuando llegaron a la Hoyada de Santa Ana, se dieron con la sorpresa, que solo una yunta había llegado y esta, era la de Marcelino Cruzado y como ya no había nada que hacer, se sentaron a observar, como la tierra iba mostrando sus entrañas, conforme  la punta del arado la volteaba y Javier, hizo notar a Eugenio, que la tierra que salía al exterior era negra, señal clara, que era muy buena y por lo tanto, les rendiría una magnífica cosecha.

Serían las once de la mañana, cuando se dispusieron a preparar su almuerzo; más en ese momento, los jóvenes se dieron cuenta, que el envoltorio, que la mamá de Javier le había dado a este, no estaba en la alforja y hurgando dentro de ella, encontraron la causa de esa ausencia; un gran agujero, ocasionado por algún animal, posiblemente un perro.

Aun tenían los huevos y como por allí había una huerta de la hacienda, era seguro que el hortelano, tendría  plátanos, con los cuales, podrían preparar un buen almuerzo, friéndolos, por lo cual, Eugenio fue en busca del  hortelano, de nombre  Rosendo, Rojas; personaje casi mítico, que había servido a su bisabuela  y   abuela,  conocedor de muchos ancestros directos y colaterales de Eugenio.

Desempeñaba el cargo de hortelano y él fue, el que le enseño desde la huerta grande, el lugar en donde los Salas, ajusticiaron a don José Santos y sabía muchas cosas, de lo que había sucedido en la hacienda Bambas y los alrededores y en cuanto vio a Eugenio, al que ya conocía, por haber estado este allí, con anterioridad, lo hizo pasar, después de saludarlo, con la servilidad acostumbrada, no solo por él, sino por todos los viejos servidores de la hacienda.

Cuando Rosendo se enteró, de lo que Eugenio deseaba, le dio unos plátanos medio verdes, así como una ollitas de barro, que era el único menaje con el que contaba. Eugenio; con todo esto, regresó hasta el borde de la chacra, que estaba arando Marcelino, en donde habían improvisado, una ramada y se dispuso a cocinar.

Nunca antes lo había hecho, pero le parecía que era lo más sencillo del mundo, pues si las  mujeres lo hacían, él también podría. Después de encender el fuego, procedió a pelar los plátanos y poner la ollita de barro al fuego, con un poco de aceite en el fondo; luego, fue echando una por una las rajas de plátano y como cuando ya estaban doradas, le fue imposible sacarlas, por ser la olla muy profunda, decidió echar allí mismo, los huevos que había llevado, que al fin y al cabo, se podrían comer una vez fritos, juntos con los plátano.

Quedo un gran soporrotón, que aunque algo extraño, al fin y al cabo, eran plátanos con huevos fritos. Y cuando Javier regreso, de ver como Marcelino araba, encontró su plato  servido  pero al  verlo,  miro  extrañado  a  Eugenio  y  le preguntó:

  -¿Qué es esto socio?

Eugenio, sin inmutarse en lo más mínimo, contestó:

  -Plátano con huevos fritos y aunque están algo revueltos, es eso y nada más; ¡sírvete!

Asqueando el potaje que tenía delante, Javier retiro el plato y poniendo una cara de repugnancia, dio media vuelta y se alejó. La actitud de Javier, hizo que Eugenio lo imitara, de modo, que, todo fue a parar al estómago de un perro, que desde que sospechó, que Eugenio se proponía cocinar, como si adivinara su ineptitud y lo que iba a resultar de ese su primer intento como cocinero, no se había movido de allí, mirando con esa cara de pedigüeños, que solo los perros pueden poner.

Serían las tres de la tarde, cuando Javier le dijo a Eugenio, que Marcelino, no podría continuar trabajando, al día siguiente solo, por lo que él tendría, que ir a ver a Sacramento, para que al día siguiente, asista al trabajo y como esto era lógico, Eugenio le permitió marcharse.

El joven se quedo solo, mirando, como Marcelino trabajaba con su yunta, cuando de pronto, se presentó Rosendo, el viejo hortelano, portando un racimo de plátanos maduros y se los entregó diciendo:

  -¡Niñito Eugenio!; rebuscando entre el platanar, encontré este racimo de plátanos maduros; son para usted niñito, sírvase.

Mientras Eugenio contemplaba, como Marcelino, iba avanzando, lentamente en su trabajo, consumía los plátanos, que le entregara el buen Rosendo y mientras tanto, pensaba en como era posible, que en pleno siglo XX, en esa parte del Perú, se continuara utilizando el mismo sistema de trabajo, traído por los españoles, cuando escucho que Marcelino decía:

  -¡Caraju!; hoy si nos jodemus; no se puede trabajar, con una sola yunta, en este picuyal (Kikuyo africano).

¿Qué había sucedido?; simplemente, que al chocar con una dura raíz de gualango, el arado de madera, se había roto, por lo que Marcelino, no tuvo otra alternativa, que desuncir y prepararse a llevar a los bueyes a pastar y arriando sus animales dijo a Eugenio:

  -Seria bueno niñito, que juera usted, a ver al Shacra, para que no falte mañana y podamos voltear este terreno, sin que nos sucedan cosas, como la de hoy día y dígale que mejor traiga dos arados.

Como  no  había nada que hacer y Javier no regresaba, Eugenio ensilló su caballo y poniendo su alforja al anca, montó, colocando el yugo que había sobrado, a la frontera de la montura y salió cuesta arriba. Para acortar distancia, Javier le había enseñado, que existía un portillo en el corral llamado “BALON”, por donde subiendo, se encontraba otro portillo similar, que salía al camino, un poco más arriba;  Eugenio entro por este portillo, pero tenía que hacer que su cabalgadura, trepe, por un montículo muy  empinado,  para  lo cual, la azuzó,  pero cuando ya  casi coronaba la cima, la cincha  de  su montura  se rompió y él, montado como estaba, cogiendo fuertemente, de la frentera de su montura, con el yugo en ella, se chorreo hacia atrás, quedando sentado, tal como lo había estado, sobre su cabalgadura, pero en el suelo. 

El lugar en el que estaba Eugenio, era un paraje solitario, por lo que sin temor a que alguien lo hubiera visto y se riera de él, corrió a coger el caballo, que libre de su carga, trataba de alejarse rápidamente y al pasar por un montecito, al borde de la quebrada de Maras, escucho, como si alguien se riera asordinadamente de él, posiblemente, del modo como renegaba, pero no creyó conveniente ir hasta allí a investigar, de modo que reparando el desperfecto de la cincha, volvió a ponerse en posición ecuestre y salió de allí, lo más rápido que le fue posible, olvidándose del dolor, que semejante porrazo le había causado. Al  llegar  a  La  Esperanza, don Adolfito le preguntó por su hijo, a lo que Eugenio respondió, narrándole todo lo que les había sucedido y se dispuso a esperar a su socio, mientras conversaba con su padre.

Cuando Javier llego a La Esperanza, encontró a su papá y su socio, riéndose a más no poder, de todo lo que le había sucedido esa tarde, sobre todo, de lo referente a su caída y enterado del asunto, se unió al festejo, más Eugenio se dio cuenta, que Javier se reía de algo más, entonces trato de llevárselo a un lugar aparte y le preguntó:

  -¡Socio!; ¿existe acaso, algo muy gracioso que yo ignoro y que te causa tanta risa?

Javier miro sorprendido a Eugenio, pero casi de inmediato, se puso a reír, como si la cara de Eugenio fuera muy graciosa, pero al ver que su socio estaba al borde de enfurecerse, le dijo:

   -¡Hay socio!; ¿no te molestas si es que atenido a nuestra amistad te hago una confidencia?

Después que Eugenio, le prometió no molestarse, Javier le contó, que la risa asordinada que había escuchado, en el corral Balón, era de él y su enamorada, de nombre Julia, que habían estado ocultos,  amándose  en  ese  lugar   y no  pudieron   menos,  que  reírse,   del espectáculo, pues eso era en lo que se convirtió, la caída de Eugenio; que comprensivo, no se molestó como había prometido, pero eso si, reconvino a Javier, por haber abandonado el trabajo, haciéndole prometer, que nunca más   volvería   a   repetirse   esa situación.

La señora Zoilita, tía de Eugenio, lo invitó a servirse un apetitoso lonche, que Eugenio devoró materialmente, pues los plátanos que Rosendo le diera, no habían sido suficientes, como para sostenerlo, durante todo el día; en cambio Javier, no había sufrido ninguna necesidad, pues su enamorada, le había llevado un apetitoso fiambre, que  juntos, entre caricias y caricias, habían consumido, en el escondite aquel, desde el cual, espectaron la caída de Eugenio.

Una vez que Eugenio hubo consumido, ese reconfortante y sabroso lonche, ofrecido por su tía Zoilita, se sentó con don Adolfito, a la sombra, de un duraznero muy pródigo y mientras consumían sus frutos, contemplaron la puesta del Sol, que los lleno de felicidad, mirando, el abigarramiento tan espectacular, de colores, que era común en esa época del año y que los dejó extasiados durante u mayor expansión.

Hablaron de diferentes asuntos, entre los  que no pudo faltar, lo referente, a la situación económica que se vivía y lo difícil que se tornaban cada día, el trato con los obreros, que pedían más, pero rendían menos-

 Todo esto sucedía, mientras Javier arreaba unas vacas, que habiéndose saltado un cerco, intentaban ir hasta una chacra de papas, que estaba en plena floración y de pronto;  se le presentó a Eugenio la oportunidad de desquitarse de lo que Javier le había hecho esa tarde en el Temple, cuando don Adolfito le dijo confidencialmente,       mientras miraba sus zapatos:

  -No se que sucede con mis zapatos; hace solamente quince días que los compre; sin embargo, a pesar que no camino, ya tienen las suelas gastadas; ¿será que los zapatos que fabrican hoy, en día son muy malos?

A Eugenio se le iluminó el semblante y aprovechando la oportunidad que se le presentaba, contestó:

  -¡Que va don Adolfito!; lo que sucede es, que si es cierto que usted no camina durante el día, pero en cambio Javier, si que lo hace y en que forma durante las noches, mientras usted duerme.

Y soltó la carcajada a todo dar, ante don Adolfito, que lo miraba anonadado, como aquel al que se le abre una puerta inesperadamente, pero casi enseguida, capto la intención, de lo dicho por Eugenio y lo acompañó riendo, pero no de muy buena gana; para luego, después de mirarse los zapatos por unos momentos, mirar a Eugenio, para con un asentó como si se  disculpara, por haber sido sorprendo in fraganti, realizando algo impropio, para luego preguntar:

  -¿Usted cree don Eugenio, que mi Javito sea capaz de eso?

  -De eso y mucho más don Adolfito; yo soy muchacho como él y se de lo que somos capaces, cuando se trata de una chica, de la que nos sentimos enamorados y con mayor razón, si es que ya nos hicieron probarlo, lo bueno del amor.

Don Adolfito, no tuvo más remedio que reírse, pero su risa, no sanaba franca, debido, a que hasta ese momento, había considerado a su hijo, como al niñito tierno, el  que fuera unos años atrás, porque eso es muy común, entre los padres consentidores, que no se dan cuenta, que los años corren y en ocasiones vuelan y como si hablara consigo mismo, dijo:

  -¡Nunca más vuelvo a besar en la boca, a este desgaritado! (animal tierno que ha perdido a su madre); seguro, que les estará dando picos, a esas chinas cochinas; ¡atatai! (voz quechua que significa ¡que asco!).

Y  a  continuación,  escupió,  como   si   tratara   de   arrancar, cualquier vestigio, de los besos que le había dado al hijo, mientras que Eugenio, comprensivo, dejaba de reír y compadecía al pobre viejo, ya
que entendía su punto de vista. Cuando Javier; después de haber puesto a las vacas dañinas, en su corral, regreso hasta donde se encontraba su padre, conversando animadamente con Eugenio y captó, que algo había sucedido en su ausencia, que no podía comprender; se puso a dialogar con Eugenio, acerca de lo que harían al día siguiente, mientras tanto, don Adolfito lo miraba meditabundo, mientras se tomaba de la barbilla, como aquel que se encuentra en una encrucijada y no sabe que camino tomar; siendo  en este caso, el dilema de creer o no creer, que el hijo de su corazón, era capaz de hacer, lo que el  joven Eugenio  le  había  dicho  y  muy enfadado, prosiguió observando  al hijo. Javier no pudo menos que darse cuenta, que además de que  algo había sucedido en su ausencia, su padre lo miraba en una forma, por demás inusual, por lo que en cuanto se encontró a solas con Eugenio, le preguntó:

  -¿Qué es lo que le has dicho a mi padre?

Lleno de satisfacción, Eugenio puso al corriente a Javier, de la conversación que habían tenido con don Adolfito, pero acomodando las  palabras de los  interlocutores, como para que no se pudiera molestar su primo y después de esto, algo atontado, por la forma, como su padre había descubierto su doble vida, Javier dijo:

  -¿Cómo se habrá enterado el viejo, que en las noches voy a ver a Julia, llevando sus zapatos?

  -Pero  como  no se  va ha dar cuenta,
cuando les has sacado la mugre; mira nomás sus suelas, ya parecen papelitos.

Dijo Eugenio, quedando así libre de culpa. Los días que siguieron, fueron, de una brega constante, con los obreros incumplidos, que a  pesar de haber recibido el dinero adelantado, antes de cumplir su tarea, no asistían al trabajo; comprobando que don Adolfito tenía razón cuando decía:

  -“Si se le socorre (adelantar dinero por un trabajo) a  la  gente, para un trabajo, es verdaderamente un gran afán, hacerlos cumplir”.

Al  fin,  ambos  los  socios lograron ver   su  chacra  sembrada y cultivada y  Eugenio  se  pasaba   horas   enteras, deleitándose, al ver como el aire, jugueteaba con los maicitos recién cultivados, que daban la impresión, de ser pequeñas bailarinas, que estaban ejecutando una danza, en agradecimiento, por haberlas librado de las malezas y este ritual fitógeno, se repetía inevitablemente, después de cada riego, que la chacra recibía, para deleite de Eugenio, que se imaginaba, que al fin y al cabo, bailaban para él, que era el promotor directo, de esos beneficios, que los maicitos recibían.

En esa época, Eugenio aún no había conocido a Isabel y solo saciaba sus apetencias naturales del sexo, con los favores que recibía de las chicas, que de vez en cuando encontraba, bien sea en los caminos o en el molino y que a cambio de un cortesitos de percala u otra chuchearía por el estilo, le fingían ternuras.

Eugenio llego a trabar conversación imaginaria, con aquellos pequeños seres, que a ojos vista crecían y pudo de este modo imaginar su mundo, mentalizando, lo que posiblemente de ser real dirían y por medio de esta comunicación, pudo darles a entender, que si es que producían satisfactoriamente, muchas de sus congéneres, tendrían oportunidad, de hacer perpetuar su especie, prometiéndoles formalmente, que del producto que lograra obtener de ellas, no menos de las  dos terceras partes, lo invertiría en volver a sembrar más maíz. El  tiempo de forma,  inexorable, fue pasando y ya casi la totalidad de las plantas, lucían orgullosas los primeros choclos, haciendo presumir por su lozanía, que los beneficios serían cuantiosos; cuando una tarde, estando Eugenio con las vacas de la hacienda, las que se encontraban ese días, en el corral    CINCUENTICINCO, por lo cual,  aprovecho la ocasión y fue a echarle una mirada a sus maicitos, para su propia satisfacción, cuando, horror de los horrores, cinco vacas pastaban tranquilamente, destrozando todo lo que con tanto amor, él y su socio, habían cuidado; habían arrasado, casi todo el sembrado y como si Javier, hubiera recibido un aviso telepático, se hizo presente en ese momento, cuando Eugenio se disponía a matar a pedradas, aunque fuera a una sola de esas vacas y lo calmó diciéndole:

  -¡No socio!; no las maltrates, hay que llevarlas donde la autoridad, para que obligue al dueño o dueños, que paguen el daño.

Eugenio comprendió de inmediato y apoyando a Javier, se dispuso a coger los animales para llevarlos a Chicches, donde el Teniente Gobernador, pero una cosa era decir que se iba ha hacer y otra muy distinta hacerlo, pues de entre el grupo de estos animales dañinos, habían unos burros cerriles, que no bien adivinaron las intenciones de los jóvenes, saltaron por encima del cerco y corrieron, como posiblemente lo harían venados salvajes, ante un grupo de cazadores, perdiéndose camino abajo, en dirección al río Cajas, dejando tras sí, una polvareda espesa, Javier, sin inmutarse, se apeo de su cabalgadura, encargándosela a  Eugenio y salió corriendo tras los burros, dando la impresión a Eugenio, que tuviera alas en los pies, pero antes,  dijo a este:

  -¡Socio!; las vacas son mansas, llévalas a Chicches que yo ya te alcanzo; estos burros son de don Carlos y los cogeré, aunque  en el empeño deje la vida.

Y desapareció, dejando  como los burros, otra espesa polvareda; Eugenio logro sacar a la media docena de vacas, que habían estropeado su sembrío y con el, sus esperanzas e ilusiones y se encontraba arriándolas, tratando de llevarlas hacia Chicches, sirviéndose para ello, de la ayuda de dos vaqueros de la hacienda de su madre, cuando acertó a cruzarse en su camino, el ingeniero Juvenal, hacendando de Aguambuco, que sonriente, dijo a Eugenio:

  -¡Ola sobrino!; ¿a donde llevas mis vacas?

Cuando Eugenio explicó, todo lo que había ocurrido con esas vacas, sin ocultar, que un número no determinado de burros salvajes, pertenecientes a don Carlos Cuba, se habían escapado, el ingeniero Juvenal, sin dejar de sonreír bonachonamente, dijo:

  -No te preocupes sobrino; me comprometo a pagarte la mitad, de lo que los peritos, que envié el  Teniente  Gobernador, tasen y  te  prometo,  que  nunca   más sucederá esto, pues pienso, hasta ponerles tapa ojos, para no darles ocasión, ni siquiera a mira tu maíz.

En vista de la promesa formal de un caballero, como lo era su tío Juvenal, Eugenio entregó las vacas y prosiguió junto con este, hasta el cruce del camino, que iba a Chicches, con el que iba a la casa hacienda de Aguambuco, en donde se despidió efusivamente y luego, prosiguió cabalgando,  llevando de la brida, el caballo de Javier.

Ya era noche cerrada, cuando hizo su aparición Javier, montado en una burra, bañado en sudores, por el esfuerzo, de haber corrido tanto, tratando de escapar de Javier y luego, subir hasta Chicches, llevando sobre sus lomos, a su cazador; tras ella, iba su cría, que jadeante, proseguía atrás.

Javier, iba muy campante y fresco como una lechuga, lo cual hizo que Eugenio lo considerara, un súper hombre incansable, de lo que ya había tenido fehacientes demostraciones, durante los partidos de fútbol dominicales.

El fue, quién conminó al Teniente Gobernador, para que al día siguiente, fuera con sus peritos, a realizar la valorización del daño,  una vez, que Javier y Eugenio, pagaron, lo que correspondía, a la tarifa de la tasación, se retiraron, cada uno a su domicilio, después de darse condolencias mutuas, pues Javier informó a Eugenio, que ese maíz que había quedado, estaba en un estado de desarrollo tal, que ya nunca se recuperaría,  de los daños sufridos y por lo tanto, estaba perdida irremisiblemente la cosecha.

La tasación que se llevó a cabo al día siguiente, perjudico grandemente a los socios, pues con el producto de lo que pagaron, don Juvenal y don Carlos, no les alcanzo, ni para cubrir los gastos de la siembra y cultivo, quedando Eugenio por esta razón, muy desilusionado de la agricultura.


CAPITULO  X

EUGENIO  SERRANO

Antes de dos meses; Eugenio ya se encontraba totalmente repuesto, de la desilusión, que le causo el primer fracaso en el campo agrícola y como aún no concluía el año, de haber recibido la Hoyada de Santa Ana, para sembrarla, decidió aprovechar el tiempo que le quedaba, antes de entregarla y se dispuso a sembrarla nuevamente, pero esta vez, con Marcelino Cruzado, como socio. La señora María extrañada, al ver que Eugenio, continuaba haciendo viajes al Temple, como cuando sembró por primera vez; una mañana, en la que tomaban desayuno juntos, le toco el tema y se inicio el dialogo siguiente:

  -¡Eugenio!; dime con franqueza; ¿Qué te ha parecido tú primera experiencia agrícola?

  -Bueno mamá; creo que ha sido una gran experiencia, que me enseñó, que el triunfo o el fracaso, no solo están en llevar a cabo, los trabajos culturales a su debido tiempo, sino por sobre todo, en la seguridad que se les dé, a las sementeras, en el Temple, lugar al que acuden, toda clase de animales, de los potreros aledaños y  solo se pueden lograr, cuando el interesado vive en el lugar; por eso es que he buscado, para esta nueva oportunidad como socio, a Marcelino Cruzado, que pasa casi todo su tiempo allí y puede cuidar los cultivos.

  -Sabes Eugenio;  me  gusta  mucho la manera que tienes, para encarar las dificultades que se te presentan, en el logro de tus triunfos y he decidido apoyarte, con mayor énfasis, por eso te voy ha hacer partícipe, de algo que sucede, dentro de los linderos de las antigua hacienda Bambas; entre los herederos o sea  los hijos y viuda de mi hermano Jorge y yo.

Después de soltar toda esta parrafada, de un soto tirón, durante la cual dio a conocer a su hijo, de los convenios que habían entre los co-herederos, dio a descubrió a Eugenio, más aún, hablándole de esta forma:

  -Cuando se hizo la repartición de la hacienda Bambas, entre los herederos que habíamos quedado con vida, después de la muerte de nuestros padres, quedo en calidad de indivisa, la puna y también el Temple o Palle; condicionando su uso, exceptuando los corrales de alfalfa, los que si fueron repartidos, condicionando ese sector indiviso, al respeto mutuo, de las parcelas, en las cuales ponía trabajo la otra parte, hasta que esos terrenos, vuelvan a enmontarse. Aún queda mucho monte en el Temple; yo te faculto, para que en mi nombre, hagas uso de ese convenio y trabajes las chacras que recuperas del monte, para tu beneficio, hasta que te canses de ellas;  puedes  si  así  lo   deseas, dar las chacras en sociedad o sembrarlas tú solo.

Eugenio pensó, que para llevar a cabo el tronqueo, de una cantidad considerable de monte, tenía necesidad de peones y solo con dinero se conseguían estos y para obtener dinero, tenía que realizar alguna actividad, que le diera dinero y solo existía una, la que ya había probado, que proporcionaba ganancias y esa no era otra, que la de transformar en chochoca el maíz y en harina el trigo, el trigo y la arveja, para venderlos luego.

Como ya hemos visto con anterioridad, Eugenio había tenido experiencia en ese negocio, debido a lo cual, con el poco dinero que tenía y la venta de dos vacas que había podido comprar, ahorrando todo lo que había ganado, en las transformaciones de granos en harinas, sumando los ingresos del molino, intentó comprar a su madre, algo de maíz, entonces ella al ver el empeño que su hijo ponía en su nueva empresa, después de escuchar su propuesta, le propuso lo siguiente:

En la hacienda hay una máquina seleccionadora de granos, que hizo hace unos años el negro Andrés Gutiérrez, un buen hombre que trajo Rafael de la Costa y que se quedo algún tiempo entre nosotros; bueno pues, como en los terrados de la casa hacienda hay trojes (depósitos que preparan en los terrados para depositar los granos, a modo de silos), llenos de ishcupa (residuos que quedan de granos en el fondo de los trojes), recoge esta como puedas, te la regalo y hazla pasar por la seleccionadora y estoy segura que obtendrás una buena cantidad de maíz, con el que podrás trabajar por lo pronto.

Nuevamente actuaba el corazón de una madre, con cuya acción, no solo satisfizo su deseo de ayudar al hijo, sino que hizo que, en el corazón de su hijo, el amor que ya existía se acrecentara, lo que generó un poema,  que cual una oración póstuma, me pidió Eugenio que lo incluyera en esta historia, pero solamente se incluyen los primeros versos, pues los otros, conforme pasaron los años, fueron adicionados.

Al final quedó un extenso poema, que trata de otras muchas cosas, por las que Eugenio fue pasando, bueno y malo, aunque la mayor parte de ellas, solo sirvieron para moldear su carácter
y  fortalecer  los  conceptos  que  recibiera  de  sus  mayores, haciendo lo posible, por materializarlos, en su vida real. El poema al que me refiero, es como sigue:


A   U N A   M A D R E

Una mujer me dio a luz un día
Y aspire anhelante con dolor
No obstante ese dolor con gran porfía
Continué aspirando y conocí el amor

Amé a la promotora dDe mi vida
Amé al vientre que formó mi ser
Y de día fue mi preferida
Anhelando de noche volver y renacer

Lacté la vida dDe su tibio pecho
Y fui creciendo  con su amor materno
Que me prodigaba con cuidado tierno
En su amoroso y perfumado lecho

Pronto fui niño y aprendí mil cosas
Y por más lejos que de mi estuviera
Recibí la sombra fiel y compañera
De mi madre y sus manos amorosas

Luego aprendí a ser adolescente
Percibiendo cambios que me iban sucediendo
En el capullo que fui e inconscientemente
Un nuevo ser de mi fue emergiendo.

Volviendo al asunto que estamos tratando, diré, que Eugenio gracias al despliegue de fuerza, que solo la juventud puede dar, logro reunir una regular cantidad de dinero, que le permitió desarrollar parte del plan que tenía,  pero  solo con dinero, no podría haber llevado a cabo, todo lo que hizo, ya  que  la  mano  de  obra  del campo, estaba copada de la siguiente manera Los dos primeros días de la semana, los obreros estaban comprometidos con las haciendas y los otros cuatro restantes, los repartían entre sus labores propios, para poder cultivar las  parcelas que las haciendas le asignaban y para pagar las deudas, de las que nunca se libraban; pues adeudaban a los togados, los no hacendados, que les proporcionaban dinero, ropa y vicios; de modo que si Eugenio quería trabajar, solo llevando gente de otro lugar, podría hacerlo.

Más estudio otra posibilidad, que consistía, en hacer que la mano de obra existente, cancele sus deudas, obteniendo una remuneración, digna de un hombre libre. Y Eugenio averiguó primero, cuanto era lo que ganaba un obrero de campo y cuando lo consiguió, elevo este jornal en un doscientos por ciento y pagó las deudas, quedando de este modo, la deuda con él y una vez que trabajaban en las chacras, que Eugenio estaba abriendo, quedaban libres de toda deuda y aún, les quedaba dinero para ellos.

No solamente levanto el precio de los jornales, sino que introdujo el trabajo a destaje, de modo que hubieron obreros que en los cuatro días restantes que tenían, sacaban seis u ocho tareas y Eugenio vio los campos que trabajaba, muy pronto libres de montes y pudo conseguir socios, para que sembraran esas   nuevas   chacras,  no   obstante,  muchos  de  los  togados, sobre todo de Huayaocito y Chicches, comenzaron     a     murmurar    contra Eugenio, diciendo, que les había arrebatado a sus  esclavizados obreros.

En esos días la madre de Eugenio, con don Rafael y sus hermanos menores, partieron a la Costa, en donde estudiarían los chicos y Eugenio, se encontró solo, totalmente solo, habitando ese inmenso caserón, lleno de recuerdos de días mejores, alegrías y pesares, así como de los de sus ancestros, que para patentizar su paso por allí, sus cuerpos yacían en tumbas dentro de la iglesia de Bambas, precisamente, frente al altar mayor, en ese mismo lugar, en donde la señora Carmelita, se las mostrara.

Activó  el   trabajo,   dedicándose   por entero a él y de ese modo, se encontró desde que amanecía el día, hasta que ya no se veía muy claramente, dirigiendo los trabajos de tronqueos y cercados y cuando llego la hora del barbecho, tomo en sus manos la dirección de una yunta de bueyes y tropezando, cayendo y levantando, fue abriendo las entrañas de la tierra, como cualquiera de sus gañanes.

Cerca de quince hectáreas, sembró Eugenio, entre arveja chilena y trigo, las que con las primeras avenidas de la quebrada de Maras, que llegaba de bote a bote, pudo regarlas hasta que  estas   comenzaron   a florecer.

Todo hacía presagiar, una magnífica cosecha, más de pronto, las aguas de la quebrada comenzaron a mermar, por falta de lluvias en las alturas y cada día, el nivel era inferior, lo que dio como resultado, que las aguas de regadío fueran escaseando y los sembradores, tenían que  robar  el   agua,  con  la  que  otros irrigaban sus sementeras, para regar las propias;

No obstante esto, la escasez se hacía cada día más y mas patente, porque las alfalfas de las haciendas, secaban la quebrada algo más arriba y ponían cuidadores armados, que no permitían que pase, ni una gota del líquido elemento.

Después de llevar adelante, una lucha desesperada, por obtener agua para sus sembríos, Eugenio se dio por vencido, pues recibió una tajante orden de su madre, por intermedio del Administrador don Cesar Cuba, para que dejara de competir con la hacienda por el agua y como sus sembríos se secaron, para remunerarlo, su madre ordenó al Administrador, que todos los meses le entregara una cantidad de dinero, suficiente, como para ir amortizando, lo que había invertido en el Temple.

Eugenio, sentía una profunda pena en el alma; defraudado en sus expectativas, debido a lo cual, continuó bebiendo y no pasaban dos días o a lo sumo una semana, en la que no empinara el codo y una vez que iniciaba esa hecatombe alcohólica, proseguía bebiendo, hasta por tres días continuados.

Durante        esa        temporada alcohólica, se reunían en la casa hacienda, no menos  de quince jóvenes y entre los que  lo hacían, no podían faltar Javier y su hermano Benjamín, así como los hermanos Shejo y Walter Cuba; los cuatro, primos de Eugenio, por que sus madres, eran primas de la señora María..

Eventualmente, también se hacían presentes en la casa hacienda, Alonso, hijo de la profesora de Huayaocito, así como, los hermanos Zegarra de Conchamarca; Walterio Cuadra, hijo de don Mateo Cuadra, otro chico que  le  decían  Calshetón,  de Huayaocito, que apellidaba Guillen, así como un chico Pánfilo, de Chicches y otro de apellido Torrejón.

Don Rafael, le había enseñado a Eugenio, a preparar un licor muy simple, partiendo de unas tapas de chachachá, sumergidas en agua hirviendo, dentro de un urpo, a lo que se agregaba, algunos granos de jora de maíz y una vez que este preparado estaba tibio, se le adicionaba algunas cucharadas de levadura y se esperaba dos o tres días, dependiendo del tiempo y en el momento en el que, el preparado comenzara a burbujear, se le podía beber.

Este menjunje, era muy deleitante al paladar y tanto Eugenio como sus amistades, lo bebían con fruición, pero para darle un poco de amenidad al momento, organizaban competencias de fulbito, en los consejos de la hacienda, en donde acostumbraban a guardar, las mazorcas de maíz y las ocas, recién cosechadas, hasta que secaran  un  poco  y   pierdan   algo  de peso, así como para que, debido al Sol que recibían, tomaran dulzura.    Imponían penas, a los jugadores que no hacían el gol, teniendo la oportunidad para anotar; pero al arquero que no atajaba la pelota, también y si en caso uno de los jugadores anotaba gol, ya no era penado, pero en cambio recibía un premio.

Cabe aclarar, que los premios, así como las penas, impuestas en esa oportunidad, consistían en beber una tutuma llena hasta el borde, de esa chicha, preparada por Eugenio y en caso el penado o el premiado, se resistiera a beber, entre todos lo cogían y lo obligaban ha hacerlo y al final, todos resultaban tan borrachos, que casino no podían mantenerse en pie, causándoles esto, gran jocosidad. Como Eugenio se había enterado, que los hermanos Zegarra del Anexo de  Conchamarca, le dedicaban mucho tiempo a la cacería, especialmente  el menor  de ellos, llamado Manuel, le preguntó, que era lo que cazaba y este le respondió:

  -De todo don  Eugenio,  pero  desde  hace  un  mes,  estoy  en seguimiento de un león, que se ha comido a uno de mis potrillos y no dejare de seguirlo, hasta darle caza.

Muy interesado Eugenio le volvió a preguntó:

  -Y dime Manuel; esa carne, ¿que es lo que haces con ella?

  -La boto al fondo de una quebrada o se la doy a mis perros, que la comen, sin dejar ni los huesos y le diré don Eugenio, una vez me hice preparar un bistec, con un pedazo de lomo de león y me supo a gloria.

  -¿Y más o menos que sabor tenía?; ¿Como la carne de que animal doméstico era o con que carne, se le podría comparar?

  -¡Haaa don Eugenio!; era muy parecida a la carne del chancho, aunque le podría asegurar, que era algo más sabrosa.
  -¿En cuanto me venderías una pierna de carne de león, en caso de cazarlo?

  -¡Don   Eugenio!;   como   le   voy   a  vender esa carne; en cuanto cace a ese animal dañino, le traeré una de sus piernas; pierda usted cuidado, que muy pronto la tendrá.

Después  de  esta  conversación,  sostenida  ente  Eugenio  y  el menor de los hermanos Zegarra, pasaron unos días, durante los cuales este no se hizo presente, hasta que una mañana muy temprano, llegó hasta la casa hacienda y presentándole a  Eugenio un envoltorio, le dijo muy quedo:

  -Ahí tiene usted don Eugenio su encargo.

 Eugenio intentó pagarle  por  el  recado,  pero  este  se   opuso rotundamente y por el contrario, le entregó otro envoltorio, mientras que en al oído le decía:

  -También le he traído un lomito de zorro; si usted lo desea, se lo dejaré, para que haga usted lo que guste con el; los perros también saben apreciar este potaje.

Luego, solo le pidió, que le permitiera quedarse, para ver que fin le daría a esas carnes y se acomodó en una perezosa, en espera de lo que pudiera acontecer.

Dos horas más tarde, fueron llegando los habituales acompañantes   de   Eugenio    y  después de charlas animadamente, comenzaron a beber una cerveza, que había llevado Alonso y cuando esta se terminó, siguieron bebiendo unos turcos, que Eugenio había mandado preparar:

Don Cesar, que también estaba enterado, de lo que Eugenio había ideado, para embromar a sus contertulianos alcohólicos, entregó los envoltorios que le diera Eugenio en la cocina y les ordenó a las cocineras, que prepararan el almuerzo, usando esas carnes, y cuando le preguntaron que carne era, no supo que contestar, pero luego, después de sonreírse, contestó muy campante:

  -¡Carne de mi chancho y mi chivo, que he matado esta madrugada!

Ese medio día; fue un festín, en el que ponderaron, la sazón de la cocinera Pánfilo   declaró:    que   jamás   había comido  una  carne   de   chancho   tan sabrosa y cuando preguntaron que le habían dado de comer, don Cesar respondió:

  -Este chancho estuvo engordado con maní.

-¡¿Con maní?!

Fue la pregunta, que varios de los comensales hicieron al unísono, respondiendo don Cesar, que también había comido  los potajes, junto con Eugenio y los otros:

  -¡Si!; mis chanchos los engordo con maní; por eso es que tienen un sabor muy especial.

Después  que  consumieron   tan deleitoso potaje, todos salieron al patio y se echaron sobre alfombras, que para el caso tendieron los pongos y se pusieron a tomar el Sol, quedando todos, profundamente dormidos, incluyendo a don Cesar y Eugenio; despertando solo, cuando el Sol comenzó a  ocultarse y el frío serrano del estío, se dejo sentir y calándoles hasta los huesos y causándoles tanto daño, como el verano, que había arrasado con los sembríos de Eugenio.

Eugenio ordenó, que prepararan de inmediato, los consabidos turcos y no tardaron en aparecer los azafates, cargados con vasos y una imponente tetera, con humeante licor; todos cogieron   su   vaso   y  este  acto,  se  fue  repitiendo  con  tanta continuidad, que las mejillas de los participantes de esa reunión, se  comenzaron a colorear, sin acordarse, que todos ellos, en cuanto despertaron, tiritaban de frío y hasta les castañeaban los dientes.

Ese fue el momento, que Eugenio y don Cesar escogieron, para dar a conocer a sus invitados, la procedencia de las carnes que habían comido y todos sin excepción, intentaron arrojar sin existo, siendo entonces cuando don Cesar dijo:

  -¿Qué tanto remilgo?; ¡al fin y al cabo, lo que no mata engorda!; ¡Salud!

Y todos al unísono, levantaron sus vasos,  brindando  alegremente,   para a continuación,    reír    a   carcajadas. Y   felicitaban n  a   Eugenio,   aunque hubo  alguno   del  grupo, que  después comentó:

  -Lo     que    nos    sucedió    en Bambas aquel día, en el que no dieron de comer carne de león y zorro y quizá hasta de perro, lo tenemos bien merecido, por atosigar a don Eugenio, todos los días con nuestra presencia, sin darle oportunidad, ni para mellar (miccionar).

Durante mucho tiempo, quedo en el recuerdo de los que asistieron a ese memorable almuerzo, así como en el de aquellos, que escucharon algunos días después, la narración de lo acontecido y la ocurrencia de Eugenio y no cesaban de reírse, hasta más no poder de la ocurrencia.

CAPITULO XI

LA SEQUÍA

Eugenio fue distanciando, los días de alcoholismo y en ocasiones pasaban, semanas sin que tome una gota de licor, encerrado en la casa haciendas, dedicado a la lectura, de los libros de la cuantiosa biblioteca, heredada por su madre, del abuelo de Eugenio, el Coronel de la Riva.

Cuando pasaron los años, Eugenio recordaba aquel tiempo, en el que permaneció, únicamente con la servidumbre de la casa hacienda y don Cesar, que solo llegaba por las mañanas, para volver a ausentarse, llamado por sus obligaciones.

También recordaba, como el silbido del viento, en aquellas tardes tan tristes, que traía al parecer, el gemido de los hambrientos campesinos, a los que  ya  casi  no había que darles,   para  mitigar  todas  sus necesidades.

Aquel viento, que en ocasiones daba la sensación, del cantar de una tétrica canción, de alabanza a la muerte, de los animales y personas, que iban por un camino seguro, hacia la exhumación de sus vidas; canto entonado por millones de espíritus, que llamaban a sus parientes y amigos, para que mitiguen la soledad que los embargaba, creyendo que solo estando en compañía de ellos, podría desaparecer, sin darse cuenta, que tenían mucha compañía espiritual como ellos y que por más que todos los seres vivientes de la  Tierra, fueran  para  que los acompañen, sentirían la misma soledad; ¡Cada cual en su lugar y cada cosa en su momento!.

A pesar de toda esta soledad, cuando Eugenio se encerraba en su cuarto, podía viajar a lugares distantes, siendo solamente necesario, coger algún libro, merced al cuyo contenido, visitaba distantes lejanos o imaginarios, que lo hacían olvidar, de todo cuanto lo rodeaba y hasta perder la noción de la realidad de la vida que estaba pasando y  leyendo, en ocasiones, pasada de la media noche y hubo alguna oportunidad, que los primeros cantos de los gallos, anunciadores del amanecer, lo sorprendían, sumergido en la lectura.

Ya no tenía  ese insaciable deseo, de ir todas las noches a ver a Isabel, que continuaba viviendo con la hija de su anterior compromiso y el hijo que ambos habían traído al mundo, no por haberse hastiado de ella, sino por tener ciertas sospechas y de ese modo, darle oportunidad, para que ella misma se pusiera en evidencia.

El grado de aburrimiento, cuando no leía, llego a una etapa tal, que se sentía vegetar; ya nada le interesaba, descontando la lectura, devorando libro tras libro y aún deseaba más.

De pronto, sucedió algo que lo hizo recuperar, su estado de ánimo; Javier anuncio, que de Chilia había llegado un oficio, invitándolos a disputar una copa, que se definiría en dos partidos, de ida y vuelta; se jugaría primero en Chilia, para luego definir, en el nuevo campo de La Colmena.

Aceptaron la invitación, contando con los refuerzos que tendría Chicches, pues estaban por llegar dos hijos de don Augusto Cuba, que llevaban con ellos, a dos primos, que estaban  estudiando en el colegio, en el que ellos lo hacían; era suficiente   saber,  que  estudiaban  en  la  Costa,  para  tener  la certeza, que jugaban bien,  por  eso  fue,   que  desde  que  se   recibió esa noticia, se contó, con que los hijos de don Augusto, llevarían dos crack del fútbol y muy animosos los chicchesinos, se dispusieron a ir a Chilia, no a disputar el encuentro, sino a ganarlo.

Cuando llegaron a Chilia, se podía ver que los mismos estragos, que la sequía venía haciendo en el valle del Apushallas, los había hecho en ese hermoso valle, que mostraba una cara de catástrofe, con los sembríos resecos por falta de agua y cosa curiosa, siendo Chilia un lugar tan húmedo, en donde nunca se regaba las sementeras, pues lo que sobraba era el agua, habían tenido que melguiar (hacer acequias) en sus chacras, para regar y así tratar de salvar sus cosechas.

Las mismas caras de desaliento, que se veían en el valle del Apushallas, se veían en Chilia, pero al menos, durante noventa minutos, que duró el partido, la gente se olvido de sus preocupaciones, ocasionadas por la falta de lluvias y río, vivando a su equipo y festejando las conquistas; el encuentro terminó empatado, a pesar de los pronósticos adelantados, que los chicchesinos hicieran, teniendo que decidirse, a la semana siguiente, en el nuevo campo de La Colmena, para saber, quién sería el ganador definitivamente.

El  recibimiento  que  le   dieron   a   la delegación de Chicches, como el agasajo, no fue de la magnitud  de  épocas pasadas; la delegación se circunscribió únicamente, a los once jugadores, que luego, desalentados por el empate, regresaron esa misma tarde, sin aceptar los ofrecimientos de los chilianos, que trataban de atajarlos, pero  con  muy  poca  convicción,  en  sus palabras,  actitud  comprensible,  en  vista  de  la  situación  tan anormal, en la  que se vivía.

Algo similar sucedió, durante el encuentro que se llevó a cabo, en  el nuevo campo de La Colmena, puesto que el recibimiento y el agasajo, después de finalizado el partido, fue un fiel reflejo, de la situación en la que se vivía y también, como cuando los chicchesinos visitaron Chilia, estos se regresaron de inmediato, en cuanto termino el encuentro, después de dar la vuelta olímpica, en vista que se llevaron la copa a su casa, pues los de Chicches, decidieron entregársela, a pesar que el partido terminó empatado, a dos goles por lado. Mientras tanto, nadie había reparado, en que los perros habían huido de sus casas, agrupándose por jaurías, que robaban comida de las casas más alejadas y hasta hubo casos, en los que desfalcaron los cuyeros de las cocinas y mataron y devoraron gallinas y uno que otra cría de ovejas y cabras.

Eugenio dio en andar armado, imitando el proceder de todos los togados y hacendados de la zona, temerosos de encontrarse con una de esas jaurías, que de pronto podrían enfurecerse y atacar.

Primero apareció uno y luego fueron multiplicándose, hasta llegar a ser lo más común, encontrarlos en todos los caminos, siendo como siempre los más afectados, los campesinos de menos recursos y con viviendas precarios.

Por factores desconocidos hasta hoy y achacados a la sequía, fueron atacados por  el mal de rabia, ocasionando muertes dentro del ganado asnal y bovino y sembrando el pánico por doquier, al expandirse el mal, por las mordedoras, de los perros infectados,   tomando   padres    de   menores,   como  primera medida preventiva, la tajante prohibición, de permitir andar por los caminos a sus hijos.

Cuando los adultos salían, lo hacía llevando consigo un palo o un machete, para defenderse de cualquier eventualidad, pero no fue suficiente esta medida, pues muchas personas adultas y aún niños, resultaron mordidas, ante la desesperación de sus familiares, que vieron como la enfermedad tomaba su curso e iba avanzando, hasta transformar a los enfermos en seres casi diabólicos, que muchas veces con engaños, hacían que se acerquen sus familiares y los mordían, contagiándolos.

El  problema de esta índole, que entraba en una casa, solo era atendido por los que allí vivían, sin importarles lo que le sucedía al vecino, el que se comportaba en similar forma, creciendo el egoísmo, hasta límites inconcebibles y junto con el, la crueldad, llegando muchos padres, a encadenar a sus hijos y según narraban un tiempo después, algunas personas llegadas de otros lugares, hubieron casos, en los que los padres angustiados, prefirieron dar muerte a sus hijos enfermos, diciendo luego, que habían fallecido, a consecuencia de la enfermedad.

Según contaron, algunos habitantes de la hacienda Aguambuco, ocurrió un caso muy curioso y comentado tiempo después de sucedido, hasta llegar a oídos de Eugenio y fue, que un padre de familia, que tenía un solo hijo, que fue mordido por un perro rabioso, no tuvo otra alternativa, que encadenar al hijo, desde el momento, en el que la enfermedad le hizo perder la cordura y mantenerse fuera del alcance de sus dientes, pues se corría el peligro de ser mordido e infectado, alcanzándole la comida con un palo, con el cual arrimaban el plato de alimentos, hasta que el enfermo pudiera alcanzarlo.

La enfermedad iba avanzando  y  cada  vez le nublaba más el entendimiento, hasta animalizarlo; en uno de los momentos de lucidez del enfermo, el padre arriesgándose, fue hasta donde su hijo estaba encadenado y le hizo beber el sumo de la penca blanca, desesperado, por no tener que otra medicina proporcionarle.

Esa noche el hijo gimió y gritó, mordiendo  el  poste  en  el   que estaba encadenado, tal como lo venía haciendo, desde que la enfermedad tomara cuerpo, pero casi al amanecer, se tranquilizo y cayó profundamente dormido; transpiro mucho y como continuaba durmiendo, el padre se acercó y nuevamente lo hizo sorber otra porción del sumo de la penca; pero cuando ya casi acababa de consumir esa poción, abrió los ojos enrojecidos y miro al padre, como lo hubiera hecho un anima; el padre se quedo helado del espanto, pensando que el hijo lo iba a morder en cualquier momento, pero luego se tranquilizó, cuando el hijo se rió y a continuación, le pregunto: 

  -¿Te asusté papá?

 El joven estaba curado. 

CAPITULO  XII

DESILUCION

De pronto, una tarde el cielo se nubló y ennegreciéndose, comenzaron a caer goterones y a continuación, comenzó a llover a cántaro y lo hizo durante tres días y tres noches, corriendo el agua por las chacras, en las que solo quedaban vestigios, de haber estado sembradas, por los retorcidos tallos de maíz o trigo, que ya no tenían salvación; cuando el sol brillo, la vida volvía a mostrarse y con ella, la esperanza; la rabia desapareció, tal como había llegado, siendo los pocos perros rabiosos, que aún quedaban,  exterminados; otra vez se dejo escuchar  el  trinar  de  los   pajarillos y  los  campos  se  poblaron  de   flores
silvestres, que fueron visitadas por miríadas de mariposas multicolores; nuevamente cantaron los pastorcillos por las alturas y caminos, mientras arreaban sus ovejas felices, porque habían pastos suficientes.

No obstante, Eugenio sentía que se ahogaba, por esa razón decidió salir de viaje, se dijo que lo mejor sería viajar a Lima y reencontrarse con su madre, su padre, sus hermanos y sus antiguas amistades.

Eugenio; después de hacerle saber Isabel, que iba a tardar no menos de un mes en Lima, por lo cual no debería esperar que regrese, hasta por lo menos cinco o seis semanas, partió en una mula, que era conocida como la chola; mula muy especial en su especie, ya que como ninguna, tenía los ojos tan saltones, que parecía que iban en cualquier momento, a saltar de sus órbitas; además, era muy ligera y segura, pero había que viajar sobre ella muy atento, puesto que era pajarera o sea muy asustadiza y cuando menos se pensaba, el jinete resultaba en el suelo y ella partía a la carrera, regresando a su pesebre y dejando a su jinete tirado en el camino.

Llegó temprano a Retamas y se quedo hospedado en el. Hotel de la señora Dorila, que había estudiado con su madre, la señora María; allí estaba también el hijo de la dueña del hotel, llamado Egberto, que hizo gran amistad con Eugenio y como muestra de esta, la mula Chola se quedo en sus corrales, hasta el regreso de Eugenio.

Al día siguiente de su llegada a Retamas, Eugenio salió con destino a Trujillo, en la camioneta de don Segundo y de allí, prosiguió viaje a Lima, sin ningún problema, en donde encontró a su madre, a su padre  y hermanos, con felicidad.

También pudo ver,  a sus pequeños sobrinos y gozar del calor familiar; hablo muchas horas con su cuñado Hernán y le contó su problema, que consistía en no tener un derrotero seguro y encontrarse0 muy aburrido, porque la hacienda Bambas, no le ofrecía expectativas de ninguna clase; había probado lo que significaba, perder todo, absolutamente todo, solo por un capricho de la naturaleza y no le había gustado, de modo que no deseaba repetir la experiencia.

Fue también a ver a su padre, con quien charlo como si fueran dos viejos amigos; lo encontró lleno de vida y con deseos de continuar viviendo, por lo menos unos treinta años más; fue en esa oportunidad, en la que le pregunto, acerca de todo lo que había escuchado, de los sucesos de Tayabamba y por boca de su padre, se  enteró,  de  toda   la   verdad,   desvirtuando   de    ese modo, los cuentos ficticios, que corrían al respecto, en los cuales, el capricho de los narradores, cambiaba totalmente los hechos.

Salieron juntos a la calle; fueron al círculo Militar y de allí, a la Sociedad de los Defensores Calificados de la Patria, a la que su padre pertenecía, por mérito propio y por el de sus ancestros, los que en realidad eran considerables; siendo en esa oportunidad, en la  que le dijo:

  -¡Hijo!; si quisieras, también podrías pertenecer a esta Sociedad, en mérito no solo a mi rama familiar, sino también a la de tú abuelo, el Coronel Virgilio y su padre, el Coronel Felipe Santiago. Este último, no solo fue benemérito de la patria en el Perú, sino también en Chile, según tengo entendido, llegando a ser considerado, el libertador de una sección de esos territorios.

Eugenio aprovecho la oportunidad, de encontrarse en Lima, para ir a visitar a sus amigos de la infancia y fue así, que estuvo en la casa de Zanahoria, en donde recibió los afectos maternales, de la señora René, madre de sus amigos e intervino en una de las memorables timbas, (juego de azar) que solían organizarse por ese tiempo, en la mencionada casa de Zanahoria; bebieron unas cuantas cervezas y rieron, recordando sus travesuras infantiles, para hacer lo propio con las de púberes y por último de adolescentes.

Era casi de noche, cuando Eugenio salió de la casa de sus amigos y como estaba hospedado en la de su hermana Raquel, que vivía en San Isidro, fue caminando hasta la Avenida Larco, en donde se propuso tomar un colectivo; pero cuando intentó subir a uno, sintió una mano, que lo sujetaba por el brazo y una voz que le decía:

  -¡Eugenio!; ¿donde te has metido todo este tiempo?

Eugenio, se quedo congelado por la sorpresa, pues no veía a Armada, desde aquella vez, cuando ambos eran adolescentes y su tía, enterada de los furtivos amores que tenían, la mando con su mamá a Piura.

Recordó, los descabellados planes que habían elaborado y las promesas de amor eterno, así como los momentos de ternura, que habían pasado juntos, en el bosque de San Isidro y no pudo dar crédito sus ojos, al ver delante suyo, una mujer hecha y derecha, que por cierto, había ganado hermosura. ¡Si!; “era una real hembra“, según expresiones acostumbradas, por el padre de Eugenio. Se encontraba en estas cavilaciones, cuando Armada lo saco de su abstracción, diciendo:

  -¡Eugenio!; ¡Que bien estas!

Pero lo dijo con tal tono de voz, mientras su mirada recorría todo su cuerpo, que logro avergonzarlo, lo cual fue captado por ella, que riéndose, le puso una mano en el pecho, mientras le decía:

  -¿Acaso has olvidado nuestras promesas?

Un nudo, se formo en la garganta de Eugenio, pero reaccionó a tiempo y el ser lujurioso, que cohabitaba con el en el mismo cuerpo, tomo cartas en el asunto, al darse cuenta de las veladas promesa, que se traslucían en esa actitud, apoyadas por sus palabras y fue así,  que  tomando  a  Amanda  por  un  brazo,  la atrajo hacia sí y cuando tuvo su linda cara muy
junta a la suya, le dijo con una voz apasionante:

  -¡No Armada, no las he olvidado!;  ahora puedo hacer realidad esos sueños.

  -¡Eugenio!; nos están mirando!

Fueron las palabras de Armada, que volvieron a la realidad al joven, que muy azorado dijo:

  -¿Podemos ir a un lugar más discreto, para poder hablar con más libertad?

Armada fue en ese momento, la que se puso roja de vergüenza y solo atino a responder:

  -¡Caramba Eugenio, cuanto has madurado! ¿Quién podría reconocerte ahora?

Y a continuación, en respuesta a lo que Eugenio le había preguntado dijo:

  -Si; claro, claro, como tu quieras.

Eugenio, durante los últimos años pasados en Lima, por informes de su amigo Oscar, se había enterado, de la existencia, de un lugar, llamado MI CHALET, en donde con mucha discreción, daban servicio a las parejas, deseosas de amarse con mucha privacidad, por lo cual,  paro un taxi, dispuesto a pedirle, que lo llevara hacia allí, pero cuando se disponía a dar la orden al taxista, Armada intervino y le  dio  una  dirección  de Lince y seguidamente, saco de su alelamiento a   Eugenio,  para  con mucha decisión decirle:

  -¡Allí es donde tengo mi depa!; vivo sola.

Una vez que estuvieron dentro del  taxi,  dejaron  todo disimulo de lado  y se abalanzaron el uno contra la otra y viceversa, abrazándose y besándose desaforadamente. Hicieron el recorrido hasta el departamento de Armanda, en donde estuvieron hasta el día siguiente, reviviendo el idilio vivido en su pubertad, aportando en esa ocasión, todas las experiencias adquiridas, durante los últimos años, por ambos.

Mientras se amaban, fueron descubriendo sus vidas íntimas, hasta que llegó un momento, en el que Armanda, muy emocionada, hablo de esta forma:

  -¡OH Eugenio!; no sabes cuanto te he extrañado; me enteré que me buscaste, pues no bien cumplí la mayoría e de edad, regrese a Lima, a casa de una tía, hermana de mi papá, que vivía en Barranco, me acogió y en cuanto conseguí trabajo, fui a buscarte y en tú casa, Ruth tú hermana, me dijo  que  vivían   en Trujillo, pero no pude comunicarme contigo, hasta hoy, que nos hemos encontrado de casualidad; nadie me daba razón de ti y hasta hubo, alguien, que me dio la noticia de tú muerte; llore desconsoladamente, pero luego me    resigné  y   como   la   vida continúa, viví y aquí me tienes.

Luego le dijo, que estuvo estudiando secretariado bilingüe y que dejo de estudiar, al conocer a un ingeniero industrial, con el que se había casado, hacía un año, pero con la condición, que la dejara proseguir sus estudios y debido a eso, era que se encontraron; ella estudiaba, una cuadra más allá, de lugar, en donde habían tenido su encuentro. El marido, era un joven chiclayano y se encontraba en esos momentos ausente, pues su trabajo era en La Oroya, de donde salía a Lima, cada quince días; hacía solo dos, que se había reintegrado a su trabajo; después de decirle esto, con mucho apasionamiento,  besándolo en todas partes, continuo diciendo:

  -¡Tienes que quedarte conmigo!, por lo menos diez días, para remunerarme, de todo el tiempo que me faltaste.

Cuando  el  reloj  marcaba  las  siete  y  media  de  la mañana, salieron juntos del departamento; ella en dirección a su academia y el a la casa de su hermana Raquel y solo se separaron, después que Eugenio le prometiera a su amada, regresar y efectivamente lo hizo, pues durmió con ella, durante tres noches seguidas, más no queriendo continuar, engañando a  su antiguo amor y vivir de sueños del pasado, pues Armanda tenía un marido y un porvenir familiar junto a él y Eugenio, no quería romper esa posibilidad, de ser feliz, a su amada y aunque sabía, que no la podría olvidar, ni  ella  a   él, estaba   debían  separarse   y   al   día   siguiente, salió de viaje. 

El  retorno   de   Eugenio   hasta Retamas, fue normal y exento de cualquier novedad, digna de ser narrada; en Ranapanpa,  su amigo Egberto, le pidió que se quedara en su hotel esa noche, pero Eugenio, deseoso de volver y ver a Isabel, declino el ofrecimiento y por más que Egberto le hizo ver, los inconvenientes de viajar de noche, el simplemente lo replico de esta manera:  

  -Tengo buena mula, inmejorables espuelas y me precio de ser buen jinete, así que no veo algún inconveniente, que sea de consideración,  como para aplazar mi viaje.

Serían las diez de la noche, cuando Eugenio llego al Alto Del Viento y desde allí, contemplo las titilantes y pequeñas lucecitas, de algunos lamparines de kerosene, que los habitantes de Huayaocito, acostumbraban hacer que amanezcan y guiándose por ellas, pues la noche era estrellada, pero la Luna aún no había salido, hacia allí se dirigió.

Llegó sigilosamente, por la parte trasera de la casa de Isabel, deseando sorprenderla gratamente; le llevaba un lindo vestido de seda brasileña, que había comprado en Lima, así que se bajo de la mula, lo más silenciosamente posible y después de atarla a un árbol de huarauya, que allí había, se acerco, dando la vuelta a la casa, para llegar por la puerta del frente. De pronto, del cuarto en el que dormía Isabel, salió un hombre desnudo,  llevando  en  las   manos   sus   vestimentas  y saltando por sobre un cerquito, que separaba el patio de la casa, con un corralito sembrado con maíz y se perdió entre las sombras de la noche, veloz, como alma que lleva el diablo.

Eugenio no necesitaba más evidencias, para comprender lo que sucedía, ya que por convenir a la privacidad, que Isabel y él necesitaban, para llevar adelante sus relaciones, la madre había dispuesto esa habitación, para ella y sus hijos.

Sin esperar un solo segundo más, Eugenio, haciendo lo posible por no hacer ruido, se dirigió hasta donde estaba amarrada su mula y después de desatarla, monto y trato de partir hacia la casa hacienda, pero de pronto, la mula no obedecía, porque estaba sujeta de la brida, por la mano de Isabel, que había salido y al reconocer a Eugenio, trataba de atajarlo, para llevarlo hasta su habitación y una  vez  allí,   haría   lo   indecible,  como  para convencerlo, que el día era la noche, contando para ello, con las fogosidad, que le conocía a su amante.

La mula que Eugenio montaba, era sumamente briosa y hubiera bastado, que el jinete la espueleara levemente, para que esta hubiera partido, haciendo rodar a Isabel y quizá, la hubiera lesionado gravemente, por lo cual, Eugenio se contuvo y sujeto al animal con las riendas tensas; la mula entro en torneo, arrastrando a Isabel, que en cada vuelta, perdía pie, hasta que soltó las bridas, lo que la mula aprovechó, para salir disparada y no parar hasta llegar a la casa hacienda. En la vertiginosa escapada, Eugenio pudo escuchar a lo lejos, los ruegos de Isabel que le decía:

  -¡Regresa Eugenio!; no te vayas por favor, hablemos, podemos comenzar de nuevo

Desde ese instante, Eugenio consideró, roto, todo compromiso sentimental con Isabel y solo se acordó de ella, como la madre de su hijo, al que intentó recoger, hasta que llegó el  día,  en  el que estando ella ausente, convenció a la abuela y se llevó consigo a su hijo, teniéndolo en la Selva, hasta la edad de quince años.

A pesar de lo oscuro de la noche y de lo intempestivo de la salida del sujeto, que había salido del cuarto de Isabel, Eugenio tuvo la certeza, casi segura, que esa persona, era su primo Javier; esta duda prevaleció, hasta que años más tarde,  Eugenio al encontrarse con su primo, este, entre risas, le confirmo sus sospechas.

Durante largo tiempo, la costumbre de Eugenio, de ir  a  dormir a casa de Isabel, prevaleció, al extremo, que en muchas oportunidades, detuvo su cabalgadura, cuando después de una reunión con amigos o familiares, durante la noche, dirigía su mula en dirección a la casa de Isabel, sorprendiéndose, pensando en ir a suplicarle, que reconsideren sus actitudes y restablezcan relaciones, pero el orgullo fue más fuerte que la claudicación que pensaba.

Sin embargo, una noche, en la que después de haber pasado, casi todo el día, bebiendo en compañía de sus compadres, Carlos Cuba y Javier Guillén; habiendo caído dormido este último, su compadre Carlos, le propuso ir a recalar a la casa de Isabel y casi sin darse cuenta de lo que hacía, posiblemente, acicateado por sus deseos internos, llegaron hasta allí.

Fueron muy bien recibidos y esa noche, Eugenio durmió con Isabel, mientras que a su compadre Carlos, le acomodaban una camita en el suelo, después de haber hecho dormir a la madre y a una criada que allí tenían, emborrachándolas, hasta hacer que canten chuscadas y waynitos, al son de una guitarra, rasgada por Eugenio.  Muy temprano, Eugenio recapacito y sin escuchar ruegos ni reconvenciones, montó en su mula y partió en busca de su otro compadre, con el que continuaron bebiendo, hasta que llego a reunirse con ellos, don Carlos Cuba.


CAPITULO  XIII

AMORES DEL PASADO

Días después, Eugenio, se sentía el ser más  desdichado  de  la  tierra  y  en un momento de inspiración, escribió una cuarteta, en la que se sintetizan sus sufrimientos, a causa de Isabel,  que dice así:

Creí por un instante que me amabas
Por el abrazo irracional de tus entrañas
Más luego comprobé que me engañabas
Pues eso; no era amor
Eran patrañas.

Durante algún tiempo, su pasatiempo, además de los dominicales partidos de fútbol, eran las tertulias en Chicches, a las que concurrían, además de sus compadres Carlos Cuba y Javier Guillén, Don Iraldo Sánchez, Pánfilo y los eventuales visitantes shilicos, que en sus raids comerciales, pasaban por allí.  

Desgraciadamente, todas estas reuniones, terminaban en fenomenales borracheras y con ellas, los recuerdos se agolpaban en la mente de Eugenio, que muchas veces, deseaba estar muerto.

La monotonía de la vida para Eugenio, había tomado dimensiones alarmantes y posiblemente, alguno de esos días iba a terminar sin vida, como consecuencia de las locuras cometía,   estando borracho, como meterse en la laguna de Huampucocha en plena granizada o cabalgar de espaldas en su briosa mula o aún peor; enviar por algún caballo o mula indomable, para amansarlo al estilo tejano

Este estilo muy conocido por las películas de vaqueros; o sea, encerrado en un consejo de la casa hacienda, montando el animal, después eso si, de haberlo colgado no menos de medio día para bajarle los humos; hasta que un día, en el que tenía un caballito canelo, tan mañoso, que no solo corcoveaba, sino mordía, como una salvación para Eugenio, se enteró de la inminente llegada de la tía Carina, que con su séquito, iba para establecerse en la casa hacienda de La Colmena, para pasar allí una temporada.

Se suponía; que Eugenio, con la presencia cercana de su tía Carina, dejaría de hacer tantas locuras y efectivamente fue así; envió a los corrales  el  potro  canelo,   se   afeito y con sus  mejores  galas,  fue   hasta   el  Alto  Del Viento, en donde esperó y auxiliado por un larga vistas, oteo el horizonte, hasta que distinguió a lo lejos, un grupo de caballistas, que se aproximaban a buen paso.

Sin poder esperar por más tiempo, Eugenio monto en su mula y se dirigió rectamente, hacia el lugar por donde venía el grupo, entre los que pudo distinguir claramente, a dos mujeres, seguidas por un hombre sin sombrero y un arriero, que conducía tres acémilas de carga.

Cuando Eugenio se encontraba a una distancia, desde la cual podía distinguir con más claridad, vio con estupor, que el hombre sin sombrero, era un sacerdote católico y las mujeres, una su tía Carina y la otra, nada menos que Marcela, una chica de Bambas, que la tía Carina había criado, desde los ocho años de edad y de eso ya hacían doce.

Durante la estadía de  Eugenio  en  Trujillo,  cuando  para  estar junto con sus primos hermanos Virgilio, hizo su traslado del colegio Alfonso Ugarte de Lima, al San Juan de Trujillo, se hospedó en casa  de  la  tía  Carina y allí tuvo  la   oportunidad  de  conocer muy íntimamente a Marcela, con la que vivieron un efímero romance, a pesar de las diferencias sociales.

El sacerdote; fue el primero en enfrentarse a Eugenio y al llegar a la altura a la que se encontraba este, levantó una mano, tal como se ve en las películas que hace el Papa y saludo con las siguientes palabras:

  -¡Que la paz sea contigo hijo mío!

Eugenio, contesto el saludo, al estilo que le habían enseñado en el colegio Salesianos de Lima, en donde había estado interno, durante un año, diciendo:

  -¡Y con vuestro espíritu!

Casi de inmediato, llegaron a ese lugar, la tía Carina y Marcela; Eugenio, hizo emparejar su mula con el caballo Ali Khan, un magnífico alazán tostado, que montaba su tía y dándole la mano, con el respeto que se tiene a una madre, la saludo, deseándole una buena llegada y mejor estadía.

Mientras Eugenio saludaba a su tía, pudo ver con el rabillo del ojo, como Marcela lo examinaba con gran detenimiento, pero también se percató que no era con la curiosidad de cualquier persona, sino como si lo  aquilatara como varón, sintiendo la calidez de su mirada y por la expresión de su rostro, supo al instante, que había sido aprobado, lo cual le agradó, debido a lo cual, comenzó a  pensar en una  posibilidad  inmediata  de   una aventura, pensando, en que solo tenía que avivar la llama del pasado, según aquel dicho que reza:

  -¡Donde brasas hubieron cenizas quedaron!

Comprobando, en cuanto se acerco a ella, que no estaba equivocado y para asegurar la conquista, antes que otro lo pudiera adelantar, cuando le dio la mano, hizo lo mismo que Oscar, (Pulga) le había enseñado, rascarle la palma de la mano, con uno de sus dedos y vio una disimulada sonrisa, pugnando por aparecer en los labios de Marcela.

El viento era muy fuerte, por lo que Eugenio, tuvo que hablar a gritos, para poder ser escuchado; contestando y su tía, que le preguntaba, acerca los más saltantes acontecimientos del valle, así como sobre la salud y situación de los personajes principales, de los  cuales la mayoría eran sus parientes.

Cuando bajaban los guengos (desarrollos), de Los Amarillos, Eugenio, emparejó su cabalgadura con la del curita y por la conversación que sostuvieron, se fue enterando, que pertenecía a la conocida congregación de Santo Domingo; que era de nacionalidad española y que iba acompañando a la tía Carina, en misión evangelizadora, iniciando su periplo, en el valle del Apushallas.

Cuando el grupo, llego a la altura de la portada, de la casa hacienda de Bambas, Eugenio invito a los viajeros, a que pasaran a descansar un momento, pero la tía Carina, declinó la invitación y prefirió continuar, descendiendo hacia la casa hacienda de La Colmena.

La   tía   Carina,   siempre   había  sido  melodramática  y  muy extrovertida en  sus sentimientos, por lo cual, la despedida con Eugenio, fue como si fueran volver a verse, por mucho tiempo después, aprovechando la tía la ocasión, para invitar al sobrino, a ir a su casa, en donde se celebrarían oficios religiosos, desde esa tarde, a partir de las siete de la noche. 

En realidad, Eugenio no hubiera necesita de esa invitación, para irse de plantón a la casa hacienda de La Colmena, pues ya le había echado el ojo a Marcela y deseaba reverdecer, los jardines floridos, del romance de antaño y como para asegurar su basa, una vez más, al despedirse de ella, después de percatarse meticulosamente, que nadie lo veía o escuchaba, deslizo en su oído,  la siguiente frase:

  -¡Estas linda Marcela!

Ella, como si hubiera recibido un ramalazo, de energía eléctrica, vivamente volvió el rostro, en el que Eugenio vio, una expresión de satisfacción, que trataba de ocultar, respondiendo en un tono, en el que trataba de mostrar burla, que más bien sonó, como a despecho contenido,  cuando dijo:

  -¡¿Ah sí?!: seguro que lo mismo, andarás diciéndoles por allí a  ya me han dicho, que estás muy cotizado por aquí. 

Eugenio tuvo que quedarse con las ganas, de aclarar este aspecto, del punto de vista, que Marcela tenía de él, pero ella pico a su cabalgadura, que se alejo trotando, hasta alcanzar al grupo,  que   le   habían   sacado  cierta ventaja. Unas horas más tarde, Eugenio se alistó, para ir ha hacerle, la primera visita a su tía; monto en su mula y muy alegre, tomo  el camino, a la casa hacienda de La Colmena, en donde encontró un revuelo inusual; todos los pongos que vivían allí, más otros venidos a última hora, estaban en movimiento, desenfardando y poniendo las cosa en su lugar, mientras la tía Carina, se alistaba, para asistir al primero de los oficios religiosos, que el curita Florentino Alcañiz, ofrecería esa tarde.

Eugenio, asistió de entre los primeros, a la misa que oficiaba el curita Florentino y trato de colocarse cerca de Marcela, para continuar el asedio, pero le fue materialmente imposible y tuvo que contentarse, con mirarla desde lejos y cada vez que ella, disimuladamente lo buscaba con la mirada, el se hacía, como si estuviera reconcentrado, en lo que el curita hacía y decía, para no mostrar mucho interés y así, tener la llama viva.

Cuando el sacerdote, dio por terminado el oficio religioso, Eugenio espero, a que todos salieran, con el fin, de poder ver pasar a Marcela y si le era posible, alcanzarle un papelito, que tenía preparado, en el que le pedía una cita, en el corral de La Laguna, que estaba al borde de la casa hacienda.

Tuvo la satisfacción, de poder entregarle la misiva y ver la cara radiante de Marcela, al recibirla,

pero cuando se disponía a salir de la capilla, una mano poderosa lo tomo por un brazo y al darse vuelta, se encontró con la mirada severa, del curita Florentino Alcañiz. Muy sorprendido, sospechando que el sacerdote lo había visto, cuando entregaba su carta a Marcela, Eugenio, miro interrogativamente a este, que suavizando su expresión y con ella la mirada, muy pausadamente, como cuando se reconviene a un hijo, le hablo de esta manera:

  -¡Hijo mío!: he averiguado cuatro cosillas tuyas y no son dignas de un buen cristiano; creo que ya estás en edad de contraer matrimonio y formar un hogar digno; yo estaré siempre esperando por ti y aquella a la que hubiereis escogido; posiblemente, será digna de un hombre, nacido bajo la sombra de nuestro señor Jesucristo, dejad de pispiripiar, que tu tiempo  ya se está pasando; ¿No lo crees así hijo mío?; ¡anda, anda hombre! y pensad bien, en lo que os he dicho.

Eugenio sintió, que las palabras del curita, le habían llegado al fondo del corazón y se decidió a pensarlo, con mucho interés y detenimiento, pero eso sería más adelante, después que cobrara la pieza de caza, que ya estaba en su bolsa y en lo que respecta a pensar en Marcela, para incluirla en sus posibles planes de matrimonio, ¡no!, ni pensarlo, pues no reunía las condiciones, que él esperaba encontrar, en la mujer digna, de llevar su nombre; ¡no, de ninguna manera!.

Marcela, no fue a la cita y Eugenio, cansado de esperar, se fue a su cama, pero le fue imposible conciliar el sueño, amaneciendo cansado y de mal humor, se dispuso a esperar la hora, que fuera más conveniente, para ir a La Colmena.

No obstante este primer fracaso, continuó asistiendo a los oficios religiosos, que el curita ofrecía todas las tardes, e inclusive, el tercer día, de la llegada de su tía, asistió a un almuerzo, que su tía ofrecía a todas sus amistades y parientes y después de concluido este, se reunieron en un patio interior y  se fueron sentando, sobre las alfombras, que los pongos de la hacienda colocaron, tendidas sobre el césped, bajo el manto, de la bienhechora sombra, de los eucaliptos, en los  que  algunas  enredaderas  del florido jardín, que  allí  había,  habían  logrado llegar, a esas alturas y arrullados, por los gorjeos de los pajarillos, que habían escogido aquel lugar para poder  anidar,  en vista de la paradisíaca paz, que se respiraba.

Se formaron grupitos y Eugenio tuvo especial cuidado, en integrar el grupo, en el que estaba el sacerdote; hablaron de muchas cosas, en especial del país del curita, “la madre patria” hasta que tocaron, un punto de mucho interés para Eugenio: “El Magnetismo”.

Los presentes, fueron informando, acerca de lo que de este tema sabían y Eugenio, trato del hipnotismo; lo que fue el preámbulo, para que el curita, hablara, del magnetismo, que poseen todas las cosa, inclusive el pensamiento, puesto que también es materia.
 
Ante la incredulidad de los presentes, debido a lo rústico de su educación, que eran casi todos los invitados, pero siendo el tema  de tal interés, casi todos, se habían ido acercando al grupo y el curita, este optó por hacer una demostración.

Sacando un reloj Longines Tres Estrellas, que tenía colgado de una cadena, sujeta a su cintura, lo colocó cual un péndulo, encima de un charco de agua y cerrando los ojos, espero; de pronto, el reloj comenzó ha  hacer un movimientos circulares y cuando el curita abrió los ojos, estos cesaron.

Luego explicó, que para que el movimiento se lleve a cabo, el sujeto portador de la energía, que transmitía el movimiento al reloj, tenía que poner la mente en blanco; también explicó, que el agua reaccionaba con un movimiento circular, pero los otros elementos, con otro diferente y que  ese  magnetismo,  se  podía utilizar también, aunque no era recomendable hacerlo, para averiguar cosas del futuro, que solo le correspondían a Dios, pues el hombre, aun no estaba preparado, como para utilizar ese recurso.

Para poner en movimiento, esta grandiosa fuerza, se tenía primeramente,       que    poner la   mente   en   blanco,   fijando previamente una regla, por axial decirlo, mediante la cual, por ejemplo, se condicionaba, que lo positivo de lo que se trataba de averiguar, se manifestara por un movimiento del péndulo, en un sentido tal o cual y lo negativo, en sentido contrario,  pero  una  y   varias   veces, recomendó, no utilizar este método, en ningún caso, pues eran fuerzas, como ya había explicado, que aún el hombre no podía controlar.

Luego, como para despejar dudas, dio el reloj a varios de los presentes, que lo pusieron encima del charco de agua y este, indefectiblemente, tomaba movimientos circulares. Eugenio quedo convencido, porque estaba preparado para ello, que las vibraciones de cada cuerpo, afectaban al péndulo. Pero no sucedió lo mismo, con  la  mayoría  de  los presentes, que luego, cuando el sacerdote estuvo ausente, comentaron al respecto, tildándolo de loco o de brujo.

Después de esto, Eugenio buscó la oportunidad, como para estar a solas con Marcela, pero no tuvo que hacer mucho  esfuerzo,  pues  al  parecer, ella andaba tras el mismo objetivo, ya que en cuanto se encontraron en la sala, en donde estaban solo algunos pongos presentes, a la pasada tomo la mano de Eugenio y depositó en ella un papelito, en el que lo citaba, para que fuera a esperarla, en el corral de  La Laguna,  en  cuanto  se 

Desde ese momento, a Eugenio le fue imposible, mantenerse sereno, por lo que optó, por montar en su mula e irse hasta Chicches, en donde se sentó en el alto, que se encontraba a la salida del pueblo, como quién va al Temple y desde allí, se puso a contemplar el corral Piedra Rajada y todos los otros que estaban antes o después de Umbría, gracias a una esplendorosa luna, que permitía ver, casi como si estuviera de día, no obstante, no podía pensar en otra cosa, que no fuera el momento aquel, en el que se encontraría con Marcela y tuvo que hacer denodados esfuerzos, para contenerse y no ir atropelladamente y tomar de una mano a la chica, para llevarla hasta el lugar de la cita.

Al fin, no pudo soportar, por más tiempo la espera y  montando nuevamente sobre su mula, se dirigió rectamente, a la casa hacienda de La Colmena, en donde encontró, que el curita Florentino Alcañiz y sus eventuales ayudantes, estaban haciendo los últimos preparativos, para poder  llevar  a  cabo los servicios
religiosos, de esa tarde.

Se escabulló como pudo, de las personas que trataron de atajarlo, para entablar conversación, alegando, que tenía que colocar su mula al pasto y con la mayor discreción, se introdujo, en el corral de alfalfa de La Laguna y amarrando su mula en una estaca, después de aflojarle la cincha y quitarle el freno para que coma, se ocultó entre las sombras de la noche y  las de los gigantescos Eucaliptos del lugar, aguardando.

Nuevamente, como en oportunidades similares, la espera que tuvo que hacer Eugenio, fue un verdadero suplicio de Tántalo, cuando devorado por la impaciencia, como le devoraban las entrañas al mítico personaje,  creyendo  que  nuevamente  había caído, en el coquetón engaño de Marcela, se disponía a marcharse, porque le era imposible enfrentar a nadie, sin mostrar su enojo, sintió la mano de Marcela, apoyada en uno de sus brazos y sin poder contenerse, teniendo a su lado a la mujer que le consumís el seso, la abrazo con violencia extrema, haciendo por esto, que ella lanzara un gemido y no pudiendo soportar el peso de Eugenio, rodó con él, por  entre las matas de alfalfa y ardiendo, en el fuego de su pasión, se amaron con desesperación, mordisqueándose, como dos fieras salvajes.

Ya calmados, se sentaron en el suelo y abrazados, se reprocharon mutuamente, la separación del pasado, pero para subsanar todo esto, se prometieron continuar amándose y de ese modo, sellaron su compromiso de amor, sin fijar metas futuras, tal como hacen los jóvenes y ellos lo eran; solo les interesaba, el presente, pues en cuanto a lo por venir, ya se vería más adelante.

Como se sentían cansados, pero insatisfechos, aunque teniendo aún muchas cosas que mostrarse y decirse al oído, muy abrazados, mientras se amaban, esperando el amanecer, decidieron, que Eugenio aguardara allí y cuando todos se hubieran dormido, Marcela regresaría y guiaría a Eugenio hasta una de las cama, que habían en el cuarto de aperos, para juntos y muy abrazaditos, pasar la noche.

Eugenio   espero   muy    impaciente,  interpretando   cualquier ruido de la noche, como los que deberían hacer, los pasos de Marcela y tratando de calmar a su mula, que impaciente pateaba el suelo, de vez en cuando, le dieron la una de la mañana, hora en la que sin querer esperar más, monto su mula y partió con dirección a la casa hacienda de Bambas, pensando que al fin y al cabo, no  había  sido  tiempo  perdido,  el  pasado allí, puesto que se había sacado el clavo y había tenido a Marcela, suspirando y quejándose entre sus brazos; al día siguiente, sería otro día y ya se vería, si es que podía obtener, otros momentos de amor; estaría feliz.

Con la moral muy en alto, Eugenio fue al día siguiente, hasta la casa hacienda de La Colmena, pensando que la tía Carina, no le había permitido a Marcela, asistir a la cita, no obstante, pensaba que al fin, había conseguido quien reemplace a Isabel y así pensando, recordó, que mientras se amaban, había influido en el ánimo de Marcela, para que cuando la tía Carina, decidiera marcharse, ella pidiera quedarse, en la casa de sus padres y él ya vería la forma, de convencer a sus progenitores, para que consientan, que le haga visitas; al fin y al cabo, en Bambas habían buenas chacras, que los padres de Marcela podrían sembrar, sin tener que pagar los jornales de arriendo, que se acostumbraba; sería su obsequio y el precio por la facilidad, de poder disfrutar, libremente de su amor.

Eran las ocho de la mañana y el curita Alcañiz, estaba celebrando la última misa, que pensaba hacer en esa capilla, pues tenía planeado, hacer un viaje en  peregrinación, a otras capillas de los anexos y haciendas vecinas.

Eugenio no pudo ver a Marcela, pues en la capilla, solo estaban, su tía Carina y Rosa, la dama de compañía, que había contratado y por más que trato de averiguar, algo al respecto, le fue imposible hacerlo. 

No viendo a Marcela por ningún lado, Eugenio supuso que por alguna razón desconocida por él, ella se había quedado en la casa hacienda, así que hacia allí se dirigió y como tampoco allí logro encontrarla, cogió a uno de los pongos del servicio de su tía Carina y mediante algunas monedas, consiguió el informe fidedigno y concreto, de lo que había ocurrido esa noche pasada, cuando el pongo, hablo, narrando lo que a continuación sigue:

 “Desde que la señora Carina llego a La Colmena, se dio cuenta, que durante las noches, la Marcela se escapaba y regresaba al amanecer a su cama; no queriendo levantar sospechas y ponerse en evidencia ante la china, que se  había dado cuenta de sus escapadas, la señora encargo, que vigilaran a su criada y fue así, que esta medida dio los resultados apetecidos y anoche, avisada la señora de la dirección que esta había tomado, fue hacia allí y la sorprendió completamente desnuda, abrazada con uno de los lecheros y de inmediato, arrojó a ambos fuera de la casa; Marcela ha sido recibida en casa de sus padres y allí permanece hasta ahora”.

Eugenio muy compungido, sin poder mostrar ante nadie su dolor, intento irse a la casa hacienda de Bambas, pero cuando estaba por montar sobre su mula, le paso la voz el curita que le dijo:

  -¡Jovencito Eugenio!; casualmente andaba buscándote, pues deseaba tener unas conversación de hombre a hombre. Eugenio algo intrigado, pero sospechando, que quizá el curita había logrado sorprender, algo relacionado con  el encuentro amoroso que tuviera la noche anterior, se dispuso a recibir un sermón, pero al mismo tiempo, preparó su  defensa,  basada  en su calidad de joven soltero y sin compromisos y algo más calmado le dio al curita el consentimiento, como para que iniciara esa conversación:

  -¡Mira chavalillo!; desde que llegue aquí, me he enterado de muchas cosillas, relacionadas a ti y la convivencia que acostumbras llevar con algunas mozas del lugar; aunque para mi, esto no podría ser llamada convivencia, sino CONCOCHINADA; ¿no crees Eugenio, que eso es muy mal visto por Dios?; deberías casarte hombre.

Eugenio  permanecía  callado  y mirando al suelo, pensando para su capote:

  -“Que impertinente y metejón es este curita”, pero se guardó de responderle como creía que debería y calló, pero el curita como adivinando, lo que pasaba por la cabeza de Eugenio, aún dijo:

  -Cada uno de nosotros, estamos en este mundo, para cumplir un rol establecido por nuestro creador; yo estoy para aconsejar, que las almas descarriadas como vos, enmienden rumbos y precisamente, si contrajeras enlace con la moza que amas, harías eso precisamente; ¡encarrilarte hombre, encarrilarte!

El curita dejando a Eugenio, mirando la puntera de sus botas, se retiro, pero antes de entrar por el portalón de la casa hacienda, aún dijo:

  -¡Cásate Eugenio!; ¡encarrílate hombre!

Nunca más volvió  Eugenio, a ver al curita, pues al día siguiente, de lo que hemos narrado, despareció de su  vida, así como de la de  todos  los  del  valle  del    Apushallas,  ya que   tenía  mucho que hacer, pues el mundo, estaba tan descarriado y más aún, con las nuevas modalidades de fe recién aparecidas.

Marcela, envió algunas misivas a Eugenio, pidiéndole que cumpla con sus promesas y urgiéndolo, para que se presentara y hablara con su padre, pero este hizo oídos sordos, ya que se sentía dolido, por lo que ella había hecho, preguntándose en alguna oportunidad, ¿a que se debía esa desfachatez; acaso creía que era un tarado?

Unos días después, que Marcela dejara
de enviarle misivas a Eugenio, este se enteró, que había viajado con su padre a Taurija, en donde un viejo viudo y muy rico, se había enamorado locamente de ella, concertándose su boda, a la que asistió toda la familia de Marcela; ella, se quedo a vivir con su marido. Había pasado un año, de todos estos acontecimientos, cuando Eugenio fue invitado, para asistir a la fiesta patronal de CARHUASUCCHA, por su compadre Javier y su esposa, la señora Sila, la que era maestra en ese lugar y se alisto, para ir con su compadre Carlos y don Cesar.
La razón de esta invitación, tenía por objeto, efectivizar el compadrazgo ofertado y llevarlo a cabo, bautizando al hijo mayor de Javier Guillén y  así fue efectivamente. Después de la ceremonia, los invitados en pleno, pasaron al comedor, de la casa de los compadres de Eugenio, en donde se llevó a cabo, un gran festín. Cuando se iniciaba el ágape,  llegó  un  comerciante taurijano, muy conocido por los compadres de Eugenio y de inmediato, después de acomodar sus cargas, que había llevado con motivo de la fiesta, para hacer negocio,  se  le  hizo  pasar  al  salón,  en donde se estaba llevando a cabo el convite.

Este comerciante, de nombre Basilio, llegaba con  su  esposa, que según comentaban, era una bella joven, muchos años menor que el esposo, la que sumamente engalanada, hizo su entrada triunfal, al salón donde estaban los invitados, causando admiración de todos, por su belleza, donaire y salero, con que lucía sus finas prendas de vestir y alhajas. Eugenio se quedo mudo; frío como un témpano, pues había reconocido en la esposa del rico comerciante, nada menos que a Marcela; si, aquella con la que sostuvo un romance relámpago; aquella que le rompió el corazón, con su mal proceder; aquella que le hiciera escribir un verso que decía:

Enumero mis amores y me espanto
Al encontrar tanto desamor y llanto
En amores del pasado tan extraños
Plagados de tantos desengaños

Pero lo pasado, ya pertenecía al pasado, de modo que fingió no conocerla, haciendo otro tanto Marcela, pero dio la casualidad, que en la mesa en la que se servía el almuerzo, Marcela fue colocada, justamente frente a Eugenio.

Primero fueron furtivas miradas, esbozando sonrisas contenidas apenas, que coquetamente manejaba Marcela y que le dieron un resultado no esperado, debido más que todo al estado enervante, en el que el  alcohol puso a todos los presentes y del cual no podía librarse Eugenio, al que le entró el capricho, por volver a poseer a Marcela, aunque fuera, por encima del viejo marido, que no se percataba de nada de lo que sucedía, pues al parecer, había llegado a un estado de embriaguez, el que se le caía la baba y se podía decir de él, que estaba en calidad de bulto.

Luego, entre brindis van y brindis vienen, todo se transformo en locura, gracias unos urpos de chicha, preparados con toda la sapiencia, adquirida a través de muchos años de experiencia, quizá cientos de ellos y transmitida de generación en generación, por lo cual, se vertía dentro de los urpos de maduración, junto con la jora suficientemente hervida, gallinas enteras cocidas, así como patas de vaca, todo preparado como un suculento caldo, lo cual hacía de esa chicha.

Al cabo de un tiempo, suficiente para la maduración, que en ocasiones se prolongaba por un año y más, un potente elemento de embriaguez, que primero hacía hablar al mudo, cantar al desorejado y declamar y perorar al más tímido de los presentes, para luego, sumirlos en un sueño de justos, que los transformaba en figuras pétreas durmientes, pero a diferencia de la piedra, estos ponían su cuerpo tan dócil y blanditos, que valía la expresión cuando decían: “esta como un mondongo de huacho, recién sacrificado.

El marido de Marcela, hombre ya maduro, que estaría frisando los sesenta años de edad, cayo redondo, según ya hicimos mención, al no poder soportar hasta el final, la intoxicación generalizada, siendo llevado, a dormir la mona, sin percatarse, de lo que le estaba sucediendo y dejando el acceso libre a Eugenio, para poder, dar rienda suelta a sus anhelos con Marcela.

Pronto el recinto donde se había servido el almuerzo, fue transformado casi de inmediato, en salón de baile, al quitar la mesa y arrimar las sillas, pegándolas a la pared, para que sirvan a las damas de refugio, de donde las sacarían a bailar, los varones enfebrecidos, por los estragos alcohólicos.

Ya  durante  el  almuerzo,  Eugenio,  que había reconocido  a Marcela y ya envalentonado por las bebidas espirituosas, que venían sirviendo en cantidades tales que se podría decir, que eran verdaderamente navegables. Miro el joven descaradamente a esta y le preguntó: 
  -¿Eres tú Marcela; aquella chiquilla mugrienta, fea y flaca, que mi tía

Carina crió como a una hija? 

Lo de mugrienta, fea y flaca, Eugenio lo dijo por  venganza, debido al dolor que le había causado Marcela, cuando alentando su amor, estaba también con el lechero de la tía Carina y con sabe Dios cuantos más, porque siempre había sido agraciada; luego, haciendo un recorrido por todo su cuerpo, con ademán apreciativo agregó:

  -¡Quien hubiera creído que cambiarías tanto!, que hasta he llegado a dudar fueras tú.

Viendo  el  efecto  positivo,  habían causado sus palabras y sobre todo su mirada en Marcela, Eugenio continuó hablando y lo hizo preguntándole:

  -¿No es cierto Marcela, que lo que digo es verdad?

Mientras Eugenio hablaba; miraba sonriente a Marcela y  reflejando cierta expresión de jocosidad, que le decía que aún recordaba su mala acción, ella, no dándose por enterada, contesto diciendo:

  -Claro; claro que si, todo es muy cierto; ¿puedo llamarte primo Eugenio?

Y luego siguiéndole el juego, prosiguió diciendo:

  -¡Hay primito!; cuanto siento el no haberte reconocido, ¿Pero quién podría pensar, encontrarte tan lejos de Trujillo, a ti, que siempre fuiste aficionado a la comodidad?

Y al terminar de hablar, puso cierto énfasis en las últimas palabras y desde ese instante, se rompió definitivamente el hielo entre los dos y un poco más tarde, abrazados, entraron en la consabida etapa etílica del “Yo te quiero, yo te estimo”, anteponiendo la palabra primo. Hubo un momento, en el que Marcela, se desinhibió totalmente y no quiso  soltarse  de  los brazos de Eugenio, abrazándose a él, hasta dar la sensación, de estar soldada a su cuerpo.

Esta actitud, a pesar del avanzado estado de intoxicación alcohólica, de los presentes en general, no paso desapercibida para ninguno, que viendo el estado en el que se encontraba el     marido,     comenzaron     a chancear con la pareja, que sin  darse por enterados, continuaban en lo suyo, bailando hasta los waynos, muy pegaditos, mirándose a los ojos y hablándose al oído, como dos enamorados.

Ya la noche había avanzado y entraron en aquella etapa, en la cual, muchos yacían en las camas, que les habían preparado, a un costado de donde se bailaba y bebía, entonces Eugenio, se acercó a su compadre Javier y le dijo al oído:

-¡Compadre!; a mi me prepara mi camita, junto al de Marcela.

Javier sonriente y comprensivo, asintió y se  alejó,  dejando  al compadre Eugenio, entregado, a sus escarceos amorosos con Marcela. No fue difícil para Eugenio, rodarse unos pocos centímetros, para encontrarse abrazado con Marcela, que sin mayores reparos, se entrego, amándose ambos jóvenes desenfrenadamente, hasta que el marido de Marcela, comenzó a dar muestras de vida.

Eugenio, en cuanto amaneció,  fue a lavarse a una acequia, que corría, al pie de la casa en donde se encontraba y hasta allí, también llegó Marcela y mientras practicaba sus abluciones, como quién habla de lo más normal del mundo, le dijo:

   -Ya puedes desaparecer de mi vida, si es que así lo deseas, pues ya obtuve de ti lo que quería.

Eugenio; anonadado y sin comprender nada en absoluto, no pudo menos que decir:
  -¿No te comprendo Marcela?; ¿Qué es lo que quieres decir?

Marcela sonriendo y con cierta burla pintada en sus labios, aclaró:

  -¡Hay Eugenio!; ¡Qué lindo eres cuando muestras tanto candor!

Y como Eugenio continuaba mostrando su total  ignorancia,   acerca de lo que Marcela trataba de  decirle, ella  fue  aún  más explícita al  hablar sin demostrar vergüenza, ni recato de ninguna clase, cuando con su mano sobre la cabeza de Eugenio, le aclaró todo, diciendo:

 -Sencillamente Eugenio, ¿ o prefieres que te llame primito?

Como si saboreara de antemano el placer, que le iba a causar,  la noticia que guardaba para él, prosiguió sonriendo, cuando le dijo:

  -La noticia que te tengo que dar, es que estoy embarazada de ti Eugenio y dentro de nueve meses, tendré a tú hijo, pero en esta oportunidad, llevará el apellido de mi esposo.

  -¿Y como puedes saberlo, si es que solo hace unas horas….?
La cara que mostraba Marcela, era de un patetismo tal, que Eugenio, prefirió ignorarla, pero ella, lo sujeto por un brazo, pues al parecer, le causaba gran placer, dar a conocer, sin que existiera duda alguna, cual era la premisa, en la que sustentaba, su suposición y aún dijo: 

  -¡Hay Eugenio!; las mujeres lo sabemos, si, lo sabemos desde el primer instante, pues es imposible equivocarse al respecto; anoche fue mi estado de mayor probabilidad, como para procrear y tú la aprovechaste.

Eugenio no podía dar crédito, a lo que acababa de escuchar, pero luego, creyó conveniente dejar las cosas tal como estaban y puesto que no era de su incumbencia, no dijo ni una sola palabra y se marchó.

Nunca más se volvió a cruzar con Marcela, pero cuando el recuerdo, de las veces que soñó entre sus brazos, locuras de juventud, en el fondo de su ser,  le  agradeció los momentos de ese
gozo supremo, que le permitió vivir.

Años después, en ocasión que Eugenio, se encontrara con un amigo, que había vivido por Taurija, lugar del cual era el señor Basilio, esposo de Marcela, le pregunto por esa pareja y este le dijo, que unos meses más tarde de lo ocurrido en Carhuasuccha y que acabamos de narrar, Marcela falleció, dando a luz un niño, que solo sobrevivió unos días a la madre, muriendo de septicemia y el esposo, aún vivió veinte años más, volviéndose a casar, con una niña de quince años, que le dio cuatro hijos, que la maledicencias de la gente, aseguraba, que  eran de cuatro mocetones, vecinos del señor Basilio.

CAPITULO  XIV

AMOR  FATAL

Habían pasado dos meses, desde que    la    tía    Carina    viajara a   Trujillo,   de   regreso   de   la hacienda La Colmena y las noches de Eugenio, se llenaron de soledad, con la que ya casi se acostumbraba a convivir, al extremo, que estaba casi convencido, que siempre la había tenido,  como  su  fiel compañera inseparable y llegando a pensar, que si es que algún días le faltara, la extrañaría y mucho.

Un día llegó un telegrama a Bambas, en el que la madre de Eugenio, mandaba pedir tres bestias, una de carga y dos de silla, pues viajaba a Retamas con su esposo. Eugenio creyó conveniente, aprovechar esa oportunidad, para viajar el mismo llevando los animales que su madre pedía y de ese modo, saldría de la monotonía diaria en la que vivía  La pareja de esposos, viajaban en la camioneta de don Rafael y como un poco más arriba de San Miguel, había un gran derrumbe.

Allí se quedaron, esperando que un tractor, del Ministerio de Fomento y Obras Públicas, abriera un pase. Eugenio mientras tanto, se dedicó a esperar, pero no la pasaba tan mal, pues estaba hospedado en el. hotel de su amigo Egberto, con el que pasaba momentos muy amenos; además, tuvo la oportunidad, de conocer a Doris; una linda chiquilla, de solo diecisiete  años  de  edad,  que  estaba  en  La  Soledad,  en donde  vivía con sus padres, pasando unos días de por razones de salud, pues se encontraba cursando el último año de secundaria, en un colegio de Trujillo

La amistad con Doris, había progresado, hasta llegar Eugenio,  a convertirse en  su enamorado y como suele suceder en estos casos, hicieron planes, dentro de los cuales, como es lógico pensar, estaba incluido un próximo matrimonio.

Junto a ella, Eugenio llego a olvidarse, del verdadero objeto de su presencia en Ranapanpa, hasta que una mañana, despertó con la novedad, que una inmensa caravana de vehículos, estaba al llegar, después de haber pasado por el derrumbe; en esta caravana, venía la camioneta de don Rafael.

Eugenio recordando, las recomendaciones, del sacerdote Florentino Alcañiz,  le propuso a Doris, presentarle a su madre y a don Rafael y de ese modo, darle un sentido de seriedad  a su relación, pero ella se opuso, alegando que esta medida, era muy extemporánea, puesto que pensaba continuar sus estudios, hasta obtener un título universitario.

Llegó al fin la señora María con su esposo y Eugenio, después de despedirse de Doris y comprometerse a regresar pronto, partió con su madre y don Rafael, a Bambas.

Como si  los “Hado”, estuvieran de acuerdo con los amores de Eugenio, un día, su madre le ordenó, que fuera a Trujillo, para recoger a sus hermanos mellizos, que estaban hospedados en casa de unas tías, mientras estudiaban y Eugenio lleno de felicidad, partió al día siguiente, porque para ir a Trujillo, antes tenía que pasar por Retamas y allí, tenía la oportunidad, por  lo menos,  de volver a saber de Doris.

En cuanto llego a Ranapanpa, intento averiguar por ella, a su amigo Egberto y  como  en  ese  momento, partía un ómnibus,   con destino a la ciudad de Trujillo, tuvo que contentarse, con escribirle unas líneas, prometiéndole, que pronto estaría de regreso.

Tal como le ofreciera a Doris, llegó a Trujillo y al día siguiente tomo pasaje de regreso, con sus hermanos gemelos, en un ómnibus que salía a Retamas. Cuando Eugenio arribó a Retamas, se entrevistó de inmediato con Egberto su amigo y este, le informó, que un grupo de chicos y chicas, en el cual estaba Doris incluida, iban a presentar una obra de teatro y esa tarde, lo puso en contacto con ellos, que lo nombraron como asistente de bambalinas, confabulados, para favorecer los amores de los jóvenes.

La obra, se representó en Llacuabamba y fue todo un éxito, teniendo Eugenio la oportunidad, de estar al lado de Doris, durante todo el tiempo, pero para que él y Egberto, pudieran ir hasta La Soledad a recoger a Doris, tuvieron que pasar grandes apuros, a causa de los gemelos, que sospechando que iban a ir para algún lugar sin llevarlos, se negaban a dormir.

Después de agotar su repertorio, de cuantos existentes en la literatura universal, cuentos inventados para la ocasión, aprovecharon un momento, en el que se durmieron y de puntillas, salieron de la habitación del hotel, en el que estaban hospedados y para mayor seguridad, echaron candado a la puerta, dejando a los gemelos en el interior.

Al regreso, después de dejar a Doris en La Soledad, Egberto y Eugenio, tuvieron que pasar casi a tientas, por el endeble puentecito, que permitía el pase al otro lado del rió, que venía de  las  alturas  y  uniéndose  con  el  de  Llacuabamba,  iba a desembocar a la Laguna de Pías; de allí, fue que escucharon, los gritos de los gemelos, reclamando que los liberen de su encierro y en cuanto Eugenio con su amigo llegaron, los gemelos se le echaron al cuello y entre sollozos, lo acusaban de traidor, por haberse escapado mientras dormían, amenazándolo con acusarlo a su madre, en cuanto llegaran a Bambas.

Egberto; de acuerdo con Eugenio, llegaron a una transacción con los mellizos, prometiéndoles, que al día siguiente los llevarían a Llacuabamba, en donde los padres de Egberto, tenían una ganadería, de cuyas vacas, extraían leche todos los días y les ofrecieron, que beberían leche, directamente de las ubres de las vacas, para que no cuenten nada a su madre..

La parte del trato, que les  correspondió a los amigos, fue cumplida al pie de la letra, pero los gemelos, en cuanto estuvieron en Bambas, olvidaron la suya y contaron todo, con pelos y señales, de lo acontecido en Ranapanpa a su madre, lo cual le valió a Eugenio, una gran reprimenda.

En cuanto a Doris, el día que Eugenio viajo con sus hermanos a Bambas, despidiéndose de ella, le dijo que pronto  viajaría  a  Trujillo,  en   donde pensaba concluir el año, que había perdido al enfermarse y al regreso, hablarían sobre el matrimonio, pues lo había pensado y su decisión, era unirse a Eugenio para siempre.

Cuatro meses después, de todo lo narrado hasta aquí, a Eugenio le llegó una carta de Doris, enviada por  correo,  con  todos  los atrasos que se tenía en esa época. considerando y teniendo en cuenta, la distancia, a la que se encontraba la Provincia de Pataz, de Trujillo, no tanto en kilometraje, como en lo que respecta, a lo accidentado del terreno, por donde tenía que pasar la carretera. 

En ella le hacía saber, que le era imposible soportar, el estar lejos de él y que había decidido viajar a Retamas, para reunirse y de ser posible, unirse en matrimonio de inmediato. Eugenio viajo  a Ranapanpa y allí encontró a su amigo Egberto, que se disponía a viajar a Trujillo, para proseguir sus estudios de derecho y en cuanto Eugenio le preguntó por Doris, intento eludir la pregunta y como Eugenio insistiera, lo guió al interior de su casa y después de servirle un vaso de gaseosa, sentados ambos frente a frente, le hablo de esta manera:

  -¡Mira Eugenio!; en esta vida no suceden las cosas, como uno desea que fueran, sin embargo, el hombre y la mujer, poseen una fuerza muy grande, como para poder subsistir a los grandes embates de esta vida y esta es la resignación; el tiempo borra todas las heridas y pesares y quedan los gratos recuerdos, vividos junto al ser amado, si no fuera por esa fuerza, tan colosal que poseemos, los suicidios abundarían, de tal forma, que se habrían convertido, en comunes y casi normales.

Eugenio permanecía en ascuas, sin saber que pensar, aunque llegó un momento, en el que pensó que posiblemente, Doris se había fugado con otro, lo cual lo puso muy nervioso y bebió vaso tras vaso de gaseosa, tratando de disimular su estado, que ya había llegado al extremo del nerviosismo y ansiedad. Egberto, que lo miraba muy atentamente, para observar su reacción al notar el estado en el que se encontraba su amigo, había dejado de hablar, más, creyó conveniente  proseguir,   hablando   de este modo.

  -Lo que tengo que decirte, no es muy fácil de hacerlo, ante  un verdadero amigo como lo eres tú para mi, pero……

Al llegar a esta parte de su discurso, Egberto fue interrumpido por Eugenio, que mostrando el  estado de ansiedad en el que se encontraba, gritó:

  -¡Basta ya y vamos al grano!

Egberto muy sorprendido por la salida de Eugenio, trato de calmarlo levantándose y caminando hasta donde este se encontraba, pero Eugenio también se levanto y con algo de calma dijo:

  -¡Por  el  amor  de Dios, dime!;

¿Qué ha sucedido con Doris; se fugo con otro?

  -¡No!; ¡ha fallecido!

Estas tres palabras, tuvieron la propiedad de congelar a Eugenio y después de unos segundos, retrocedió hasta su asiento y se derrumbó en el y tomándose la cabeza con ambas manos, mirando al suelo preguntó:

  -¿Cómo sucedió?

Egberto después de acercarse y sentarse en el  brazo  del  sillón,  en donde estaba sentado su amigo, le paso un brazo por los hombros y comenzó a relatar lo siguiente:

  -“Hace de esto, ya casi tres meses o quizá algo más; Doris decidió dejar sus estudios y viajar hasta aquí sin razón aparente; pero al parecer, cuando el ómnibus en el que viajaba, inició la subida del río San Miguel hacia aquí, se le vaciaron los frenos y saliéndose de la carretera, rodó, hasta caer en las aguas de ese río; la caída no era desde mucha altura, incluso, muchos pasajeros lograron salir y se salvaron sin mayores consecuencias, pero al parecer, Doris o se quedó atracada entre los asientos o había recibido un fuerte golpe y murió ahogada; de allí, a las dos horas, lograron remolcar el vehículo, con el cuerpo de Doris, cadáver ya adentro. No creí conveniente avisarte, pues lo de ustedes no era nada oficial y temía cometer una indiscreción, si es que lo hacía”.

Eugenio, intentó ahogar su pesar, en copas de licor, pero al fin se dio cuenta,  que  esto  era  contraproducente  y  si  no dejo definitivamente de beber, al menos lo intentó, mientras su madre se encontraba presente, poniendo de manifiesto, el gran respeto que por ella sentía.

No contó a nadie, ni a su madre, lo que le había sucedido y se dedicó a trabajar, con mayor tesón que hasta la fecha, arrebatándole terrenos al monte y sembrándolos, pero con mucho tino, recordando lo que le había sucedido, durante la gran sequía, la cual no solo le rompió el corazón, sino que le afectó económicamente.

Eugenio, nuevamente se quedó solo en la casa hacienda, cuando su madre con  su  esposo,  viajaron  a  la  Costa   y   para  poder la soledad, se le ocurrió ir a la fiesta de la Virgen del Rosario de Chilia

A pesar de llegar a la fiesta, cuando ya habían pasado el día central y dos días más, se propuso asistir a las dos  tardes  taurinas y fue así, como la primera de ellas, se encontraba mirando, desde la puerta de un señor de apellido Gamvini, como la peonada de las haciendas de los alrededores del pueblo, borrachos, entraban para ser cogidos inmisericordemente, por el toro de turno, cuando desde lo alto del balcón de esa casa, le cayo un abrigo sobre la cabeza.

Eugenio sorprendido, se quitó el abrigo de encima y miro hacia lo alto, viendo una carita de ángel, que con una de sus manos, le hizo una señal de saludo. No falto un alma caritativa, que informó a Eugenio, que la costumbre establecida por centurias, determinaba, que aquel que recibía el abrigo o cualquier otra pieza de vestir, de las manos de una dama, estaba en la obligación de entrar al ruedo y sacar no menos de una suerte al toro de turno.

Eugenio observó al toro y vio como este era tan bravo, que no consentía ni tan solo, la presencia de perros, dentro de  la  plaza en donde se toreaba y    que   hacía   de   coso. Sopesando a continuación sus posibilidades, teniendo en consideración, que jamás había lidiado ni tan solo un chivo atado, creyó conveniente  devolver el abrigo a su dueña y asunto concluido.

Pidió permiso al dueño de casa y subiendo por la escalera, pudo llegar hasta el balcón, desde donde le habían arrojado el abrigo y localizando al angelito, que suponía era la  autora  del hecho, se lo entregó, presentándose por su nombre y para disculparse, por no haber entrado a lidiar, le dijo:

  -Cuanto siento señorita, no poder ir a enfrentarme a ese toro, más una sola palabra suya y me enfrentare aunque sea diez hombres, con la sola  promesa,   de  recibir como  premio,  una sonrisa de su linda boca y sin dar tiempo, a que reaccionara la hermosa, Eugenio le tendió una mano y la saco a bailar un pasodoble, que en ese instante, interpretaba la banda de músicos del pueblo.

Durante el baile, Eugenio se enteró, que la chica era de Huaylillas y se llamaba Griselda, nombre evocador de amores imperecederos,  pero Grishe, como  la  llamaron  luego,  despachó a Eugenio con cajas destempladas, al declararle, que tenía enamorado y que lo amaba. Despechado; Eugenio no sabía que hacer, cuando vio una cara conocida, que le sonreía y con la cabeza le hacía señas, para que se acercara, orden que acató inmediatamente.

Era Teresa, a la que no veía desde mucho tiempo atrás, la que según recordarán los lectores, se comprometiera con Eugenio para ser enamorados.

Eugenio la sacó a bailar y mientras que evolucionaban al son de un aire taurino, ella le hizo recordar, que aún lo consideraba su enamorado, pues nunca habían roto, el compromiso que tenían, con las siguientes palabras:

  -Durante mi estadía en Trujillo, siempre te recordé y hasta creo que te extrañe.; y no veía cuando sería ese dichoso día, en el que nuevamente pudiéramos vernos  Eugenio  muy  zalamero  mintió,  haciéndole  creer,  que   a   él  le había sucedido otro tanto y   para  darle  visos   de   verdad  a  su mentira, le dijo que era cierto que había tenido muchas amantes, pero solo había sido, para satisfacción material.

Desde ese día, Eugenio encontraba pretextos, para viajar a Chilia y ver a Teresa, que resultó consolándolo y pasados unas semanas, sintió que en el. fondo de su corazón, crecía un gran amor, pero tenía miedo de entregarse totalmente y solo lo hacía con reparos, aunque nunca trato de propasarse, en cumplimiento de un juramento de honor, que ellos hicieran, por el cual, solo sería suya, en el tálamo nupcial.


CAPITULO  XV

EL  DOCTOR  JIJUNA

Durante las visitas que Eugenio hizo a Chilia, algunos personajes del lugar, le narraron muchas historias antiguas y contemporáneas y de estas, son de las que vamos a ocuparnos en esta oportunidad.

Una muy sucinta, es la relacionada al que fuera el joven Walter Cuba, nombrado “El Gringo”, que dejara muchos hijos en muchas mujeres, pues al parecer, la inclinación, a dar rienda suelta a sus apetencias sexuales, fue tan grande, como la que tuviera por las botellas.

De estas aficiones, la de la bebida al menos, se hizo hereditaria, siendo muy pocos los miembros del clan, que no fueran inclinados, a la veneración al dios Baco y aunque muchos lograban dominarla, teniendo una cantidad de días topes,  para sus hecatombes báquica, todos en general, caían en esta.

En cierta oportunidad, Eugenio llegó a conocer, a uno de los sobrinos de este señor, que en ese tiempo, ocupaba el cargo, de Juez de Paz de Primera Nominación del Distrito y que a pesar de haber heredado, la costumbre consuetudinaria familiar, impresionó gratamente a nuestro joven amigo, llegando hasta cierto punto, a tener la suerte, de ser contado entre sus amistades, cosa que logro, a costa fundamentalmente, de la esposa  de  este  señor,  la  que era dilecta amiga, de la señora María, madre de Eugenio.

El benemérito Juez Rogelio Cuba, llego a  ser  conocido  entre sus amistades más afines, como el doctor JIJUNA, debido más que todo, a su inveterada costumbre, adquirida de sabe Dios donde y como, de darle énfasis a sus sentencias, sobre todo, cuando estaba bebido, con el dicho de; “JIJUNA Y OTRA”; llegando al extremo, de presentarse a sus nuevas amistades, en muchas ocasiones, en estando etílico, diciendo:

  -¿Doctor Jijuna a sus órdenes?

Era este señor según Eugenio, un hombre alto, para la estatura común del lugar, de porte atlético y de aspecto netamente caucásico; ojos verdes, rubicundo y poseedor de una personalidad dominante y al mismo tiempo grata, por lo ameno de su conversación, gracias al gran conocimiento del mundo y de lo hombres que poseía, obtenido esto, por su cultura.

Durante su juventud, pudo gozar de muy buena situación económica, pues su padre, perteneciente al clan dominante de ese Distrito, poseía muchas propiedades y por ende, desahogo económico, situación por la cual, pudieron costearle los estudios, llegando a concluir secundaria en Lima y hasta ingresar a la Universidad Mayor de  San  Marcos,  en  la Facultad de letras; pero habiéndose enredado en amores ilícitos, con una mujer casada, con un influyente político de la época, tuvo que escapar y no encontró mejor lugar, que la lejana Chilia, en donde se encontró con algunos calaveras, (badulaques) que lo involucraron en sus filas, hasta que encontró en su camino, una mujer de alta condición moral y mediana condición social, económicamente hablando.

De ella se enamoró perdidamente, pidiéndola en matrimonio; pero durante el noviazgo, la señorita  Rumalda, le condicionó la realización de  la  boda,  a  su  buena voluntad, de dejar la bebida y mediante este acto, apartarse  definitivamente de sus malos amigos, lo cual cumplió a medias, pues, una vez que obtuvo a la prenda, ante Dios y los hombres, solo esperó dos meses, para volver a las andadas.

Eugenio, estuvo presente en cierta reunió, a la que fue invitado el mencionado doctor y durante el almuerzo, en casa de un ilustre chiliano, abundaron los sabrosísimos potajes del lugar, con los que regalaron sus paladares; platillos preparado por las dignas matronas, regándolos con la sabrosa chicha de jora, madurada desde un año antes, que por el alcohol que contenía, fue apoderándose de la mente de los presentes, barriendo toda inhibición y transformándolos en seres habladores y petulantes y hasta con ínfulas de un poder tal, que se creían dignos de dominar el mundo.

Eugenio;  que  ya  por esa época debido a su asiduidad a las bebidas alcohólicas, había adquirido una cultura etílica notable, logrando dominar los impulsos, que las bebidas espirituosas ocasionan en la mente, transformando a la persona, pero no a él. Pudo así, semi ecuánime, ser testigo presencial y pasivo, de los cambios que los señores educados y pulcros, fueron sufriendo. Metamorfosis, que los convirtió en simples y vulgares campesinos, pagados de si mismos.

Fue en esa oportunidad, en la que vio y escucho al señor Cuba, cuando levantándose del asiento que estaba ocupando y mirando con desprecio a los presentes, dijo:

  -¡Yo soy descendiente de buena casta!, de los Cuba; ¿acaso no recuerdan ustedes, cuando lamían las botas de mis abuelos, insulsos   campesinos,   elevados   a   su   condición   actual,  de pinganillos

creídos, petulantes y pagados de si mismos?

No obstante esta experiencia, con tan ilustre señor, Eugenio también tuvo oportunidad, de departir con el, en ocasiones en las que se encontraba en sus cabales y gozo de su amenidad y cultura, reflejada en sus conversaciones, en las cuales, dio a conocer al joven Eugenio, algunos pasajes de su vida, que transcurrieron estando en la Provincia de Pataz, con jirones de la realidad, que se vivía por entonces.

Fue así, como Eugenio llegó a enterarse de  la historia o para mejor expresarnos  diremos;  de las historias, una de las cuales, les haremos llegar, referida por el mismo Juez y que dice así:

 “Por los años treinta y tantos, solo habían mesas de sufragio, en la capital de la Provincia de Pataz: Tayabamba y por lo tanto, todos los ciudadanos, hábiles y calificados para elegir, teníamos que trasladarnos hasta allí.

“La mayoría de los jóvenes sufragantes, de la Provincia de Pataz, eran apristas, tan solo algunos retrógrados o asalariados por el gobierno central, eran de tendencia oficialista.

“Desde Parcoy, llegaron en esos días a Chilia, un numeroso grupo de caballistas, simpatizantes con las ideas de Víctor Raúl Haya de la Torre y dirigiéndose a los ciudadanos más hábiles, nos convencieron, para formar un contingente armado e ir hasta Tayabamba a recuperar las ánforas, de poder de los oficialistas y así, poder sufragar, con la seguridad que nuestra voluntad sea respetada.

“Tomamos el camino, que pasando por la hacienda Bambas, iba hasta Huaylillas y de allí a Tayabamba y de paso, recogimos a los hijos del Coronel Virgilio y otros más, que se fueron unieron a nosotros y cuando estábamos llegando a La Floresta, se unieron también a nosotros,  Iraldo y Wilder, hijos de don Salome, hacendado de Navimbamba,  poderoso  señor por ese entonces. El ingreso a Tayabamba para nuestro grupo, fue algo difícil, debido a que los tayabambinos, habían colocado sobre los tejados de las casas de las afueras de la ciudad, algunos francotiradores, que hicieron, gran cantidad de bajas, las que felizmente, no hirieron a ninguno de nuestros acompañantes.

“Los compañeros de Parcoy, que nos acompañaban, pronto mostraron su utilidad, cuando extrajeron de sus alforjas, algunas canillas de dinamita y armándolas con su respectivo fulminante y mecha, con hondas las fueron arrojando a los tejados, desalojando de este modo, a los franco tiradores.

“De ese modo tuvimos libre el camino y sin dificultad, pudimos entrar al pueblo, tomando presos a los que fungían como autoridades y por supuesto, las ansiadas ánforas, que descerrajamos y escogiendo los votos que no eran de Víctor Raúl, los quemamos, aunque a decir verdad, no encontramos uno solo de nuestro jefe

“Amenazamos a nuestros prisioneros, que los íbamos a fusilar y para meterles miedo, los fuimos llevando uno por uno, a las afueras del pueblo, en donde los zurrábamos con una rienda y los despedíamos, para que se fueran con dirección a Huaylillas, amenazándolos con matarlos, si es que regresaban y para que los que estaban esperando  su  turno,  tuvieran  temor  y   luego,  disparábamos una ráfaga de tiros, dando la impresión, que habíamos fusilado al que lleváramos.

“Este proceder, aunque algo cruel, nos mostró el verdadero temple de nuestros prisioneros, entre los que hubieron verdaderos valientes, que aún después de recibir los zurriagazos, continuaban vociferando, teniendo que dispararles, para que corrieran a esconderse.

“Con las ánforas llenas de votos, a favor del Partido Aprista, salió un grupo, que viajo hasta entregarlas en Huamachuco,  en donde  junto  con  las  ánforas  de la Provincia de  Sánchez   Carrión, fueron llevadas por un numeroso grupo hasta Trujillo, porque  allí  también  eran  del partido; de Trujillo, viajaron hasta Lima, para el escrutinio general.

“Después de algunos meses, nos enteramos, que nuestros esfuerzos habían sido vanos, pues a pesar de haber arriesgado nuestras vidas, por obtener las ánforas y enviarlas con los votos apristas, las elecciones se habían perdido, pues nuestros votos, habían sido reemplazados en Lima, con los del oficialismo.

“Una vez que el oficialismo ganó las elecciones, inició una sorda persecución, en contra de los compañeros, razón por la cual, tuvimos que escondernos en cuevas y permanecer allí viviendo, muchos a salto de mata y otros, se aventuraron a las selvas, de donde solo regresaron, cuando mataron a nuestro perseguidor, pero muchos de nosotros, quedaron en el camino, que fueron luego considerados, como mártires apristas, partido opositor a toda clase de imperialismo y sobre todo, al entreguismo nacional, propiciando, en caso de un gobierno aprista, la igualdad en todo sentido.

“Cuando estábamos ocultos, llegó de la Costa, el hermano de Víctor Raúl, de nombre Agustín, junto con otros compañeros, que permanecieron con todos nosotros, viviendo como familiares, pero cuando todo paso y se enfriaron las hostilidades y se pudo ir a ualquier lugar, sin tener que ocultarse, Agustín Haya, regresó con los compañeros, que lo habían acompañado de la Costa y nunca más volvimos a saber de ellos.

“Aunque le diré jovencito, que no los hemos necesitado, ni los necesitamos ahora, porque nuestra lucha, la hicimos con el corazón, sin pensar en ventaja alguna, que pudiéramos obtener de nuestros ideales apristas y si es que llegara nuevamente la oportunidad,  de  arriesgar  la  vida  por   nuestro líder Víctor Raúl, gustoso lo haría, porque ese gran hombre, reconocido en el mundo entero, por su talento, esta y estará siempre en el corazón del pueblo”.
                                              
 Hubo otras ocasiones, en las que Eugenio tuvo la oportunidad, de dialogar con don Rogelio, pero aquella en la que pudo hacerlo por mucho tiempo, fue cuando este señor, viajó de Chilia a Tayabamba y se quedo a dormir en la casa hacienda de Bambas,  comenzando todo, cuando preguntó:

  -¿Sabía  usted   joven   Eugenio,   que antes la gente era más respetuosa?

Al no responder Eugenio ni que sí ni que no, sino simplemente, buscar  una  posición  algo  más  cómoda en su silla, dispuesto a escuchar una historia y no quedo defraudado, puesto que  don Rogelio; prosiguió hablando de esta manera:

  -Si joven; la palabra de nosotros los propietarios era ley y nos consideraban casi como dioses, con lo cual quiero decirle, que la palabra de las autoridades, podía ser refutada por  nosotros  y hasta cuando cogíamos, a cualquiera de las hijas de nuestro yanacona y ejercíamos el derecho del macho, por  el “TUMBA Y PELA”, sus padres lo consideraban casi un honor y rogaban al cielo, para que su hija hubiera quedado embarazada, pues así, ya no tendrían que concurrir a las obligaciones, (jornales con los que pagaban el derecho de vivir y sembrar, dentro de la hacienda) teniendo la sangre del patrón en sus hogares.

La señora María, había mandado a un pongo, para que atienda al visitante, de modo que cuando don Rogelio, dejo de hablar, para coger el vaso de turco, que este habían  puesto  al  alcance de su mano,  después  de vaciarlo,  mirando  al  vacío,  como  si recordara algo muy lejano en el tiempo, se sacudió y volviendo la mirada a su interlocutor, prosiguió hablando de esta manera:

  -Voy a contarle jovencito, una historia verídica, que no me la contaron, sino que tuve la suerte de vivirla y que sucedió de esta manera.

Nuevamente tomo en su mano el vaso de turco, que el pongo que se encontraba a prudente distancia, había vuelto a servir y después de beber, más o menos hasta la mitad, carraspeo y prosiguió hablando de esta manera:

“Aquel año, en el que se suceden los hechos que voy a narrar, yo era muy joven, casi un niño, no pensando en otra cosa, que en comer y jugar; mi padre, iba todos los días,  desde la casa hacienda de La Tenería, hasta el pueblo de Chilia, montado en un magnifico caballo alazán y mi madre, me enviaba a pie, para espiarlo y luego contarle todo lo que había hecho o para que lo recoja y lo lleve a la casa, si es que estaba muy borracho, cosa que sucedía muy a menudo.

Nuevamente sorbió un trago de turco, del vaso que se le había servido, para después de examinarlo el vaso con sumo interés, colocarlo sobre la mesita, en la que había estado y prosiguió  hablando así:

“Una mañana, cuando pasaba por delante de la puerta, de la casa de uno de nuestros yanacones, que era un hombre viejo, con unos cotos, semejantes a los testículos de Polifemo el cíclope y que seguramente, debían de pesar mucho, pues lo hacían caminar gibado; Jonás, el yanacona, que tenía el mismo  nombre bíblico,  de  aquel  al  que  lo  tragara  una  ballena,  para  luego regurgitarlo,  frente a las costas de la isla, a donde lo enviara Dios a predicar, salió de esa casa e hincándose delante de mi padre, le hablo de esta manera:

-¡Patroncito!; ¡Niñito Dios!;  yo soy su cajerito, que cuando quiere bailar, toco la caja para usted patroncito; también soy su hortelano, que le cuida su huerta y le lleva frutitas a su casa.

“Luego, sonriendo con esa sonrisa servil que acostumbraba, invito a mi padre diciéndole:
 
  -Pasemos a mi humilde ranchito, para que se sirva unos chicharroncitos, del puerco que he matado hoy muy temprano.

Al  llegar a  este  punto del  relato, don Rogelio volvió a coger el vaso de turco, que el pongo  que los observaba desde un rincón, había vuelto a llenar y bebiendo un generoso trago, mirando a  Eugenio,   como si pidiera disculpas por beber tanto, dijo:

  -¡Hay que remojar la garganta, para poder hablar!

Luego se acomodo en su asiento y prosiguió su relato, al continuar hablando de esta manera:

“Cuando mi padre estuvo dentro de la casa, yo, obedeciendo la recomendación de mi madre, me introduje en el patio, en donde pusieron el caballo de mi padre, delante de un buen atado de hierba y seguí todos los acontecimientos, desde una ventana; y desde allí, pude ver, como una de las hijas menores del viejo, ponía delante de unas mesa,  a  la  que estaba sentado mi  padre,  una  bandeja llena de apetitosos chicharrones, con papas sancochadas y a un costado de esta, un tazoncito conteniendo rocoto molido. El viejo Jonás, se arrastro prácticamente, hasta los pies de mi padre y con voz lastimera, le hablo de esta manera:

  -¡Gringuito!; líbreme su merced estos cotos, que me atormentan tanto y que a todas partes a donde voy, ellos también van; todos se burlas de mi, porque dicen que se parecen mucho a los testículos del hombre y hasta algunos aseguran, que tal vez me he comido los de mi patrón, que se me han atragantado.

“Mi padre, continuaba comiendo y bebía, de un depósito de barro, lleno de chicha, que la misma chica que le sirviera los chicharrones, le había alcanzado, aprovechando mi padre, la cercanía de su eventual sirvienta, para palparle los muslos y  palmearle el trasero, sin que la chica protestara; por el contrario, vi como se dibujaba en su boca, una sonrisa de satisfacción.

 Nuevamente, don Rogelio tomo el vaso de turco y después de mirarlo con mucha atención, como buscando alguna poña en el, volvió a beber de el, después lo colocó en su lugar, para sacudirse, haciendo gestos, como de repugnancia y luego, continuar su relato, de esta forma:

“Jonás había pensado, en la posibilidad de una extirpación de sus cotos, por la mano de mi padre, teniendo en cuenta, lo bueno que era, para  las  capaduras  de  chanchos, de cuyas castraciones, no se tenía noticia, que alguno de sus pacientes,  hubiera muerto y como mi padre, al parecer no le prestaba la menor atención, fijando esta únicamente, en el plato de chicharrones y la chicha, así como en las nalgas de la hija menor del viejo, este, dándose cuenta de la situación, prosiguió hablando, colocándose esta vez, justamente delante de mi padre y  proponiéndole casi a gritos, lo siguiente:

-¡Niñito dios!; tengo mi chanco  cebón  y  un  urpo  de  chicha, preparada con pata de res; todo eso es para usted patroncito.

Nuevamente el Juez dejo de hablar, para según sus propias palabras, “remojar la garganta” y una vez conseguido su propósito, continúo narrando su historia de esta manera:

“A Jonás, que pedía con voz casi llorosa, le faltaba poco para besar las botas de mi padre, que como si estuviera ausente, continuaba preocupándose más, por los chicharrones que tenía al frente y dando mucha más atención, a la hija de Jonás, la que de vez en cuando pasaba por allí, lo cual, ya había sido advertido por el viejo cotoso, que con una mueca, que quería ser  risa,  picarescamente miro a mi padre y le dijo:

  -¡Niñito dios!; si usted me capa estos cotos, mi hijita menor, estaría muy agradecida, tanto, que podría hacer lo que usted le ordene patroncito.

“Más claro no podría cantar el gallo y
fue posiblemente por eso, que mi padre dejo de comer y mirar a la chinita, para fijar luego su atención en el viejo, que arrastrándose, se había colocado de rodillas, apoyándose en las piernas de mi padre, dijo:

  -Tienes que recordar, todo lo que me ofreces  viejo,  pero  es muy peligroso; piensa que puedes morir.

“Mi padre, no obstante encontrarse bebido, a consecuencia de toda la chicha que había ingerido, se dio cuenta de la gravedad, que encerraba el hecho, de realizar la cirugía que Jonás le pedía y trató de desviar la conversación hacia otro tema, pero Jonás, no cejaba en su intento, de convencer a mi padre y como último recurso,  se  levanto  y  dijo  algo  al  oído  de  mi  padre, que levantándose, de la silla, en la que había permanecido sentado todo el tiempo, gritó más  que   hablo,   al   expresarse  de   la  forma  siguiente:             

  -¡Bueno!; ¡pero conste, que si algo sucede, no tengo culpa alguna!; trae aquí a toda tú familia, para que delante de ellos, dejes constancia de lo que me estás ofrecido y comencemos la operación.

Nuevamente,  don Rogelio tomo el vaso con turco, de la mesita sobre la que estaba y bebió un trago, después de lo cual, con mucho cuidado, como para no derramarlo, puesto que era consciente, del estado en el que se encontraba, por  los  muchos tragos de turco, que se había echado entre pecho y espalda y  a continuación, continuó con su narración, de la siguiente manera:

“Toda la familia del viejo Jonás, se reunió en pleno y este, les hizo saber, que el patrón le iba a  extirpar los molestos cotos, sin responsabilidad de ninguna clase y que además,  el  chancho cebón que tenía tras de la casa, junto con el urpo de chicha, que estaba guardando para la fiesta de la Virgencita del Rosario de ese año, su hijo mayor, ya hombre con mujer, lo llevaría a la casa hacienda, para entregárselos a la patrona; después de la extirpación de sus molestos cotos; además, el patrón se quedaría desde esa noche, a dormir allí, en cama de su hija Victoria, hasta cuando así lo creyera conveniente.

“Mi padre, no quiso hacer la extirpación de los cotos de Jonás, ese mismo día, pero quedo comprometido, para hacerla a la semana siguiente, pues era cuando la Luna, entraban en cuarto menguante, buena época,  para hacer operaciones de castrada.

 Nuevamente calló don Rogelio, pero esta vez, no tomo el vaso de turco, sino que pidió permiso, para ir a miccionar según dijo y después de un buen rato, como se demoraba mucho, Eugenio envió a un pongo, para que fuera a ver que le había sucedido, el pongo regresó al rato, llevando a cuestas a don Rogelio, que totalmente ebrio, se encontraba en el limbo de los
sueños”.

Al día siguiente muy temprano, cuando Eugenio salió de su dormitorio, al escuchar un rumor desacostumbrado, encontró a don Rogelio, aprestándose a cabalgar, para proseguir su viaje y al verlo, le hizo adiós con una mano, mientras que con la otra se tocaba el sombrero, diciendo  a modo de despedida;

  -A mi regreso terminare mi narración joven.

Eugenio, casi se había olvidado de don Rogelio y su historia, atareado como se encontraba en los trabajos, propios de un agricultor, cuando una tarde, entro un caballo marcando el paso, por la portada de la casa hacienda,  llevando  como  jinete al ya conocido por nosotros, doctor Jijuna.

Esa noche, después de cenar, don Rogelio se instalo cómodamente en un sillón del escritorio, en compañía de la señora María, don Rafael y Eugenio, con la estufa llena de leña, e irradiando calor, dando la sensación, de encontrarse en una playa tropical, sin que falte la consabida tetera sobre la estufa, para poder disponer de agua caliente y preparar los turcos. Entre conversación y conversación, fue pasando el tiempo, mientras que Eugenio muy impaciente, rogaba a todos los santos, que su madre con don Rafael, se fueran pronto a dormir, como tenían por costumbre, para poder interrogar a su invitado, respecto a la narración que dejara inconclusa.

Pronto     sus     ruegos     fueron escuchados y cuando Eugenio quedo a solas con don Rogelio, sin poder retraerse de la gran expectativa, que había despertado en el joven, la curiosidad por saber, la continuación de la narración inconclusa del señor Cuba, después de ordenar discretamente al pongo, que en la copa a su invitado, pusiera menos cantidad de alcohol, quedó muy sorprendido, cuando este en forma  irónica, dijo:

  -No hay que ponerle mucho alcohol a los turcos, para que el viejo Rogelio pueda concluir su narración, ¿no es así joven Eugenio?

Y a continuación, soltó una gran carcajada, después de lo cual, cogió el vaso de turco, que el pongo de servicio y que había puesto al alcance de su mano, pero apenas lo llevo a sus labios lo retiró, como si quemara, volviéndolo a su lugar, mientras decía:

  -La noche es joven aún; hay tiempo para beber después.

Luego, se paso un pañuelo por la boca, que extrajo de uno de sus bolsillos y después de doblarlo cuidadosamente, lo volvió a guardar, para luego, después de carraspear y aclararse la garganta,  recomenzar su narración, de esta manera: :

“Creo que en mi narración  del otro día, me quedé, cuando mi padre, pospuso la extirpación de los cotos del viejo Jonás, para un día, en el que la luna fuera más propicia y así, realizar estos menesteres, con mayor seguridad; pues bien, ese día llego y como si mi padre supiera, que lo había estado espiando, me ordenó que fuera a traer su caballo y una vez ensillado, monto en él y tomándome por un brazo, me hizo subir a la grupa, mientras me decía:

  -Vamos a realizar la operación que tú sabes, pero de todo lo que veas y escuches, ni una sola palabra a tú madre; ¡¿Ya sabes?!

“El recibimiento, que el viejo Jonás hizo a mi padre, fue apoteósico; lo hizo pasar y sentándolo sobre un mueble, que seguramente en sus buenos tiempos, fuera un buen sillón, le fue alcanzando, botella tras botella de turco, bien calientito y conforme los iba consumiendo, los aderezadas, con chicharrones doraditos y pan tierno, que la chinita Victoria, se encargaba de dárselo a comer en la boca, aprovechando mi padre, la cercanía de la chinita, para meter sus manos, por debajo de sus polleras y mientras que ella se reía, haciendo como si bailara, al tratar de esquivar la mano de mi padre, el le palpaba sus intimidades.

 “Yo; desde un rincón observaba, mientras le daba dentelladas, al brazuelo de un cerdo horneado y aderezado divinamente;  tanto, que me hacía olvidar de las recomendaciones de mi madre y de lo que mi padre hacía; de pronto, mi padre se levantó y dirigiéndose hasta un cuarto contiguo, en donde momentos antes se había metido Jonás, introdujo la cabeza por la puerta y gritó:
 
  ¡Jonás!; ¡ya es hora!

“Jonás  se desnudó medio cuerpo y recostándose sobre una mesa, después de beberse casi una botella de alcohol, espero a que mí padre procediera.

“Previamente, vi como los hijos mayores del viejo, hacían los preparativos en el patio anterior de la casa, poniendo un cuchillo de cocina al fuego, hasta que se puso al rojo vivo, más bien azul amarillento y cuando su padre los llamó a voces, llevaron el cuchillo y unos carricillos, como de cuarenta centímetros de largo, por dos de ancho, junto con una botella de kerosene y un saquillo de ceniza; mi padre, ya había sacado de su bolsillo trasero, un cuchillo marca toro,  de  esos   que   son curvos en la punta, que afiló con gran destreza, en una piedra, siendo estos muy efectivos, para las faenas de castración..

“Todo sucedió tan rápido, que cuando me di cuenta, mirando lo que allí sucedía, los cotos de Jonás, sanguinolentos y flácidos, se encontraban, dentro de una tutuma de madera, a un costado  de la mesa, sobre la que el cuerpo de Jonás, yacía flácido, mientras que mi padre, continuaba pasando por la herida el cuchillo al rojo, con un pedazo de  unto  de  gallina  que  se  iba derritiendo con el calor del cuchillo; pero recapitulando mentalmente, puedo describir toda la escena, punto por punto, pudiendo jurar, que todo sucedió, de la siguiente manera:

“Mi padre, parado frente a su objetivo, los cotos, hizo un tajo lo suficientemente profundo, como para que los cotos, tal como los testículos de los chanchos que capaba, quedaran libres de la bolsa que los contenía y luego, con una pericia sin igual, los extrajo, cortándolos con el cuchillo candente y amarrando los cordones de donde habían pendido, luego de vaciar los cotos, en la tutuma, ahorcó los cordones, con el carrizo que ya tenía en una mano y procedió a quemar los bordes sangrante de estos, mientras pasaba el unto, que se iba derritiendo, con el calor del cuchillo candente.

“La operación quirúrgica, había concluido y el viejo, desmayado por el dolor, que seguramente sintió, a pesar de la botella de alcohol, que ingirió momentos antes, yacía como ya dije, flácido, sobre la mesa de operaciones, siendo llevado en vilo, por dos de sus hijos mayores, que lo depositaron sobre una cama. Mi padre, permaneció en la casa del viejo Jonás, regresando yo solo a la casa hacienda, por su orden, prohibiéndome volver; no obstante, mi madre me envió algunas veces, a espiar que era lo que sucedía en esa casa.  Un día que le pregunté a mi madre, el porque mi padre se había quedado en la casa de Jonás, ella solo me respondió:

  -Pobre Jonás, tú padre hizo bien en quedarse para  cuidarlo; ojala que todo salga bien.

“Desde ese día, no volví a pasar por la casa de  Jonás,  hasta  que una semana después,  me  enteré   que   este   había fallecido, pero mi padre, se quedo aún, conviviendo con la china Victoria, durante un año, yendo a visitar a mi madre, cada dos o tres días, hasta que todos en el pueblo comentaban, que ella estaba embarazada, esperando un hijo de mi padre.

“Fue entonces, cuando mi padre volvió, a vivir a la casa con nosotros y no se volvió ha hablar del asunto; más después de un tiempo, me enteré, que la china Victoria había fallecido, dando a luz un niño y la gente comentaba, que como el niño había sido muy lindo y murió al nacer, la china Victoria de vergüenza y pena, se había muerto”.

Una vez que don Rogelio hubo concluido su historia, ambos se quedaron callados; Eugenio pensando en como era posible, que esas cosas se hubieran permitido en ese entonces, mientras que don Rogelio, se sumergía en su mundo de recuerdos, afectado por el alcohol, que a pesar de todo había bebido.
Transcurrido un año de esta entrevista, Eugenio se enteró, del fallecimiento del doctor Jijuna, por beber más de la cuenta.

CAPITULO  XVI

PERSONAJES CHILIANOS

Debido a lo arcaico, de los sistemas de siembras y cultivos, en la Provincia de Pataz, cosa repetitiva en casi toda la Sierra del Perú, excepto raras excepciones, las cosechas eran miserables, porque la producción y productividad de las tierras, no rendía, todo lo que deberían de producir; todo esto, era también resultado, de la inferior calidad de las herramientas, que se usaban, siendo las mismas, que habían traído los españoles, inmediatamente después de la conquista del Tawantinsuyo.

También debemos de considerar, que la propiedad estaba repartida en pocas manos, existiendo terratenientes, que poseían grandes cantidades de estas, que no trabajaban en su totalidad, existiendo extensas regiones abandonadas, desde la época de los incas, que dejaron muestras fehacientes de trabajo, en lugares verdaderamente increíbles, en donde para poder hacer producir a esas tierras, los Incas, tuvieron que reformar el terreno natural, creando pequeñas mesetas artificiales.

Cuando se preguntaba a los hacendados de entonces, a que se debía, este fenómeno repetitivo, de improductividad, ellos lo achacaban a la falta de agua, pero no podían contestar como fue que los incas y sus antecesores, lograron hacer producir esas tierras, con la misma cantidad de agua y la  pregunta  queda  en suspenso, hasta el día de hoy, que se le puede volver  a repetir los gobernantes de turno; pero ojala que no digan,  que  en  esos días había más agua o algo por el estilo, porque les podría responder, que había menos tecnología y mucha tierra.

A pesar de existir estos factores, que permitía tan baja producción y productividad, los hacendados continuaban pegados a estas tierras; con cuyos productos, no podrían desenvolverse decorosamente, en las ciudades desarrolladas de la Costa, a donde enviaban a estudiar a sus hijos, debido a lo cual, no falto un observador, que los calificara, como: “HACENDADOS MAPAS”; (en quechua suciedad) pintándolos de cuerpo entero, pues continuaban allí, a pesar de todos los inconvenientes, como era vivir, con  no menos de un siglo de atraso, en comparación con la Costa y muchos lugares desarrollados de la Sierra.

Nunca pudo Eugenio explicarse, a que se debía esta testarudez de los hacendados, que salvo muy raras excepciones, permanecían allí; pero al fin, encontró la explicación más plausible y era, que no querían ir a otro lugar, en donde dejarían de ser niños sus hijos, hasta mucho después de dejar de serlo y ellos, PAPA o PATRONCITO, con derechos, casi como los otrora encomenderos españoles. En muchas ocasiones, Eugenio se burló solapadamente, cuando escuchaba que decían:

  -¡Les presento al hacendado de la hacienda……..!

Sin poder dejar de pensar, que quizá en la casa hacienda, sobraría comida y servidores, pero ¿dinero?; nones. Este estado de   cosas;   dio   como   resultado,   que   aparezca  una clase social emergente, que económicamente, muchas veces, solucionaban las necesidades de los hacendados mapas, a cambio de ciertas dádivas y terrenos que iban adquiriendo y trabajando con más propiedad, llegaron de ese modo, a  contar con  dinero suficiente, como para codearse con los grandes, sin pasar sofocones, como los ya mencionados hacendaditos, al no poder cumplir con los compromisos, que ocasionaban gastos y que muchas veces, se les presentaban.

Pero  todo  este  perfil  de  opulencia,  que  mostraban  los de esa  clase,  también  estaba  respaldado,  por una vida frugal y sumamente metódica, al extremo, que muchos de ellos, no habían salido del nivel de vida, acostumbrada por un yanacona, utilizando casi todo su dinero, en comprar tierras escogidas y atesorarlo.

Eugenio llegó a Pataz, justamente en el límite que señalaban esos cambios y pudo así conocer, el pasado que se iba y el futuro que llegabas, siendo en los pueblos de las capitales de Distrito, en donde se podía apreciar patentemente, la decadencia de los antiguos hacendados y el descuelle de los emergentes, que se olvidaban día a día, del respeto y consideración, que sus padres tenían por sus patrones, así como la veneración, que por estos tuvieron sus abuelos.

Entre   los   de   esta   clase,  que
Eugenio dio en llamar emergentes, hubieron algunos personajes, que le impactaron grandemente, razón por la cual, me he creído obligado, a ocuparme de alguno de ellos, como es el caso de un señor, dedicado a la agricultura, ganadería y alguno que otra ocupación, necesitado por los ciudadanos chilianos y de los alrededores; su nombre era Morfilio Lauren, de quién nos ocuparemos a continuación de: Morfilio Lauren

Eugenio y su compadre Carlos Cuba, se encontraban en la tienda de Eduardo, “El Loco”, como acostumbraban a llamarlo, casi todos los que lo conocían. Esta estaba ubicada, a media cuadra de la catedral chiliana, en la plaza de armas.

Bebían cerveza al natural, que a pesar del radiante sol, que iluminaba toda la campiña y el pueblo, no necesitaba ser congelada, pues así al natural, parecía helada, debido a que en la sombra, la temperatura era congelante, por los tres mil doscientos cincuenta metros, sobre el nivel del mar, altura a la que se encontraba  Chilia.

A pesar de no haberse concretado, el compadrazgo con ningún bautismo, don Carlos y Eugenio, se daban ese tratamiento, desde hacía un tiempo atrás, pues se habían dado la palabra y solo se necesitaba, que uno de ellos trajera al mundo, algún crío, para bautizarlo.

Esa situación de compadrazgo, era una costumbre, muy en boga por esos tiempos y lugares y aunque muchos, solo quedaban en la palabra, no llegando a concretarse en acciones, otros en cambio si.

De pronto, acertó a pasar delante de la puerta, del lugar en donde hacían sus libaciones, los compadres y el Loco Edualdo,  un hombrecillo menudo y bien vestido; algo rubicundo, el que ampulosamente, saludo a don Carlos Cuba, diciendo:

  -¡Buenos días don Carlitos!; dichosos son los ojos que lo ven, bien de salud felizmente.

El aludido, de inmediato miro en la dirección de donde vino el saludo y no tardo en contestar diciendo:

  -¡Morfilito!; mi gran amigo Morfilio; acércate para presentarte a mi compadre, el hacendado de Bambas.
               
El hombrecillo rubicundo y colorado, al que solo le faltaba el sombrero en punta y las orejas puntiagudas, para ser el vivo retrato de un duende, de las historias infantiles, dio media vuelta  y  se  dirigió  hacia  donde  estaban nuestros amigos y tendiendo la mano a Eugenio, le dio su nombre, mientras este hacía lo propio

Cuando Eugenio, pasado un tiempo, hizo reminiscencia de ese momento, dijo que al estrechar la mano, que le tendió Morfilio, le dio la impresión, de que el dueño de esta, tenía una gran inseguridad, pues no pudo

cogerla por completo, porque era demasiado huidiza, pero no tomo en consideración ese detalle, dado que no pensaba relacionarse, de ninguna forma con ese hombrecillo. De pronto, el loco Edualdo salió de improviso, detrás del mostrador y con su peculiar modo de hablar, que le había valido el apodo que tenia, saludo a Morfilio diciéndole:

  -¡Ola Morfilio!; ¿Cómo está tú harén?

Este sin inmutarse y tomando a broma ese modo de saludar, solo dijo:

  -¡Buenos días don Edualdito!; siempre usted tan gracioso, con sus chistes para los amigos.

Y mientras hablaba, miraba a Eugenio, como si temiera que este, descubriera algún secreto que  tenía  escondido y luego, para desvirtuar lo comentado, por el Loco Edualdo, mirando a Eugenio dijo: 

-No vaya usted joven a creer, todo lo que don Edualdito dice.
Y después de mirar atentamente a su interlocutor, como para ver que impresión le habían causado sus palabras, prosiguió hablando de esta manera:

  -Pasemos por mi ranchito, para presentarles a mis esposas y mis hijos y de paso beberemos una chichita, que prepare hace dos años, pero no respondo de los resultados y si desean beber cerveza, también tengo en mi casa; pero desde ya les advierto, que soy muy celoso y no consentiré, que miren a mis mujercitas, porque soy capaz de cualquier locura por ellas, pero tengo también que aclarar, que solo tengo dos mujeres y no como dice don Edualdito un harén.

Llegaron, a un gran portón, estilo colonial, que seguramente había sido, la casa de algún gran señor de antaño, pero de la antigua construcción, solo quedaba el portón, pues detrás de el, había un corralón, en el que Morfilio había construido dos casas, una frente a otra, dejando en el centro, un gran pampón a modo de patio, en donde jugaban los hijos, que había tenido en dos hermanas, que de acuerdo, se repartían al hombrecillo y alcanzaba para ambas, según parecía, ya que cada una de ellas, tenía seis hijos.

Después de cerca de tres horas de libaciones, el alcohol ingerido   fue   causando   sus   efectos,  en  las  cabezas  de  los bebedores y llegaron a esa situación, en la que todos son hermanos y  Eugenio, haciendo mérito a ese estado, tomo por un brazo al hombrecillo, para preguntarle:

  -¡Hermano Morfilio!; ¿como haces, para tener dos mujeres a la vez, sin que te causen  mayores problemas?
 
  -No soy hipócrita, como muchos que conozco, que tienen tres, cuatro y más mujeres, a escondidas una de las otras y todas creen que son las únicas; yo les platee el  problema  y  ellas  al  instante, comprendieron, instalándonos en una misma casa; claro que no en una misma, pues cada una de ellas tiene la suya y como son hermanas, se quieren y comparten todo, además del marido; yo por mi parte, no busco mujeres en la calle,  porque soy feliz con ellas. De cuando en cuando, Morfilio iba a una de sus cocinas y traía chicha o comida y cada vez que regresaba con una de estas cosas, su paso era más inseguro, hasta que de pronto, saco todo lo que había sobre la mesa, en la que estaban libando nuestros amigos y dijo:

  -¡Bueno señores!; ya han conocido mi chocita y en cuanto a mis mujeres, no se las he podido presentar, por seguridad; conocen la puerta y pueden llagar a la calle sin ayuda.

De esta manera, los tres invitados, resultaron de patitas en la calle, sin haber conocido a las hermanas, esposas de Morfilio, pero si a sus doce hijos, que sin inmutarse, cuando llegaron ellos al corralón, continuaron jugando, sin dar importancia a los señores desconocidos, que invadían su privacidad.

Eugenio pudo darse cuenta, que los hijos de Morfilio, no se llevaban una gran diferencia de edad y hasta había algunos, que parecían mellizos, no solo por el tamaño, sino por la semejanza de facciones, lo cual origino un comentario, cuando Eugenio llamo la atención de sus compañeros al respecto, siendo el Loco Edualdo, el que no pudo dejar de opinar, diciendo:

  -Este Morfilio parece un cuy ruco; hace parir todos los años a sus dos mujeres.

Aquel día, en el que Morfilio los hecho prácticamente de su casa, era ya tarde, por lo que los compadres y el Loco Edualdo, decidieron irse a dormir,  debido al elevado índice alcohólico, que tenían en la sangre, que les hacía  no   solo  ver   doble lo que  miraban, sino  hasta triple y Cuádruplo y muy. de mañana, antes que amanezca, los compadres, a los que la señora Santos esposa del Loco Edualdo, había preparado una cama, para que pasaran la noche, se levantaron con las ansias que da la flatulencia y no pudiendo resistir más, salieron en busca de un reconfortante trago, para curarse, según rezaba aquel dicho que dice: “Con la lana del perro se cura su mordedura”.

Este decir claro esta se refería; a que hay que solo sacrificar al perro con rabia, esta desaparece. Pero para el caso del que nos ocupamos, se trataba de continuar bebiendo, para que de ese modo, se calmara la necesidad de los anticuerpos en demasía, que el organismo había generado, para contrarrestar la intoxicación del alcohol.

Buscando un lugar, en donde les pudieran proporcionarles alguna bebida, que calmara su ansia flatulenta, los compadres  llegaron a la plaza de armas y divisaron una pequeña luz, que se colaba por las rendijas de una puerta, de una casa ubicada en la esquinas de la plaza de armas y como don Carlos dijo conocer al dueño de ese lugar y que allí se expendían licores, hacia allí se dirigieron. 


Son Carlos era muy conocido, por varias razones, entre las que se contaba, el pertenecer al Clan Cuba, tan poderosos en  épocas recientes. Además; de ser un conocido acaudalado agricultor emergente, que había surgido, de las cenizas de los Cuba, tal como el Ave Fénix y como había heredado, la consuetudinaria afición familiar a la bebida, siendo un parroquiano muy deseable, el llamado Marciano, dueño de esa tienda, no tardo mucho en abrir su puerta, puesto que don Carlos, representaba dinero contante y sonante. El Marciano; mostrando su servil fisonomía,  con melosa voz, invito a los compadres a pasar.

Para que mis lectores estén enterados convenientemente, acerca de este personaje, creo apropiado darles a conocer, algo de lo que Eugenio logro coger aquí y allá, sobre la biografía del Marciano y de este material, se puede llegar a decir lo siguiente:

En todo el pueblo de Chilia, llego a ser conocido este sujeto, debido a su mal proceder  y muy pronto, el hombrecito de marras, fue conocido en los pueblos aledaños, llegando su fama hasta la capital de la Provincia.

Como si la maldad dejara huellas en el cuerpo de los humanos, desde su nacimiento, la naturaleza se encargó de ponerle un sello y El Marciano, nació feo, pues además de poseer doble giba, una en el  pecho  y  otra en la espalda, también sus piernas, eran semejantes a las de los caballistas o para mayor abundamiento, como los brazos de un alicate.

Tenía las manos, dos números mayores de lo que le podría haber correspondido, dada su estatura; no obstante, en honor a la verdad, su cara no correspondía exactamente a lo contrahecho de su  anatomía  y  hasta  se  le  podría calificar de bella, debido a  lo  cual,  cuando solo se le veía la cara, daba la impresión, de estar frente a un hombre, sumamente buen mozo.

Este atributo de belleza, que poseía El Marciano, lo complementaba con un florido verbo y trato sumamente amable, consecuencia todo esto, de la refinada educación que había recibido en su mocedad, financiada por sus pudientes padres.

Cabe mencionar, que siendo sabedor El Marciano, de los atributos y defectos que poseía y como se había dedicado al comercio, actividad en la cual, el trato diario con el público, requiere de una buena figura, para aprovechar lo positivo y disimular lo negativo de su persona, había mandado preparar, una especie de estrado, detrás de su mostrador, de modo que los parroquianos, lo miraban de abajo arriba, viendo solo su cabeza.

Regresando en el tiempo de la vida pasada de este sujeto, diremos, que siendo aún muy joven, sus padres fallecieron, victimas de un fatal accidente aéreo, quedando huérfano de padre y madre y al mismo tiempo, poseedor de una cuantiosa fortuna, que constaba no solo de  dinero  contante  y  sonante  y acciones en la bolsa, sino también de ricas propiedades agrícolas y urbanas, en la ciudad de Cajamarca.

Contrató un administrador y él, se trasladó a la ciudad de Lima, en donde inicio una vida de bohemio, despilfarrando el dinero que le habían legado sus padres y pensando, que todo se repondría, con los productos que obtenía cada año, de sus chacras en Cajamarca, no escuchó a su administrador, cuando le advirtió, que las sequías y otros fenómenos imprevisibles, le habían ocasionado cuantiosas pérdidas, debido a lo cual, debía medirse en sus gastos. Ciego totalmente, en lo referente al mundo de los negocios, el neófito joven, siguió los consejos de un amigo, que aprovecho la ocasión, para llenarse los bolsillos, dejando a su amigo en bancarrota.

Encontrándose así el joven Marciano, en la necesidad de tener que trabajar, para solventar sus necesidades y merced a las buenas relaciones que dejara su padre, fue admitido en el buffet de un conocido Notario Abogado, en donde conoció a Romilda, una secretaria, natural de Celendín, Provincia de Cajamarca y tratándola de paisana, obtuvo su amistad y con ella, pudo superando su fealdad corporal y así, avanzo en sus relaciones, hasta llegar a ser novios.

No se sabe, si es que la agraciada Romilda, averiguando que su reciente amigo y paisano, era propietario de tierras y fincas en Cajamarca, obviara lo repugnante del físico de este o si en realidad fue hechizada por la magia de sus facciones y el embrujo de su florido lenguaje y fino trato. La realidad  fue,  que de pronto, la pareja dio a saber sobre su compromiso y contrajeron nupcias.
renunciando ambos al trabajo y viajando a  Cajamarca.

Ya  casado  El  Marciano,   reinicio  su vida licenciosa de los buenos tiempos en Lima, pero esta vez, en la ciudad de Cajamarca y como;  “En todas partes se cuecen habas”, se reunió con una bandada de jóvenes, de costumbres licenciosas, siendo por supuesto El Marciano, el paganini y cabecilla de la gavilla.

Los compradores de tierras y fincas, fueron desfilando por la oficina, que con el propósito de venta, instalo El Marciano en una de sus casas y así, al final,  solo le quedo la  casa paterna,  en donde se instaló definitivamente con su familia y abandonado por los amigotes, que tal como las ratas presienten el hundimiento de un barco, al darse cuenta, que su economía hacía agua por todas partes. Se dedicó a vivir una vida llena de insatisfacciones y pellejerías, que lo hicieron recapacitar, sobre todo, porque en esos días le nació su primera hija y tuvo que vender algunos cuadros y adornos de la casa paterna, para satisfacer las necesidades, que apareja el nacimiento de un hijo.

De pronto llegó la noticia, de la muerte de la madre de Romilda, la que como heredera universal, por ser única hija y debido a que su padre, había fallecido unos años antes, tuvo que constituirse en Celendín, para recibir la herencia, que consistía en dinero en efectivo, así como algunas hectáreas, de tierras muy ricas en esa Provincia cajamarquina.

Un nuevo hálito de vida, llegó a la casa del Marciano, pero  ya instalados en Celendín, este, intentó reiniciar su vida licenciosa, pero se encontró con la férrea voluntad de Romilda, que siendo la dueña indiscutible de los bienes familiares, se negó a sufragar los gastos del esposo y se constituyó desde ese momento, hasta el día de su muerte, en la administradora familiar.

Cuando Romilda esperaba a su segunda hija, tiempos malos llegaron para su familia, en vista que las tierras no habían producido, lo que de ellas se esperaba, por una cruenta sequía, que afectó todo el norte del Perú. Por esto fue,  que resultaron endeudados, razón por la cual, tuvieron que vender, liquidando todo, inclusive la casa paterna de Cajamarca y con el dinero que sobraron, después de cancelar deudas, miraron a otros rumbos, para enmendar errores y rehacer sus vidas.

El lugar escogido  para  la  nueva vida que deseaban iniciar, fue el pueblo minero de Parcoy, en la Provincia de Pataz y hasta allí se dirigieron, estableciéndose la familia, compuesta ya por los esposos y dos hijas, puesto que la segunda nació en Celendín, en ese< alejado lugar. Ninguna de las hijas del Marciano, heredo las taras físicas del padre, en cambio si, la grácil figura y hermosas facciones de la madre, siendo por esta razón, la alegría del hogar.

En Parcoy, con gran visión, se dedicaron al negocio de abarrotes y mercaderías en general, ocupación que intercalaban con la compra y venta de oro, actividades ambas, en las que les fue a pedir de boca, llegando a constituir por esta razón, un apreciable capital, que reinvirtieron en el negocio, el cual fue creciendo cada día más y más.

No se sabe, si con razón o sin ella, pero lo cierto fue que de pronto, El Marciano comenzó a celar a Romilda, achacándole amores, con un hacendado de las inmediaciones, en vista de lo cual, decidieron emigrar hacia el Distrito de Chilia, lugar del cual, tenían muy buenas referencias.

En Chilia, los negocios mejoraron, creciendo comercialmente, a tal punto, que se dedicaron a adquirir propiedades, de las haciendas caducas, cuyos dueños, tratando de sostener el tren de vida, de mejores tiempos, solo se empobrecían cada día más. La familia del Marciano, era al fin feliz, este, había dejado de beber y parrandear, tomándole gusto al negocio y sus vericuetos y todo parecía florecer para ellos, hasta que Romilda, resultó embarazada por tercera vez; pero en esta oportunidad, solo dolores y malestares la acompañaban.

Al fin llego el día tan esperado, en el que un nuevo miembro de la familia llegaría, pero las comadronas, no pudieron hacer nada y el bebé, nació muerto y una semana después, falleció Romilda, a consecuencia, de una infección generalizada, imposible de controlar. El Marciano, nuevamente volvió a caer en el vicio de la bebida  y cuando se encontraba deambulando entre las brumas alcohólicas, no cesaba de llorar y gimotear, llamando constantemente a su esposa y hubieron oportunidades, en las que lo recogieron del cementerio, en donde debido al estado etílico en el que se encontraba, no pudiendo distinguir la tumba de su esposa y del hijo, se tendía sobre cualquier tumba, llorando a gritos y cuando lo recogían,  pedía, que lo dejen morir junto a su esposa.

Todos se compadecían de Marciano, pero no había nada que hacer; solo ver como su vida se iba consumiendo y se esperaba con el corazón en la mano, el desenlace tan fatal, que dejaría en  la orfandad, a dos bellas criaturas, a la sazón de doce y once años respectivamente.

De pronto, el amanecer con un Sol radiante, llegó a ese hogar; como por un milagro de Dios, El Marciano, amaneció un buen día alegre, cantando y totalmente repuesto de su pena y comenzó a despachar en su tienda, como si nada le hubiera sucedido y así, su vida cambió de la noche a la mañana.

Desde ese día fue padre y madre y todos alababan su dedicación a las hijas, hasta que Delia, la hija mayor, un día se escapó del hogar y en la Gobernación, acuso formalmente a su padre, de  haberla  violado en repetidas ocasiones.

El Marciano fue tomado preso y remitido a Tayabamba, librándose así del furor popular, que deseaba lincharlo.  En la cárcel de Tayabamba, permaneció  seis meses,  al  cabo  de   los cuales, salió libre de culpa, debido, a que la principal testigo y víctima de la supuesta violación, se desdijo, disculpándose por haber mentido, aguijoneada por el temor a recibir un castigo del padre y sobre todo, por tener celos de su hermana, a la que El Marciano había dado en mimar.

No obstante la última declaración,  que hiciera Delia, por la cual, El Marciano podía ser liberado, el Juez ordeno, se realizara un examen  médico, a la supuesta víctima, que dio como resultado, que la examinada, había sido desflorada, hacía no menos de un año.

Nuevamente interrogada Delia, declaro llorando, que el culpable de lo que le había sucedido, era un arriero de su padre, que encontrándola sola en la casa, abuso de ella y temerosa del castigo del padre, ocultó todo, hasta ese día.

Preguntada  por  el  nombre  del autor, dijo no conocerlo y ni siquiera poder reconocerlo, puesto que era de noche cuando sucedió el estupro, en vista de lo cual, el Juez ordeno se cerrara el caso y se diera libertad al detenido. Se tejieron muchas historias, alrededor de este asunto, asegurando algunas mujeres, que habían visto al Marciano, practicando sexo con sus dos hijas, en una sola cama; pero él, así como las supuestas violadas, negaban todo, no obstante, cuando El Marciano se emborrachaba, declaraba cínicamente, que la muerte de Romilda, lo había favorecido, porque a raíz de ella, tenía dos mujeres, con las que gozaba como nunca hubiera imaginado. Llevado ante el juez, declaro cínicamente diciendo:

-¡Si!; ¡efectivamente!; tengo dos mujeres en mi casa, que me cocinan, lavan y atienden con toda honestidad y esas son mis hijitas, a las que amo mucho, como cualquier padre ama a sus hijas. Se tomaron declaraciones a las hijas, las que apoyaron al padre. El Juez, ordeno entonces,  que se  hiciera un examen médico, a la menor de las niña, pero para asombro de propios y extraños, el resultado fue negativo, es decir, la niña era virgen.

Ante prueba tan contundente, nuevamente regresó El Marciano, con sus dos hijas a Chilia, en donde permaneció    viviendo   y   trabajando, hasta que un día, la menor  de  las  hijas,  que  había cumplido ya catorce años de edad, se fugo con un joven, desapareciendo, como si se los hubiera tragado la tierra; pero no falto quién dijera, que la había encontrado feliz, con su marido, viviendo en Chimbote y que preguntada, del motivo de su huida, declaró  lo siguiente: 

  -Mi padre me violaba por el ano, desde que tenía diez años de edad y esa fue la razón de mi huida.

De esta manera, se llego a saber, el porque del resultado en el examen médico, que favoreció al Marciano, el cual, continuó viviendo con Delia, en quién tuvo dos hijos hombres, sin que se pudiera comprobar nada en su contra, pues la chica, negaba todo lo que pudiera culpar al padre, pero un día, El Marciano, con la hija y el producto de esa incestuosa convivencia, desaparecieron, sin dejar rastros, quedando la casa y sus pertenencias abandonadas. Se busco por todas partes, sin resultados positivos, se pregunto a los caminantes y viajeros y nadie los había visto, más cuando se descerrajó las puertas de la casa, encontraron sus ropas ensangrentadas y hecha jirones, como si una fiera salvaje, los hubiera devorado, sin dejar ni los huesos. Esta situación sumamente extraña, trajo como consecuencia, que se tejieran innumerables historias, en muchas de las cuales, intervenían seres del averno, asegurando algunos, haber escuchado gritos desgarradores, pidiendo misericordia y hasta hubo alguno, que dijo haber reconocido la voz del Marciano y de los dos pequeños, peleando y culpando al Marciano, por la situación de condenados al infierno, en la que se encontraban.

FIN DEL SEGUNDA PARTE
DE
PATAZ DE DORADO

*